En las cuatro décadas de 1940 a 1980, los gobernantes ostentaban el poder sobre la base de la soberbia, la prepotencia y el enriquecimiento ilícito. La historia recoge nombres de los tristemente célebres: Stalin en la Unión Soviética, Duvalier en Haití, Somoza en Nicaragua, Pinochet en Chile, Strossner en Paraguay, Hugo Banzer en Bolivia, Janio Cuadros en Brasil, Adolfo Hitler en Alemania, Mussolinni en Italia; estos tres últimos electos mediante el ejercicio del voto, donde el termino democrático abundaba en el entorno coyuntural de cada país.
La democracia en el moderno contexto político se reduce a la participación del pueblo mediante el sufragio universal de elegir a sus gobernantes. Es agradable pensar que a los gobernantes los elige el pueblo.
Es inútil contar con un pueblo maravilloso, si a ese pueblo lo confunden políticos incompetentes; si los gobernantes oscilan entre darle la razón, como a un niño, para que no moleste o castigarle con rudeza, como a un niño, sin darle explicaciones. Unos políticos incultos pararan siempre de la demagogia a la tiranía. Porque no sentirán respeto por su pueblo. La caída de los dictadores en América Latina obedeció a expresiones de voluntad popular hartos conocidos por los habitantes de los pueblos que tuvieron a presidentes cuya voracidad y ambición personal sobrepasó los límites de la tolerancia política. Al respecto decía Jean de la Bruyere, moralista francés: Pensar más en sí mismo y en el presente en la política es una fuente de error.
La política es una enfermedad necesaria donde cada quien responde por lo que hace —acostumbraba decir un parroquiano en la ciudad del norte de Nicaragua—. En verdad que tiene toda la razón, quienes nos equivocamos y asumimos los errores de los políticos somos los ciudadanos convencidos de elegir a nuestros gobernantes cuando lo hacemos bajo el estribillo “en contra de”, y de allí surgen las bandas legislativas defendiendo su posición política al mejor postor o los políticos funcionarios obedeciendo ciegamente a los caudillos.
Algunos tiemblan como Drácula cuando el amanecer asoma sus primeros rayos cuando se habla de nuevas opciones y/o alternativas democráticas con respecto a partidos tradicionales. No concibo la idea en la sociedad que los políticos desaparezcan. Sin embargo, creo que los actuales políticos desaparecen y no ha ocurrido nada en el seno de la sociedad y si hubiere un cambio sería positivo para la misma sociedad en su conjunto.
La política está más bien asociada a la búsqueda del bienestar común, y entonces no la aceptación teórica el suficiente asidero para la existencia del político que en momento hiciera referencia algún erudito. Es plausible el esfuerzo del actual gobernante de Nicaragua en la promoción de un verdadero político como si se tratara de una nueva especie digna de admiración. El poder inherente a la ambición política es también un atributo destacable en aquellos pretendientes de figurar políticamente y ocupar altos cargos públicos so pretexto del bienestar común. Disimulan de manera hábil la verdadera intención de aprovechar los costos redituables generados en políticas. Es la tricotomía de poder, democracia y política la esencia de aquellos que lejos de ayudar a los indigentes más bien ocasionan mayores cinturones de miseria. Depende del pueblo seleccionar nuestros próximos dirigentes, no hacerlo solamente estaremos confirmando que en verdad tenemos el gobierno que nos merecemos.