Bajo el lema “Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida (Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida - Jn. 14, 6)” se prepara la V Conferencia Episcopal de América Latina y el Caribe, a la que asistirá Benedicto XVI en Aparecida, Brasil, en mayo del próximo año, dándole continuidad a las de Medellín, Puebla y Santo Domingo; y todo parece indicar que el tema de la miseria, la pobreza y el dolor de un pueblo sufriente por el pecado de la injusticia social, será retomado y redimensionado con mucha fuerza por una iglesia latinoamericana consciente que desde el fondo de su angustia los pobres claman a Dios.
El documento de trabajo preparatorio de la Conferencia refleja desde ya la línea social que marcará la misión de nuestra iglesia latinoamericana en los próximos veinte años. Aunque se ocupa de una multiplicidad de temas, enfatiza en el llamado que como discípulos de Jesucristo tenemos para ser misioneros. Misioneros… ¿para qué? Para predicar a Jesucristo, y que en Jesucristo nuestros pueblos tengan vida… no sólo la “vida eterna” en el cielo, sino una vida digna de un ser humano aquí y ahora.
Desde su primer capítulo el documento preparatorio o de participación hace referencia al anhelo de felicidad, de verdad, de fraternidad y de paz que legítimamente tienen nuestros pueblos, lo cual contrasta con la realidad de una pobreza y de una miseria impresionante, vergonzosa y dolorosa que lejos de disminuir crece alarmantemente. Desde esa perspectiva, la opción preferencial por los pobres, que no es excluyente, exige una respuesta del cristiano cada vez más urgente ante un mundo donde la riqueza está evidentemente mal distribuida y donde seres humanos existen en condiciones infrahumanas.
Ciertamente que esta preocupación hizo surgir la llamada “teología de la liberación” que fue un intento fallido porque, como dice Benedicto XVI, llevaba a una politización de la fe que la reducía a una parcialidad política, perdiendo la dimensión específica religiosa e introduciendo el marxismo como método para pretender reinterpretar el cristianismo. Pero no debemos confundir esa ya superada teología con la Doctrina Social de la Iglesia que nos reclama un compromiso liberador de las cadenas opresoras para un pueblo que sufre las consecuencias de pecados como el egoísmo, la avaricia, la indiferencia y la injusticia social.
Es una realidad el fracaso y estrepitoso derrumbe del comunismo como sistema político, económico y social, lo cual revaloriza el sistema de libre empresa, las leyes del mercado, el liberalismo económico y, en una palabra, el capitalismo. Pero cuando todo se deja únicamente en manos de las leyes de la oferta y la demanda, el mercado se vuelve salvaje. Cuando se ausenta el sentido de solidaridad humana y lo único que importa es el enriquecimiento individual y egoísta, al hombre se le reduce a simple mercancía, se le explota y se le oprime. Cuando los empresarios olvidan la justicia social, no hay lugar para la compasión. Caemos entonces en lo que Juan Pablo II llamó “el capitalismo salvaje”. El liberalismo económico, para humanizarse, debe ser complementado con un “liberalismo social” solidario con los más pobres y débiles.
La Conferencia de Aparecida seguramente nos recordará, especialmente a los laicos, que los cristianos tenemos que ser discípulos de Jesucristo y misioneros para llevar su Evangelio a una población latinoamericana en su mayoría muy pobre y sufrida. Ser portadores de una “buena noticia” de esperanza; pero al mismo tiempo, como laicos católicos, ser agentes del cambio, de la transformación de las estructuras injustas y opresivas, actuando como auténticos cristianos en la política y en la vida empresarial. Con corazón de carne y solidarios con los pobres, los débiles y los más vulnerables.