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Alba contra DR-Cafta

El candidato presidencial del FSLN, Daniel Ortega, se comprometió, a principios de mayo, en Cuba, ante Fidel Castro, Hugo Chávez y Evo Morales, a que en el supuesto caso de que ganara la elección presidencial del 5 de noviembre próximo, sacaría a Nicaragua del DR-Cafta y lo uniría al Alba (Alianza Bolivariana de las Américas), como llaman al proyecto estratégico político y económico que financia Chávez con los petrodólares venezolanos con el fin de impulsar en toda América Latina la “revolución bolivariana” y la construcción del “socialismo del siglo XXI”.

A cualquier persona informada y sensata le debe sonar como un disparate eso de sacar a Nicaragua de sus tradicionales y principales nichos de mercado —que son los países que forman parte del DR-Cafta y que han adoptado este tratado precisamente para ampliar de manera ilimitada sus posibilidades de intercambio—, para involucrarlo con tres países con los cuales Nicaragua apenas si tiene unas mínimas relaciones económicas y comerciales, que son más bien simbólicas.

Los promotores del Alba, quienes sólo tienen razones ideológicas y sobre todo un odio patológico hacia Estados Unidos, descalifican los TLC porque dicen que son un instrumento de “dominación imperialista”. Según ellos Estados Unidos engaña a los pueblos, diciéndoles que los TLC son para ayudarles, cuando en realidad son para que las grandes compañías transnacionales los exploten y empobrezcan todavía más.

Pero la verdad es que nadie ha dicho que los TLC son para ayudar a alguien. Al contrario, los tratados de libre comercio son precisamente para poner a fin a la dependencia de las naciones pobres de esos programas de “ayuda” de los países desarrollados, que hacen fluir a chorros los recursos financieros pero gran parte de ellos se gasta en trámites administrativos y consultorías, o van a parar a las cuentas bancarias y los bolsillos sin fondo de los políticos y burócratas corruptos, mientras los pueblos siguen igual de pobres.

La participación de Nicaragua en el DR-Cafta y otros tratados de libre comercio internacional —como el que se va a promover ahora entre Centroamérica y la Unión Europea—, no es para recibir ayuda de nadie sino para que los productos nicaragüenses se puedan vender en mercados mucho más extensos que los que han tenido hasta ahora, sobre todo el de Estados Unidos, que como han dicho pequeños empresarios nicaragüenses radicados allí, “tiene el cielo por límite”.

Lógicamente, al participar Nicaragua en el DR-Cafta y otros TLC el nicaragüense tiene que trabajar y esforzarse más para mejorar la calidad de los productos nacionales; para elevar la eficiencia laboral y la calidad productiva; para hacer el producto y la fuerza laboral, profesional e intelectual nicaragüense, más competentes y competitivos en el ámbito internacional.

Además, la participación de Nicaragua en el DR-Cafta y otros TLC obliga a mejorar las condiciones internas (seguridad jurídica, estabilidad institucional, transparencia y eficiencia administrativa, capacidad infraestructural, calificación de la mano de obra y la oferta profesional, etc.) para recibir cada vez más inversiones extranjeras. Y esto no cuadra, obviamente, en la mente de quienes sólo se interesan en revoluciones, conflictos con Estados Unidos e imponer economías cerradas y regímenes políticos represivos.

Al respecto cabe señalar lo que el Canciller Federal de Austria, Wolfgang Schuessel, dijo directamente a los presidentes izquierdistas de Venezuela y Bolivia, Chávez y Morales, durante la Cumbre entre Latinoamérica y la Unión Europea que se celebró la semana pasada en Viena: “La apertura de los mercados es clave para promover el crecimiento económico y la prosperidad. Siempre existen dos posibilidades en la vida. O se desea abrir los mercados o no. La elección es vuestra”, expresó el gobernante austriaco, y concluyó: “Pero la realidad es que las sociedades con mercados libres tienen mejor desempeño que las estructuras cerradas, restringidas”.

En realidad, sacar a Nicaragua de los TLC y meterlo en el Alba de Chávez, Castro y Morales conduciría a cerrar los grandes centros comerciales y como los supermercados, reducir al mínimo el Mercado Oriental, y s sustituirlos con el comercio rudimentario de los semáforos, con los desabastecidos Centros de Abastecimientos de los Trabajadores que hubo en los años ochenta, con las tarjetas de racionamiento y —no faltaba más— con las diplotiendas para el beneficio exclusivo de los extranjeros y la nomenclatura del gobernante “partido de los pobres”.

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