Quien no conozca nuestra historia se escandalizará por el comportamiento de la mayoría de los políticos. Para algunos que lo conocen, ya nada los sorprende, habiendo concluido que así es Nicaragua. Otros creen lo que ciertos políticos dicen, aunque sea opuesto a lo que decían hace poco. Y finalmente otros creen que podemos avanzar para cambiar nuestra historia, y que ésta es la última oportunidad que tenemos a corto plazo.
Los últimos meses hemos presenciado los malabarismos sobrados de ridícula pericia que muchos exhiben como si ésta fuera la pista de un circo de mala calidad. De ahí que agrupaciones y personajes, sin el menor rubor, vuelven fascinados al redil que denunciaban. Presenciamos un intercambio tal de jugadores, que de pronto ya no se sabe en cuál equipo militan, porque no nos habíamos acostumbrado a su última movida…, cuando saltaron a un equipo distinto. Así se comporta la politiquería criolla, en tanto encuestas y encuestadores señalan que la mayoría de nicaragüenses rechazan a los caudillos y apoyan a Eduardo Montealegre.
Creo que podemos evitar que Nicaragua caiga en el despeñadero en tanto los demócratas nos mantengamos firme en nuestras posiciones, contando además con simpáticos acontecimientos generados por los adversarios, que a pesar de ellos —como suele suceder en estos casos— les resultan dañinos, pero de gran ayuda para la democracia. Por ejemplo, estoy convencido que Hugo Chávez con toda su verborrea, su urea, su petróleo, helicóptero y todo lo que se le habrá de ocurrir de ahora en adelante, más sus públicas ansias de gobernar Venezuela hasta el 2031 (reciente gracia que le adorna) y escoltado por sus relaciones y simpatías con Irán, Castro, Ghadafi, Hussein…, y con ese desbordado —sospechoso— interés por Nicaragua, puede ser la chispa que encienda aún más la convicción democrática y pacífica de la mayoría de los nicaragüenses. Chávez y sus asociados impulsan la imperiosa necesidad de brindar en noviembre una ejemplar paliza electoral al pacto Ortega-Alemán. Nada bueno nos podrá ocurrir si nos convierten en parte de las anacrónicas alucinaciones “bolivarianas” de Chávez.
De ahí que tampoco habrá que preocuparse —más bien conviene— que otros, sin quererlo, continúen ayudando a fortalecer esta conciencia contra el pacto: que no cese Ortega de repetir su peligroso discurso de los años ochenta, y con el PLC profundicen su compartida confrontación con Estados Unidos. Que el cardenal Obando vaya con Ortega a cualquier lado. Que lecheros jubilosos festejen el reingreso de célebres ex miembros. Que Rizo defienda lo indefendible y Alvarado baile como guste. No nos asustemos por eso, porque nada fortalece más la democracia que las amenazas de los insolentes y el peligro de perderla.
Vamos bien. Chávez se ha convertido en excelente aliado y nos ha traído una ayuda que jamás calculó, y de la que ya no se puede retractar. Y como él y sus amigos creen ser ingeniosos y ganar terreno, van a insistir más en lo mismo, y los veremos haciendo maniobras que trabajarán siempre en su contra. Así que dejemos que todos se exhiban, mientras avanzamos sin miedos contando los días que le quedan al pacto.