Entre apasionados y detractores la cerveza ha sobrevivido hasta nuestros días, en medio de una fuerte campaña publicitaria de las compañías cerveceras del mundo que tratan de imponer su producto.
Desde la Heineken, Budweiser, Miller, Corona y Brahva hasta las nacionales Toña, Victoria y Premium los estantes y exhibidores de licorerías y supermercados ofrecen una variada oferta de este refrescante licor.
La próxima vez que se beba una recuerde entonces que la cerveza es una bebida alcohólica que se hace con granos germinados de cebada y otros cereales fermentados en agua, y aromatizada con lúpulo y otros ingredientes.
Hace más de 6,000 años en las márgenes de los ríos Tigris y Éufrates, los sumerios elaboraban y consumían cerveza, existen algunos documentos que dan referencias en Mesopotamia a una bebida fermentada de cereales.
La historia dice que los babilonios heredaron de los sumerios el arte del cultivo de la tierra y la elaboración de la cerveza. Se cuenta que en Babilonia, el rey Hamurabí tuvo que reglamentar el consumo de cerveza porque eran muchos los que andaban empinando el codo.
Uno de los decretos más conocidos de la época, emitido por Hamurabí, dispuso normas sobre la fabricación de esta bebida, en las cuales se incluían el precio del producto, la concentración adecuada y sanciones aplicables a quienes la adulteraran. La elaboración tenía carácter religioso y era realizada por sacerdotisas.
En el código de Hamurabí aparecen recomendaciones para proteger a los bebedores de las maniobras de los taberneros deshonestos. De alguna manera este documento viene a ser como la primera ley de defensa del consumidor.
Según una tabla asiria fechada 2,000 años a.C., la cerveza formaba parte de las provisiones del Arca de Noé. Por su parte, los griegos identificaron la cerveza con los egipcios, ya que la palabra “zythum” usada por éstos, significaba vino de cebada.
Un siglo antes de Jesucristo, Diodor Sículo escribe “se hace en Egipto con cebada una bebida llamada zythum y por lo agradable de su color y su gusto cede muy poco al vino”.
En sus comienzos, los egipcios obtenían la cerveza fermentando el trigo, pero más tarde fue sustituido por otros cereales, como la cebada. La bebida se mezclaba con frutos, preferiblemente dátiles, se endulzaba con miel y se perfumaba con canela. Y fíjense que los fabricantes egipcios de cerveza eran exceptuados de prestar el servicio militar y tanto los soldados como las autoridades recibían cerveza como parte de su paga.
Dicen los anales de la historia que entre los caldeos, la cerveza era ofrecida como tributo a sus dioses. Según narraciones de la época, cuando Nabucodonosor se aburría de sus amantes, el recurso que utilizaba era ahogarlas en cerveza, una muerte bastante etílica.
También existen pruebas de que hasta los chinos producían una clase de cerveza llamada “Kiu” hace más de 4,000 años, la cual se fabricaba a base de cebada, trigo, espelta, mijo y arroz.
Si nos remitimos al imperio romano los galos llamaban cervesia a la bebida y brasce, al grano que se empleaba para fabricarla. Este brasce dio origen en francés a brasseur (fabricante de cerveza) y a brasserie (cervecería).
Ya en la Edad Media, las mejores cervezas eran elaboradas por los monjes y la bebida recibía el nombre (en el bajo latín) de cerevisiae monacorum. Incluso hasta nuestros días ha llegado esta receta y en algunos países europeos se le conoce con el nombre de “cervezas de abadía”.
La palabra como tal siguió su camino y evolucionó desde la cervesia de los galos hasta cervoise, que fue la manera en que se le designó durante varios siglos en idioma francés.
En nuestro idioma español las primeras referencias datan de los siglos XV, en que aparece como cervesa y fue en el siglo XVI en que comenzó a utilizarse con la forma actual.