Con más énfasis desde 1979 —todo lo negativo en Nicaragua parte de ese año— la sociedad nicaragüense observa el creciente mal comportamiento de quienes están inmersos en la crónica deportiva y a los atletas , pues es triste lo que está ocurriendo.
En Nicaragua no hay academias de locución, lo que permite a cualquiera que posea habilidades u oratoria, graduado o no, hablar por radio sin la debida observación por parte de las autoridades en los contenidos de sus programas. Pero la peor parte no radica en eso sino en la mezcla que existe entre la crónica deportiva y los atletas inmersos en un mundo deportivo de pésima imagen pero con excelentes réditos publicitarios. Los cronistas parcialmente dependen de boxeadores, cuyas conductas personales son —por ahora— sinónimo de patanes, cuyas actuaciones son difundidas en los medios sin ningún respeto.
Cuan lejos están los días del Fat García, Chelito Cárdenas, Armando Proveedor, Chale Pereyra Ocampo o el bien recordado Sucre Frech, Guillermo II El Kaiser, —para citar a algunos— de quienes nunca se escuchó ningún exabrupto ni vulgaridad como la que ahora se tiene que sufrir. Los cronistas son los difusores de estas conductas, porque los atletas son la procedencia de sus ingresos y sean lo que sean éstos, aquéllos les deben la oportunidad de recaudar sus ingresos. La decencia de un cronista deportivo es vulnerada por la obligación de divulgar la conducta de un campeón —que se comporta como un patán— y porque aquél hace de la conducta de éste su material de trabajo y su fuente de ingresos.
Los medios deberían publicar por separado las conductas de los atletas y considerarlos como tales y ciudadanos que deben cumplir con las leyes y normas de una sociedad. Aquí un desbarre, un insulto de un atleta a otro es tema de risas que vende audiencia y no importa su consecuencia. Tal pareciera que los cronistas son tan tolerantes como cómplices de esos campeones. No he visto ni oído ninguna comisión de boxeo interviniendo cuando contra algún boxeador se interpone en los juzgados denuncias de abusos sexuales, en casas de renta de automóviles, contra periodistas a quienes se les veja fuera de la mansión de un boxeador porque llega a buscar una información; nunca un llamado de atención ni una sanción.
Ninguna autoridad del Ministerio de Gobernación observa el contenido de esos programas de radio, las palabras, las vulgaridades que ahí se dicen. Y es penoso porque esos atletas son imagen de nuestro país en eventos internacionales y los cronistas deportivos sus difusores. Todo es un conjunto triste que conduce hacia un negocio ilícito, ilegal, cuya corrupción aumenta gradualmente.
Un deporte violento como el boxeo es un excelente medio de publicidad porque está ligado a la violencia y ésta llega a la masa contagiada por el paroxismo que se imprime en los programas de radio. Se prepara a la fanaticada con escenas en la que dos púgiles fingen enojarse y amagan con golpearse; todo es una farsa y a eso se prestan los cronistas.
De los veteranos cronistas sobreviven, —entre otros— don Evelio Areas Mendoza, el ingeniero Bayardo Cuadra, con una trayectoria limpia y un estilo de narrar y comentar de gran caballerosidad. Ellos me hacen evocar a Buck Cannel a Felo Ramírez, el Mago Septien y a otros, como difusores de proezas de grandes campeones que eran caballeros dentro y fuera del ring.
Pero ahora vivimos una triste época en la que se elogia la jayanería en el boxeo en la persona de quienes dentro y fuera del cuadrilátero se comportan como delincuentes.
En una entrevista que le hicieron a un famoso actor de cine le preguntaron cuál sería la profesión que nunca hubiera ejercido y sin vacilar respondió: “Cronista deportivo”. Cuan decepcionado debió estar como seguramente cientos de miles más estamos de ellos.