Cuando algo sale mal lo más fácil es culpar a los demás, porque como decía Robespierre, las derrotas son huérfanas, pero las victorias tienen muchos padres.
En eso he pensado mientras leo diferentes mensajes que llegan a través del correo, con diversos puntos de vista sobre el revés sufrido por Ricardo Mayorga ante Oscar De la Hoya.
Me he encontrado con muchos análisis interesantes, reflexiones muy valiosas y las habituales acusaciones hacia los cronistas deportivos “que inflaron a Mayorga”, como “inflan a Vicente Padilla” e “inflan a la Selección de Beisbol”.
Esto último (eso de inflar atletas) me ha producido siempre emociones entrelazadas. Por un lado me alegra que nuestras opiniones sean tomadas en cuenta, pero me entristece que sean todo lo que algunos necesitan para formarse un criterio sobre un determinado atleta o un evento en particular.
Nadie infla a nadie. Las palabras se desploman si no están respaldadas por los hechos. Y quiero detenerme en Mayorga. Cuando le ganó a Vernon Forrest, fue objeto de múltiples trabajos periodísticos de grandes publicaciones mundiales que lo llamaron hasta el salvador de una división (la welter) que desfallecía.
Pero nadie de los que ahora escriben —tras la derrota con De la Hoya— dijeron en aquel entonces que era un inflado. Es más, ni siquiera nos escribieron para decirnos que se nos estaba yendo la mano al creer que Mayorga tenía algún chance ante De la Hoya.
Sino que esperaron que pasaran los hechos para después pretender pasar como genios. Así es fácil.