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El materialismo reduccionista

El filósofo alemán Ludwig Feuerbach (1804-1872) hizo famosa la frase: “El hombre es lo que come”. Hoy día se la utiliza en propagandas dietéticas para animar a la gente a comer saludablemente. Feuerbach quería decir que el hombre es única y exclusivamente materia, como cualquier animal. Sin embargo, William Shakespeare dice a través de Hamlet: “¡Qué obra de arte es el hombre! ¡Qué noble su razón! ¡Qué infinito en su facultad! En acción, ¡tan parecido a un ángel! En aprehensión, ¡tan parecido a Dios!”

He aquí dos puntos de vista totalmente opuestos. Sólo uno de ellos puede ser verdad. Uno degrada al ser humano. El otro lo eleva. Uno reconoce sus facultades únicas y extraordinarias, el otro lo reduce a un simple chimpancé con pantalones. Shakespeare representa el punto de vista cristiano el cual exalta al ser humano y lo define como hecho a imagen y semejanza de Dios. Feuerbach, por su parte, representa el punto de vista del materialismo naturalista que considera al hombre como simplemente un producto de la evolución de la materia.

El materialismo de Feuerbach es reduccionista porque se limita a una sola dimensión de la realidad: la material. Efectivamente, el reduccionismo es un punto de vista defectuoso porque, valga la redundancia, “reduce” algo complejo a uno sólo de sus componentes. Piensa que el arte no es más que colores; la música, sólo ondas de sonido; el amor, únicamente sexo; el ser humano, nada más que piel, cabellos y huesos. Pero nuestra experiencia humana nos enseña que la vida y las cosas que en ella hay son complejas y, por lo mismo, hay que verlas desde distintos ángulos. La perspectiva del horizonte es diferente desde un avión que desde un automóvil. Lo mismo es verdad con respecto al hombre. Para el materialismo naturalista, el ser humano es sólo lo que come pero desde el punto de vista teísta, el hombre trasciende su materialidad y su finitud y tiene una dimensión espiritual que refleja a su creador y que le distingue por completo del resto de la creación. El teísmo reconoce la dimensión material del ser humano, “pues polvo eres y en polvo te convertirás”. Es verdad que el hombre refleja en algún sentido a la roca, la tierra, los árboles, porque de ahí fue tomado. Pero la historia no termina ahí. El hombre es también un ser espiritual y, por esto mismo, superior al resto de la creación.

En la Biblia se dice que Dios sopló en él aliento de vida y el hombre fue un ser viviente. Ese soplo de vida es el espíritu, sin el cual, el cuerpo muere. De hecho, el significado etimológico de la palabra “muerte” es “separación”, esto es del cuerpo y del espíritu. Por su naturaleza espiritual, el ser humano es capaz de la expresión racional de sus ideas. Sólo él usa símbolos verbales; estructura oraciones complejas, emplea lenguaje proposicional, formula ideas abstractas. Las cotorras pueden repetir palabras pero no concatenar oraciones para formular un discurso lógico. El hombre se distingue de los animales irracionales no sólo en grado sino también en tipo, pues, entre la capacidad de expresar un discurso racional y la falta de esa capacidad, no hay intermedios posibles. O se tiene o no se tiene. Además, el ser humano tiene conciencia de sí mismo. Distingue entre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, es un ser ético y estético, pone por escrito sus reflexiones de manera sistemática. Ningún simio es capaz de hacer estas cosas, no porque se encuentre en un nivel de evolución primitivo sino sencillamente porque Dios no le facultó para ello.

Finalmente, el ser humano se distingue de las demás especies en que es un ser religioso y filosófico. Sólo él especula con respecto a un ser superior al cual adora porque está consciente de su eternidad. Sólo él se preocupa por su origen y por su destino, “y no saber a dónde vamos ni de dónde venimos” como lo expresó el poeta nacional Rubén Darío. Sólo él busca el propósito de su existencia. Nuestra espiritualidad nos hace responsables de la herencia de ciertos valores ético-morales fundamentales válidos para siempre que impiden la deshumanización, es decir, que en nuestra convivencia reine la ley de la selva.

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