Hace 13 años, en 1993, la Organización de Naciones Unidas (ONU) proclamó el 22 de marzo de cada año como Día Mundial del Agua. El propósito de esta celebración era —y es— fomentar la conciencia pública acerca de la necesidad de conservar, proteger y desarrollar el recurso agua, el cual —aunque parezca sobrancero hay que decirlo y repetirlo— es vital para cada persona y para el género humano en su totalidad.
Doce años después, o sea el año pasado, la celebración a favor del agua se amplió con la proclamación de la Década Internacional de las Naciones Unidas para la Acción “ el agua fuente de vida, y es en este marco que durante los últimos días se ha reunido en Ciudad México el IV Foro Mundial del Agua, con la participación de representantes de 139 países.
En este foro se han dado a conocer cifras espeluznantes acerca del grave problema del agua: Más de mil millones de habitantes de África, Asia y América del Sur (incluyendo a Centroamérica y México), no tienen acceso a agua potable y limpia; 2,600 millones de personas de esos lugares no están conectadas a redes sanitarias; el consumo de agua contaminada representa la primera causa de mortalidad en el mundo; 8 millones de personas —de las cuales la mitad son niños menores de cinco años— mueren cada año por causa de enfermedades relacionadas con aguas contaminadas o estancadas, como la tifoidea, el cólera o la diarrea. Y así de seguido.
Según las Naciones Unidas, para el año 2015 cuando termine la década de acción a favor del agua, se deberá haber reducido a la mitad la cantidad de gente que en la actualidad no tiene acceso al agua potable ni a redes sanitarias. Tener acceso al agua, dicen los expertos, significa que cada persona debe tener a su disposición por lo menos 5 galones de agua limpia cada día, y que para obtenerla no debe recorrer más de un kilómetro.
Pero no hay ninguna seguridad de que se podrán alcanzar esas metas que forman parte de los llamados Objetivos del Milenio de las Naciones Unidas. Para alcanzarlas se requiere que 260 mil personas más sean conectadas cada día al suministro de agua potable y que se instalen a diario 370 mil nuevos servicios higiénicos. Y para eso se necesita recursos, infraestructura, voluntad de resolver el problema, y agua.
Sin embargo lo peor del problema no es la falta de agua. Agua hay en cantidades más que suficientes para satisfacer las necesidades de todos los habitantes del planeta. Lo malo es que no se le explota, no se le aprovecha ni se le cuida adecuadamente. Al respecto, en el mencionado foro de México sobre el agua se informó que en el continente africano más de 300 millones de personas no tienen acceso al agua potable, pero los 53 países del África Subsahariana —que es considerada como una de las zonas más pobres del planeta— poseen cuantiosas reservas de agua limpia y potable de la que sólo extraen un 3.8 por ciento de lo que se podría aprovechar.
Realmente causa tristeza —por decirlo de alguna manera— saber que centenares de millones de personas padecen el tormento de la sed teniendo bajo sus pies y a su alrededor mucha más agua de la que pudieran consumir. Es el caso de Nicaragua, donde cada vez más poblaciones y personas son afectadas por la falta de agua limpia y potable, a pesar de que el país tiene suficiente líquido natural no sólo para satisfacer la demanda nacional sino también para exportarla a los demás países de Centroamérica.
Lo que pasa es que en vez de aprovechar racionalmente el agua se le desperdicia y contamina, como se hizo con el lago de Managua y como se está haciendo ahora con el gran Lago Cocibolca, que va tras los pasos mortales del Lago Xolotlán.
De modo que la verdadera lucha que se debe librar con respecto al agua, no es para determinar quién la debe distribuir —el Estado o la empresa privada—, sino por detener la contaminación, para que no se siga malgastando, para tratarla como el bien precioso que es, por el derecho de todas las personas a disfrutarla y por la obligación que todos tenemos de protegerla.