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El segundo aviso de cambio
Herman Ríos
El autor es médico y escritor

La derrota del FSLN en las urnas dio el primer aviso del cambio, comenzando los años noventa. El país quedó petrificado del avance regional en la década frentista y con el triunfo de la UNO tomó un nuevo rumbo buscando la modernidad institucional y la democracia.

El error de los comandantes fue tratar de implantar agigantados proyectos agroindustriales, industria de la transformación y bienes de servicios aplastando de arriba hacia abajo sin medir consecuencias. El increíble despilfarro los descontroló, además se encontraron con la resistencia tenaz de la cultura tradicional y una guerra agotadora en las fronteras.

Después de la década frentista los gobiernos siguientes sufrieron los embates de la intolerancia provocada por los estudiantes, transportistas y gremios, logrando mantener la paz para que los avances modernos conservaran al Estado y preservaran con dificultosos vaivenes a la democracia. No hay retrocesos paralizantes desde aquel inicio de la década de los noventa hasta el momento actual, con el Gobierno en función concluye el primer aviso.

Los procesos históricos son lentos, los cambios son imperceptibles para las mayorías. El problema son los procesos subterráneos y la violencia silenciosa. Ninguna se ve ni se siente, pero va creciendo continuamente. La primera como un trabajo que tiene a su favor el tiempo y la segunda como un sentimiento que se va acumulando en los desposeídos. Los trabajos de los procesos subterráneos estallan, sorprenden sin medir su principio y su rumbo, en lo esencial transforman los fundamentos mismos de la sociedad y de lo hasta entonces logrado. La violencia silenciosa es el ansia acumulada en una juventud desencantada por la falta de oportunidades, en la rutina sin esperanza que establece la pobreza, el temor a la invalidez y a la vejez. La violencia silenciosa es la generadora de muchas enfermedades de la sociedad: corrupción, narcotráfico, violencia y bloqueo al progreso de la educación sostenida.

Las elecciones libres las vemos como el mejor remedio del atolladero histórico, pero con un estado de ánimo que se mueve como un péndulo entre el escepticismo y la exasperación. El problema no es en sí la diversidad de colores políticos, porque no se lucha por dogmas, sino por el pragmatismo de lograr el poder para los partidos dominantes. No sabemos cuáles serán las instituciones políticas y económicas que van a modificar a las actuales, es presumible que las reformas legislativas y el nuevo gobierno tomen el rumbo de la modernidad competitiva para estabilizar a la región centroamericana.

Es seguro que las elecciones de noviembre próximo tendrán un mejor índice de reflexión para elegir a los gobernantes. En este 2006 se está dando el segundo aviso del cambio. Es probable el último para las corrientes democráticas, por las amenazas de una transformación radical que eternice nuevamente al frentismo. Basta revisar la historia, para darse cuenta que ellos en los ochenta imitaron el modelo cubano, actualmente la modernidad los obliga a copiar al venezolano.

Se sienten y se perciben las angustias entre los nicaragüenses que ejercen el voto de censura contra el frentismo. La división entre liberales, PRN, conservadores y otros partidos de minorías deja en la indefensión a centenares de ciudadanos. Aunque un elevado porcentaje de nicaragüenses se inclinará por el voto liberal, para no experimentar la menor tentación de reavivar fuegos que fácilmente se convierten en incendios. Es necesario el triunfo del liberalismo, para hacer renacer una nueva agenda y la unificación de las corrientes liberales. El interés de las grandes mayorías no está en la destrucción sino en la construcción de una institución firme y generar riquezas para evitar la violencia silenciosa.

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