Si usted conduce un vehículo seguramente habrá vivido el susto y la impotencia de ser embestido o rebasado indebidamente por otro vehículo más grande, sin más remedio que orillarse en la carretera, enviarle cariñosos saludos a la progenitora del atrevido y esperar que los nervios se calmen. Si va en un vehículo pequeño, apártese de los furgones y los buses, deje la carretera sólo para ellos; si va en moto o bicicleta, apártese de todo lo que tiene cuatro ruedas, y si desgraciadamente es usted sólo un peatón, peor aún; apártese de todo lo que tenga ruedas.
Se ve y se vive tanto irrespeto del conductor del vehículo más grande hacia el más pequeño, que incluso, como seguramente usted lo haya pensado o lo piense ahora, se puede llegar a aceptar que el irrespeto hacia el más pequeño es una norma, con la que hay que convivir y acomodarse; de la que no hay más remedio que aprender a defenderse cuando se es el más pequeño, y de la que hay que aprovecharse cuando se es el más grande.
Pero si nos detenemos a pensar que las normas de comportamiento las vamos construyendo nosotros mismos en la convivencia social, no debemos continuar permitiéndolo.
A causa de esta conducta sancionada en cualquier manual de conducción (que se supone, debería conocerse para poder obtener una licencia de conducir) acaba de perder la vida frente a un taxista irresponsable un querido amigo, un joven agrónomo, mientras conducía su moto. ¡Cuántos sueños truncados! ¡Cuántas lágrimas derramadas por quienes le querían! ¡Cuánta impotencia queriendo devolverle en vano la vida!
Cuando pensamos que el problema es ajeno, nos conmueve un poco el dolor ajeno, pero nos consuela no ser parte de la tragedia. El problema es: ¿Por cuánto tiempo? Se ha preguntado usted si será la próxima víctima? ¿o su hijo?
Si se investiga sobre las causas de los accidentes de tránsito, seguramente se encontrará que la gran mayoría obedece a este acostumbrado comportamiento de los conductores que estamos llegando a aceptar como normal, y que desgraciadamente ya trasciende a la calle o la carretera; peor aún, está presente en todos los aspectos de nuestro diario acontecer.
Estamos ante una crisis total de valores y los pocos focos de lucha para recuperarlos o redefinirlos (entre ellos, es digno de elogiarse el esfuerzo del Diario LA PRENSA) son minúsculos ante la gravedad del problema.
He señalado a los conductores, sin distingos políticos, raciales o de credo, pero es un mal general de nuestra sociedad: tantos hombres irrespetando los derechos de las mujeres, adultos irrespetando los derechos de los menores, patrones irrespetando los derechos de los trabajadores, funcionarios.