“Sólo pueblos que no han asimilado su historia pueden continuar sintiéndose amenazados por su pasado” —dice Leopoldo Zea, en El Pensamiento Latinoamericano. La permanencia del fantasma de ese pasado, pesadilla que se agudiza cada vez que el pueblo es convocado a las urnas, es lo que prolonga una transición democrática que dura más de tres lustros. Nuevos actores políticos, cambios de máscaras, no ocultan la vieja dicotomía que ha caracterizado la historia de nuestros pueblos, la lucha entre progreso y retroceso, civilización y barbarie, razón y dogma, libertad y despotismo, y que hoy adquiere los nombres de modernidad o caudillismo, democracia o pacto, desarrollo económico o pobreza. Necesitamos asimilar ese pasado, comprenderlo, convertirlo verdaderamente en pasado para no repetirlo, porque de tenerlo como un pasado depende que tengamos futuro.
La tradición occidental, de la que somos herederos, y que nace en Grecia, inventó la democracia y defendió la libertad como un exorcismo frente a la naturaleza trágica del poder y su propensión al mal, la desproporción y el abuso, desviación que encarna la figura del tirano. Desarrolló la libertad, también, como la diferencia entre los pueblos civilizados y los bárbaros, como lo opuesto al despotismo, forma de gobierno propia de los no europeos.
Esa libertad que se erige frente a la tiranía y el despotismo, tiene también su base en la diferenciación entre lo público y lo privado, el mundo de la política y la libertad y el mundo de la necesidad y el negocio. El déspota, como se sabe, gobierna a los pueblos como gobierna su casa y su hacienda. Tirano es quien hace de la cosa pública un negocio particular; quien suplanta el interés general por un fin egoísta. Ambos gobiernan sin sujeción a ley alguna.
La otra idea que se asocia a la libertad es la de progreso. Si la democracia antigua supuso un desafío al tiempo cíclico, característico del mito, con la democracia moderna, a partir de la ilustración y la revolución científica, se afirma la idea de la historia como un progreso infinito, en la que el lugar central lo ocupa el futuro. La democracia moderna es crítica y es cambio, proyecto en permanente debate: su tiempo no es un pretérito que regresa incesante, ni un hoy que no va a ninguna parte, sino un futuro siempre más allá, inalcanzable.
Con la independencia se inaugura en Hispanoamérica esta tradición de lucha entre libertad y autocracia, tiranía y república, despotismo y democracia, progreso y retroceso. Nuestros grandes pensadores son los continuadores, en tierras americanas, de esa gran tradición europea occidental. Ellos representan el primer esfuerzo por comprender la persistencia de un pasado representado por España y el régimen virreinal que, como la cabeza de la Hidra al ser cortada, reencarna en las múltiples formas de autocracia que desde entonces martiriza a las jóvenes naciones.
Nicaragua, a lo largo de su historia, no ha sido capaz de transitar de la sociedad cerrada a la sociedad abierta. Cuando ha intentado superar el despotismo ha caído en la anarquía y la guerra civil para regresar nuevamente al orden cerrado, por la vía del caudillismo, el militarismo y la ocupación militar extranjera. El Estado de Derecho no se ha podido consolidar y, por ende, la democracia apenas inaugurada ha degenerado rápidamente en demagogia y guerra civil. Esta incapacidad ha significado llegar siempre tarde en la historia o permanecer girando en su preámbulo.
Hegel, en su Filosofía del Derecho, conceptúa el despotismo como una teocracia, “totalidad natural patriarcal, en sí indivisa”, “época infantil de la historia”. Con el despotismo, para Hegel, el hombre ingresa en la historia, aunque ésta no se inicia realmente, pues es un reino de la “duración constante” sin variaciones sustanciales, donde los cambios son incesantes pero “no producen avances”.
Cuando vemos las vicisitudes de la democracia en nuestras tierras, los ciclos de libertad y opresión, el oscurantismo y la manipulación religiosa, la permanencia de la figura del caudillo, tenemos la inmediata sensación de que el tiempo no pasa, o si pasa “no avanza”, de que estamos aún en esa época infantil o preludio de la historia.
Para que el pasado no regrese, para tener historia y tener futuro, nos ha hecho falta estructurar un Estado de Derecho, que posibilite el tránsito de la sociedad cerrada a la sociedad abierta y democrática. Estado de Derecho que representa el gobierno de las leyes y no de las personas. Destruir la confianza ciudadana en el funcionamiento de las instituciones, demostrar que la solución de los problemas está no en la aplicación imparcial de la ley sino en el recurso al poder personal, al Hombre con mayúsculas: he ahí el objetivo último y el aspecto más perverso del pacto. Es el mecanismo que produce, reproduce y alimenta a los caudillos, que impulsa a los pueblos al abismo, a vitorear las cadenas, a optar por la seguridad a costa de la libertad.
Y aún con todo, no basta con el fortalecimiento de las instituciones democráticas. Hace falta una conciencia vigilante, pues la libertad no es una herencia genética o estatus con el que se nace, sino algo que se pone en juego en cada encrucijada y se define en cada decisión que tomamos, una lucha constante.