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Desde la distancia de un siglo
Joaquín Absalón Pastora
El autor es periodista

Tuviese un siglo si la predestinación le hubiera permitido escudriñar las entrañas de esa duración. Es José Coronel Urtecho cuya efemérides justificó la jubilosa uniformidad de una fiesta lírica y sensible en Granada donde nadie osó, ni el menos poeta ni el más poeta ni el que no es poeta, desaprovechar el colorido que puso luz en todos los recovecos de la ciudad colonial por cuyo derecho a ser tesoro patrimonial de la humanidad alza su tono sin vacilación alguna, mi voz de ciudadano.

El festejado fue José Coronel Urtecho. Visto desde la venerable distancia de cien años, debo sostener mi criterio sobre su forma de ser a través de los dos únicos motivos que me acercaron a él: en ocasión de una mesa redonda radial donde exhibió su doble forma de extrovertirse —corporal y oralmente— y cuando fue el extraordinario protagonista de tres conferencias dictadas a la empresa privada. Las conferencias divididas en tres sesiones abordaron las vinculaciones entre los intelectuales y los hombres de prensa, el hombre empresa, el intelectual y la cultura nicaragüense. Finalmente, la realidad y la perspectiva de nuestra cultura.

Para plasmar estas conferencias tuvo que abrazar la intimidad del retiro a fin de concentrarse exclusivamente en su mensaje. Por aquellos tiempos el sector privado —que de privado no tenía nada según el juego revolvente de sus palabras— disfrutaba de mejor bonancibilidad. No aparecía tan alevoso el fantasma de la inflación. La comunión de los intereses oficiaba en capillas confidentes. Todavía no llegaban a los oídos los silbidos de la guerra, aunque sí sus síntomas.

Resultaba poco apropiado en medio de las displicencias del negocio con las artes intelectuales, que fuera un prominente poeta y escritor quien se haya tomado parte del tiempo dedicado a la creación en favor de ordenar las conductas convenientes para la rehabilitación, si se quiere espiritual humanista de sectores acostumbrados sólo a ser los productores y los comercializadores de los bienes materiales. En esa línea reconstructora de la impermeabilidad, con ojos sólo para la carnosidad económica, José Coronel Urtecho hizo el aporte que ningún intelectual nicaragüense de su categoría ha concretado.

Decía que la crisis de la lengua se estaba sintiendo tanto como la crisis económica. La lengua popular nicaragüense empezaba a sufrir tristes disminuendos, reducción de su originalidad vernácula, crisis que repercutía en los medios de comunicación. Y con qué escandalosa reincidencia ocurre ahora que él está muerto. Si viviera y comprobara el deterioro lingüístico actual en la radio y la televisión, diría que fue profeta cuando anticipó el pronóstico con su amena causticidad. El periodista y algunos intelectuales no escriben: transcriben. Ponen la grabadora a funcionar y “zas”, afloró el parto. Todo depende más de la agilidad digital que de la capacidad mental.

La otra vez que lo oí y lo traté esta vez de una manera directa y personal como moderador, fue en ocasión de celebrarse una vigorosa y polémica mesa redonda radial. Ahí, José Coronel Urtecho se revelaba como un ente genial del lenguaje corpóreo y oral. Los ojos hablaban, las pupilas escrutaban. “Yo nunca he dicho que sea enemigo del poder, con todo poder se debe convivir para vivir en paz y para que todos vivamos en paz”, fue la respuesta a la pregunta sobre su posición militante. José Coronel suponía que se podía encauzar a Somoza en el poder. El poder vitalicio planteado por su grupo debe a ir en esa línea. Los hechos cubrieron de humo nocivo esa aspiración.

Le gustaba la radiodifusión pero no en la forma en que estaba manejada. Le gustaba también la charla radial y cualquier forma de mesa, cuadrada o redonda. Lo importante era sentarse en ellas y hablar constructivamente de Nicaragua, esa hembra sufrida y adorable, tantas veces violada.

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