“Me hubiera gustado acostarme y despertarme hasta la noche del 5 de noviembre para saber en qué quedan estas elecciones”, me dijo hace poco un amigo que está hastiado, más que eso, HARTO —así en mayúsculas— de respirar, caminar, escuchar y tragarse los tres tiempos de comida (porque él sí tiene la suerte de hacerlos), los malabares y las zancadillas de la recta final de esta jornada electoral, que tiene al país suspendido y en vilo, pese a que en las calles siguen corriendo a todo galope los problemas de siempre: la pobreza, el desempleo, la basura, la delincuencia, los cortes de energía, etcétera.
Mi amigo me hizo el comentario porque le da asco la campaña sucia, desesperada y muy poco inteligente de la derecha criolla, que despilfarra toda la plata que tiene para derramar en todos los formatos posibles (pantalla, ciberespacio, papel, micrófono, megáfono): miedo y más miedo en la conciencia ya horadada de clavos de la gente.
No me extraña ese terror psicológico. Es típico de nuestra derecha, que jamás ha tenido imaginación, y que siempre se ha escudado en el cobarde recurso del miedo. Sino recordemos cómo alcanzó las elecciones Bolaños en el 2001. El ataque a Las Torres Gemelas, en Estados Unidos, fue el golpe que esperaba, la señal del cielo con la que derrotó al sempiterno candidato y alcanzó la silla presidencial.
Y ojo, puede haber mucho de verdad en los dardos de la derecha. No es invento la noche roja que padecieron los miskitos, siempre olvidados, en la selva nicaragüense, aunque 20 años después esa tragedia puede estar matizada por la ficción, para bien y para mal. Tampoco es cuento la justicia pendiente en el caso Zoilamérica, aunque también llama la atención y produce sospechas que sólo se desempolve el caso en este tipo de coyunturas.
Pero se han preguntado, ¿por qué esta vez las flechas no parecen dar en el blanco?
La respuesta es sencilla y no amerita profundas reflexiones ni grandes disquisiciones: la gente está aburrida y cansada de que los últimos gobiernos tampoco hayan mejorado la vida de este país, a pesar de los millones que han entrado por todas las vías: préstamos, condonación, cooperación, desastres naturales (los más jugosos) y por cuanto apelativo que inspire piedad y lástima.
Alguna vez, alguien dijo, que Nicaragua ha recibido más cooperación en las últimas dos décadas que ningún otro país de la región, igual de necesitado. Pero, que este pedazo de tierra parece un saco roto por los cuatros costados. Los pobres han retrocedido de la tortilla con queso a la tortilla con sal, y los ricos (estatus al que ascienden automáticamente ministros, viceministros, asesores y directores) escalaron de los ladas a las camionetas cuatro por cuatro, aire acondicionado y vidrios polarizados, para que esos pobres no los vean.
Es cierto, hay cifras favorables. Los medios reportan que el país crece a un ritmo sostenido, que el desempleo ha caído, porque claro, la gente se ha ido. Las mayores fuentes de trabajo de los nicas están en el extranjero. Hay más de un millón afuera, y otros miles con ganas de irse, que mantienen al país con las remesas. A pesar del bombo que hacemos con el café y el turismo, aquí no se produce ni para los chicles. Basta con echarle una ojeada a la tablita de exportaciones versus importaciones.
Señores funcionarios —y aspirante a serlo— les anuncio que a los votantes jóvenes, a los menores de 25 y 30 años, no les da miedo el pasado. Les asusta este presente que vuelve impensable el futuro.
Les asusta terminar el colegio y no entrar a la universidad. Les asusta concluir la universidad y no conseguir trabajo porque no hay en qué, más que los puestos de esclavos de la Zona Franca, donde si se hacen cuentas uno termina pagando por trabajar. Les asusta que en la calle te acuchillen hasta por un reloj plástico de 20 pesos. Los frustra que en los centros comerciales —los parques de la frustración— una camisa se ofrezca en dólares, a tres y cuatro veces más de lo que vale en Estados Unidos, donde sí se gana en dólares. Les da rabia que los policías sólo estén en la Presidencia, en el Parlamento, pero nunca en las calles protegiendo al ciudadano de a pie. Les da rabia que los altos funcionarios se gasten en un almuerzo —con cuenta por cobrar al Estado— lo que junta en un mes un campesino, con sudor y nostalgia, en el campo tico.
Los miedos, las rabias y las frustraciones del presente son tan infinitos que no hace falta agobiarse por el pasado.
A mi amigo, por supuesto, le da rabia la hipocresía y el cinismo del candidato que se ha transfigurado tanto, que quiere competir con el Dalai Lama, pero con cuatro piedras en los bolsillos, en versión chapiolla. Suena hueco y sospechoso, por no decir incoherente y falso, ese discurso a lo John Lennon de “amor y paz”.
Por eso mi amigo quería dormir hasta la noche de hoy 5 de noviembre, con la ilusión de que esta vez el final de este guión, que se repite cada cinco años, no va a tener el desenlace de novela mexicana, siempre predecible.
A lo mejor ese Güegüense creativo y vivaracho se permite algo más por el estilo brasileño, donde los personajes secundarios, ajenos a esa derecha que patea en el aire como los ahorcados, y a esos discursos camaleónicos que todavía embaucan a muchos, se imponen en el elenco, así sean los más feos. Eso es lo de menos. Al fin de cuentas lo que importa es el talento, que hayan propuestas, claras y honestas, que dejen planear un futuro, que ahora está secuestrado por el amargo pasado y por el desolador presente.