La política es el arte de gobernar en bien del pueblo pero ahora se han dedicado seudopolíticos a vivir de ella, olvidando el bien común, el bienestar de todos. Da tristeza ver a mercenarios de la política criolla andar como las moscas buscando la miel sin ningún escrúpulo, golpeando puertas para pedir posiciones, como un medio de vida: si me pones de diputado me voy con vos. Y adulan mientras consiguen lo que quieren. Cuando no les dan, sin rubor se van donde otro, y otro, subastando su conciencia.
Hoy pululan para suerte de ellos, los micropartidos de escritorio, de membrete inflados por la propaganda, que los acogen como aliados, con la ilusión de aumentar su pobre membresía. Su divisa es darme, que te daré. No tienen principios. Es su modus operandi, para lograr su modus vivendi.
Los líderes políticos honestos deberían despreciar a estos tránsfugas. Antes, las personas, si eran conservadores eran conservadores. Si eran liberales eran liberales. Si su partido no estaba en el poder decían: “Estamos caídos”. Aunque estuvieran en la pobreza, no mendigaban nada al adversario político. Eran ejemplos de dignidad. No vendían su ideología por un puesto. Hoy la venden, como dicen las escrituras bíblicas, por un plato de lentejas. Estos mercenarios de la política deberían ser despreciados, pues así, como traicionan a su partido —si lo tienen— y a sus amigos, otros también los traicionarán cuando ya no les saquen provecho. Da pena ver como presentan a estos vividores ante los medios, como gran cosa. Cuando llegan de otro partido.
El pueblo ve, oye, no dice nada, sólo los conoce. Pero a la hora de las verdades actúa en silencio, o con violencia, o negándoles el voto.
Los políticos honestos no piensan en ellos mismos, sino en el bienestar de su pueblo, en el progreso de su país, en la grandeza y gloria de su Patria. Son símbolos de virtudes cívicas. Grecia debió su grandeza a hombres como Temístocles, Pericles, Licurgo y Solón, prototipos del político, del gobernante, y de los legisladores, cuyas leyes y acciones eternizaron la dignidad ciudadana a través del civismo. Tratemos de imitarlos. Volvamos los ojos hacia los orígenes de nuestra cultura occidental, para seguir su ejemplo en el desempeño impoluto de nuestra vida pública, y poder merecer el respeto y admiración de nuestros conciudadanos. Pensemos en nuestro pueblo, en nuestra Patria, en nuestra amada Nicaragua.