Un niño dice: “¡Corre, corre hijo mío que ahí va el diablo que te quita la corona; a la una, a las dos y a las, tres!”, recostado a un árbol grita en la calle y cuando para de contar, abre los ojos, al parecer juega al “escondite”, uno de los juegos de ronda más populares transmitidos por generaciones.
Para iniciar estos juegos sólo se necesita de otros niños y mucha imaginación. Según el pediatra César Gutiérrez Quant, estos juegos traen beneficios a la salud física de la niñez porque ponen en movimiento todos los músculos, lo que ayuda a fortalecer el sistema esquelético. Además, estimulan el lenguaje y los sentidos más importantes como la vista y el oído.
RESPETO Y SOLIDARIDAD
En todos los juegos de ronda como el “anda”, el “escondite”, “doña Ana” y “la pañoleta”, el grupo establece reglas a seguir y así se motiva la responsabilidad.
El niño que no cumpla con lo establecido, el grupo le dice que “tiene que pagar legal”. Estos juegos son espacios perfectos para fomentar la solidaridad y tolerancia.
“A través de los juegos de ronda se desarrolla la formación de valores, ellos respetan, escuchan, atienden órdenes y además de eso son solidarios, porque si uno del equipo de los juegos de ronda está fallando, el otro le ayuda”, dice María Ana Luisa Sánchez, ex directora general de Educación, del Ministerio de Educación, Cultura y Deportes (MECD).
En la mayoría de los países latinoamericanos y de Europa hay juegos de ronda, pero con nombres diferentes. Sin embargo, las formas de recreación han evolucionado y en la mayoría de los casos se depende de una televisión o un videojuego.
Éstos traen consigo desventajas en la niñez porque estimulan la violencia, crean adicción y tensan los músculos. “Fíjense bien cómo los niños cuando están con los videojuegos están tensos, los músculos están contraídos, mientras que cuando están en los juegos de ronda, son risas, saltan, brincan y hacen de todo”, expresa el doctor Gutiérrez.
LA INSEGURIDAD DE LAS CALLES
Para algunos niños como David Carcache, de 12 años, el único inconveniente que enfrenta a la hora de salir a jugar es la presencia de vagos cerca de su casa y por eso muchos padres no permiten que sus hijos salgan a jugar.
“Nosotros en nuestra infancia no teníamos tanto problema como la inseguridad ciudadana, había una hora determinada en que nuestros padres nos permitían salir a jugar a las calles, compartir con los vecinos de nuestra edad, estando los padres presentes, cuidándonos y jugando en un área determinada”, recuerda Sánchez.