La aplicación del decreto de Estado de Emergencia Económica en las Regiones Autónomas de la Costa Atlántica y en los departamentos de Río San Juan y Nueva Segovia, ha sacado a la luz la gran tragedia nacional de la deforestación y la explotación indiscriminada e ilegal de la madera nicaragüense.
Si tan sólo fuera por eso, la drástica medida del Poder Ejecutivo de la República sería suficiente para merecer el apoyo de toda la ciudadanía nicaragüense. Pero no ha faltado la protesta de quienes están involucrados de manera directa o indirecta en la voraz explotación maderera. Algunos se han opuesto inclusive con actos criminales, como fue el intento de incendiar la sede del Instituto Nacional Forestal (Inafor) en la ciudad de Ocotal, y con la amenaza de bloquear carreteras y el paso por la frontera norte del país. De esa manera pretenden impedir que las autoridades sigan decomisando la madera ilegalmente cortada y aplicando las demás medidas previstas en el Estado de Emergencia Económica.
También los políticos corruptos han condenado la implantación del Estado de Emergencia Económica en las zonas infestadas por el grave delito del saqueo de la madera y amenazan con rechazar el decreto en la Asamblea Nacional. Y el colmo es que organismos que supuestamente existen para defender los derechos humanos de los nicaragüenses y velar por la protección del medio ambiente, han colocado sus compromisos políticos e ideológicos por encima del interés nacional y se han sumado a la condena contra el gobierno por las medidas tomadas contra los depredadores de los bosques y los traficantes de la madera.
Es cierto que con la implantación del Estado de Emergencia Económica en la Costa Atlántica, Río San Juan y Nueva Segovia, y con la paralización de las explotaciones ilegales de madera, se afecta a trabajadores que a cambio de un modesto salario participan en la tala de los árboles y en el trasiego de la madera cortada. Pero el interés material de unas cuantas personas no puede estar por encima del de todos los nicaragüenses.
Es cierto también que la madera es un recurso natural que debe ser explotado y aprovechado en beneficio de la gente, inclusive mediante la exportación, dada la excelente calidad de la madera nicaragüense. Pero eso hay que hacerlo de manera racional. Es decir, hay que aprovechar el recurso forestal pero al mismo tiempo se debe garantizar su preservación. Y esto comienza por aplicar medidas tan sencillas como, por ejemplo, obligar a los madereros a sembrar dos o tres árboles, cuando menos, por cada uno que sea cortado. Eso es lo que han hecho países que son grandes productores de madera, pero al mismo tiempo conservan en excelente y envidiable estado sus ricas áreas boscosas.
En Nicaragua, por el contrario, lo que se hace es una torpe deforestación y una tala indiscriminada de árboles. Los depredadores de los bosques cortan hasta los pequeños arbolitos que apenas comienzan a desarrollarse, tal como se ha demostrado con las informaciones sacadas a luz últimamente, gracias al Estado de Emergencia Económica impuesto por el Gobierno en las zonas madereras. Lo cual es un crimen que se comete contra el medio ambiente y por lo tanto contra la sociedad y contra la humanidad.
Es muy bien sabido que la existencia humana se debe a un proceso de interacción que se ha venido construyendo a lo largo del tiempo, desde épocas inmemoriales, a base de una imperativa relación de condicionamiento y necesidad entre las personas y la naturaleza. Esto significa que la protección de la naturaleza favorece a la conservación y el desarrollo de la especie humana, y al revés, el deterioro del ambiente natural perjudica de manera inevitable e incluso mortalmente, la vida humana sobre la Tierra . La alteración del equilibrio ambiental altera el ámbito en el cual las personas son habitantes y creadoras al mismo tiempo. La liquidación de las especies forestales —-así como de las animales— es una grave amenaza contra la vida de las personas y de toda la humanidad.
¿Acaso no es eso lo que estamos viendo en fenómenos contemporáneos como el creciente calentamiento global del planeta, la escasez de agua y en general las condiciones cada vez más precarias en que estamos obligados a vivir? ¿Por qué, entonces, atacar en vez de apoyar una medida tan elemental como es la de actuar enérgicamente contra la deforestación y el saqueo del recurso maderero de la nación?