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El nuevo cine entre Adanes y Evos...
Eduardo Traslateur
El autor es Ingeniero Agrónomo, MBA.

Advierto que no soy homofóbico ni miembro de la liga del pudor y de la decencia. Respeto irrestrictamente las preferencias sexuales de cada ser humano, como parte de la filosofía de todo hombre libre y de buenas costumbres. Pero no se necesita poner a funcionar la bola de cristal para adivinar la tendencia de nueva ola cinematográfica que se ve venir en el mundo, como consecuencia lógica del éxito obtenido con la película El Secreto de la Montaña, que cuenta la historia de amor entre dos vaqueros americanos a los que se les invirtió la polaridad.

Este filme —que a muchos varones les huele a cagajón, aunque haya ganado el Festival de Venecia y tenga ocho nominaciones al codiciado Oscar (probablemente, para cuando este artículo salga a la luz, ya haya sido premiado con varias estatuillas de oro ) como pieza maestra del llamado “cine arte”— desencadenará un torrente de largometrajes relacionados con situaciones sodomitas, francamente inconfesables, que llegarán en parejas tan disparejas como Adán y Evo, Romeo y Julián, Napoleón y Josefino, Marco Antonio y Cleopatro, Efraín y Mario, Nerón y Mesalino, Sansón y Dalilo, Bolívar y Manuelito y la cucaracha y el cucaracho.

Próximamente —después del publicitado idilio entre los dos cowboys carentes de pelo en pecho— las carteleras cinematográficas nos ofrecerán un extenso repertorio de apasionadas historias de amor contra natura, como en los tiempos de los romanos o los griegos — tan brincones ellos, en medio de sus efebos— en las épocas estelares del emperador Julio César y del filósofo Sócrates, celebridades de las que se decía en las calles y en los tabernáculos de Roma y Atenas que atendían por las dos ventanillas y que tenían los mismos gustos sexuales de las féminas.

El suscrito prevé que harán parte del menú argumentos peliculeros como el amor en el aire, a 30 mil pies de altura, entre dos pilotos que se confiesan perdidamente enamorados el uno del otro durante un vuelo de gran turbulencia entre Nueva York y París, sin escalas. O entre dos hercúleos boxeadores que después de una pelea a 12 asaltos deciden arreglar por las buenas; le piden al árbitro que decrete empate en el pugilato y los case y después de un apasionado intercambio de besos, en el centro del cuadrilátero, ante sus atónitos espectadores, se van a las duchas de su camerino a iniciar su sudorosa luna de miel. O los dos campeones de ciclismo que después de rivalizar en todas las carreteras deciden sorprender al mundo deportivo y se juran amor eterno en pleno premio de montaña de primera categoría, en una verdadera fiesta de besos en cantimplora.

Y no faltarán — seguramente— los guiones que cuenten los escabrosos amoríos entre varones de dídimos bien puestos como toreros, atletas, enmascarados de la lucha libre, paracaidistas, futbolistas, automovilistas de la F-1, tenistas, beisbolistas, políticos, camioneros, generales y coroneles, levantadores de pesas y de pesos y, ¿ por qué no ?, capos de la mafia. Esta inundación de melodramas dedicados a exaltar la mariconería nos darán de ipegüe — seguramente— el affaire entre un suegro que le quita el novio a su hija el día de la boda, en pleno altar y se van a vivir lejos del mundanal ruido porque descubrieron que eran el uno para el otro, mientras quedan sumidas en un mar de lágrimas la novia y la suegra.

El cine ha empezado a convertirse, pues, en una gran jaula de las locas. En la farándula siempre las ha habido y muy alborotadas. Los mejicanos, los llamados meros machos del pasado, empezaron a perder esa varonil distinción cuando irrumpió en la escena artística el afeminado cantante y compositor Juan Gabriel.

Un día de estos, las noticias procedentes de la meca del celuloide dirán que ante el gran éxito de taquilla obtenido con el amorío entre los dos cowboys, se trabaja en una segunda parte, en la que los jinetes se casarán y tendrán como padrinos al cantante Elton John y su marido y adoptarán hijos y la situación se pondrá tan caótica en la montaña, que a los animales de cuatro patas también se les mojará la canoa: los caballos de los protagonistas abandonarán sus yeguas y se irán a compartir, solitos, una pesebrera y para generalizar el mal ejemplo, los guionistas harán que las vacas se queden con las vacas y los toros con los toros. ¡ Cine con cachos a diestra y diestra !

La apostilla: “Manolo Corcho”, uno de los personajes que creó el recordado humorista colombiano Humberto Martínez Salcedo, resumiría así esta situación: el séptimo arte está, por obra y desgracia de Ang Lee y un par de vaqueros, con los calzoncillos a media asta. Repudio la hipócrita santurronería; pero tampoco entiendo cómo se puede realizar una apología a la homosexualidad …..

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