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La batalla de la madera
Miguel Bolaños Garay
El autor es periodista y abogado

Aquello de que “más vale tarde que nunca” bien podría ser aplicado al decreto presidencial por el cual se prohíbe la tala, transporte y comercialización de la madera en la zona caribeña de nuestro país. Y no entiendo el porqué de sólo en esa zona, como si en esta parte del Pacífico no se necesitara. ¿O acaso pensarán que ya se depredó todo lo depredable? Pero bien, al menos se hizo el intento de terminar de una vez con el despiadado y criminal negocio que hacen unos pocos en perjuicio de todos los que habitamos en este país.

Sobre este tema hay varias aristas desde las que puede observarse, pero es una de ellas la que quizá más preocupe. Se trata de que en este nuevo escenario planteado, al final de la batalla que recién comienza, ¿quién quedará con el brazo en alto? ¿Los nicaragüenses dueños de todos esos recursos y sus generaciones futuras, o los voraces depredadores que no les importa para nada lo que suceda dentro de unos años con nuestros bosques?

Se me viene a la cabeza el recuerdo del brasileño Chico Mendes, asesinado por los dueños de las gigantescas empresas que depredaban y continúan depredando la madera en los bosques de Brasil, uno de los pocos recursos naturales que aún quedan en el mundo y se ha salvado por milagro de la geofagia del animal más dañino que puebla el planeta como es el llamado homo sapiens, que de lo último no tiene nada y se destruye a sí mismo poco a poco con el afán de conseguir dinero. Quizá muchos recuerden aquella canción de Facundo Cabral que habla de un tipo que en el desierto encontró petróleo pero se murió de sed. Hacia ese escenario nos llevan unos pocos y no hay nadie que los detenga. Chico Mendes está bien muerto ya y la motosierra continúa su acción criminal. ¿Cuántos Chicos quedan o faltan? ¿Cuántos moriremos de sed por culpa de unos pocos?

Esas compañías madereras, disfrazadas de honorables comerciantes, por supuesto que no se quedan de brazos cruzados cuando se emiten decretos de este tipo en cualquier país. Por años se han acostumbrado a sobornar funcionarios o se han aliado con políticos corruptos para obtener concesiones y con toda seguridad van a seguir haciéndolo, aunque les cueste un poco más por el “peligro” que encierra la nueva situación. Y ese es el problema al que hago alusión: mientras existan funcionarios corruptos que otorguen concesiones o se hagan de la vista gorda, la madera continuará fluyendo por ríos o caminos hacia otros destinos o países.

Y ya que se decidió entrarle al toro por los cuernos, no solamente hay que evitar el corte y traslado de madera para su venta, sino empezar a eliminar todas las concesiones que puedan existir. De paso hay que investigar quiénes son los que se benefician en grande con estos cortes de madera y se verá que salen a luz cosas y nombres interesantes de personas que, como dije antes, de ninguna manera van a querer salir del negocio sólo porque a un presidente se le ocurrió prohibirlo. Allí es donde entran a prueba no sólo la honestidad de funcionarios, sino de los recursos humanos y materiales con que se cuenta para poder vigilar e impedir que continúen saqueando los bosques.

Vendrán chantajes de todo tipo, incluyendo el trillado cuento de la subsistencia o derecho al trabajo de unos cuantos que viven de este negocio. O sea, para que unos cuantos vivan tranquilos y ganando buena plata sus patrones, el resto de los nicaragüenses tenemos por fuerza que cruzarnos de brazos y ver cómo día a día nos dejan las antiguas selvas convertidas en desiertos y nos condenan al exterminio. ¿Y nosotros y el país qué? ¿Y nuestros hijos? ¡Si muchos de los que se benefician con el producto final son extranjeros que en sus países ya no hay madera que cortar! Gracias a unos cuantos inescrupulosos, el borde del abismo está cada vez más cerca de nosotros.

Ojalá el país pueda contra estos enemigos. Ojalá logre erradicarse este cáncer de corrupción que nos corroe y nuestros recursos naturales puedan prevalecer. Si no, ni encontraremos petróleo y de todas formas moriremos de sed.

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