La legislación sobre los derechos de la naturaleza es vista con la modorra pasmosa de la autoridad que por ignorancia, mala fe o por el atractivo de los centavos, no mide, no valora los efectos de destruir la producción de ozono, la estabilidad del clima, la purificación del oxígeno, el igual significado entre ecología y vida.
Esas maravillas mancilladas fueron puestas en la complexión planetaria para ser sostén de la existencia, pero no son vistas con la importancia debida por los funcionarios autorizados para ser factores de salvación de su integridad.
No olvido la impresión recibida cuando atendiendo invitación del doctor Indalecio Rodríguez vi la preciosidad —caoba— envuelta en corpulentas tucas en los predios del Inafor. El pecado mortal en rollizas formas. Virginidad colocada en el terreno como si se tratara de una feria.
La madera exhibida acababa de ser recuperada mediante una operación de esas que arrinconan a los delincuentes. Los traficantes fueron sorprendidos cuando se disponían llevar el tesoro a países vecinos como Honduras y Costa Rica. Apoyados los inspectores por la autoridad judicial lograron el decomiso para ser presentado ante los periodistas con la intención de infundir la certeza del delito cometido contra el cual antes sólo había sanciones administrativas y civiles y por los cuales Nicaragua se expone a ser sancionada por los organismos internacionales.
Nos sentimos en la presentación testimonial de la infamia desde el mismo momento en que con detalles era explicado el origen y el porqué de la confiscación. La sustracción viajaba a los países vecinos y fue ahí cuando vino la idea de valorar el inmenso daño que hace la cercanía territorial a Nicaragua al permitir la entrada de esa madera ilegalmente comercializada, no siendo ellos —los cómplices— capaces de exportar la calidad de madera que ellos reciben puesta en el apéndice de la convención sobre especies amenazadas. Inaudita fue posteriormente la intervención de una judicatura aferrada a restituirle a los depredadores el bien recuperado.
Cómo hacer para salvar la tierra y seguir a Jonathan Porrit, quien, situado el tema universal fuera de los lindes del patio criollo, hizo una selectiva reunión de científicos donde participó el propio convocador. Salvémosla a propósito de la tala salvaje de los árboles al plantearse la necesidad de legislar sobre los derechos de la naturaleza, sobre la reconstrucción e implementación de las leyes punitivas contra la agresiva y tolerada reincidencia.
No podrían resurgir las posiciones negativas de ciertos organismos que afirman defender los derechos humanos ignorando que son estos los que se propugnan cuando se invoca la legislación de los derechos de la naturaleza cuando —en uno de los casos— se establece la diferencia entre el proyecto perpendicular de evitar que el agua se convierta en porquería fluida y el reclamo del ser humano para no sufrir la misma lesiva transformación.
En ciertos países por error o indolencia se considera a la naturaleza como un objeto y no una viva realidad en absoluta indefensión porque no hay tribunales competentes para llevar al banquillo a los culpables. Nicaragua aparece en la lista de nueve países latinoamericanos donde con más énfasis se ha perpetuado el fenómeno.
Ni los volcanes escapan a los Atilas del taladro y a los seducidos por la piromanía. Salvar la vida de los árboles es el grito desesperado de la madre tierra. Nadie lo oye.