Manzanita era un queridísimo compañero de internado en el Pedagógico de Diriamba, afable, cordial, señalado por el destino para morir joven y ser recordado siempre por sus compañeros. Él fue mi primer contacto con los mayores de la familia Guerrero a quienes acompañé en su muerte, cuando Adolfo apenas entraba a la adolescencia. Luego conocí a Aarón, menor, con las mismas características de amigo entrañable, sincero, honesto, caballero desde niño. Siendo menor él, disfrutamos de su bonhomía y generosidad. Recuerdo que la familia Guerrero Salomon inventó la marca Cristal, e hizo de ella una imagen de irrebatible calidad. Sus “chibolas” fueron las mejores de Nicaragua, su Cola Champagne inolvidable, sus refrescos de frambuesa y de manzana deleitaron los paladares de nuestra adolescencia y juventud y las galletas, aparecieron con la misma calidad. A nosotros sus amigos nos tocó degustar las galletas María, antes de su lanzamiento. Aarón trabajó desde muy joven, aprendió a ser empresario e industrial de éxito y cuando ocurrió la Integración Económica Centroamericana realizó una importante transacción con la famosa marca Nabisco, para que Nicaragua ofreciera al mercado del istmo las famosas galletas Nabisco Cristal.
El barrio de la Cristal quedaba entre la Avenida San Martín y la Calle Colón de la vieja Managua. Allí estaban las industrias y la casa de habitación de los Guerrero-Salomon, todos ellos especiales, por eso digo en esta ocasión que Aarón no necesitó morirse para ser bueno, siempre fue bueno… buen amigo, buen esposo, buen padre, buen empresario, un buen patrón y un buen católico. Con Elba, su esposa, últimamente había orientado sus esfuerzos generosos hacia el reforzamiento y reconstrucción de la iglesia de San Francisco. De las cosas que pasan en Nicaragua, esta iglesia fue construida con buena voluntad, pero sin las vigas y columnas para darle seguridad a la feligresía y a los propios párrocos. Los Guerrero, con vecinos del templo y amigos personales, encabezaron las obras indispensables para que la iglesia estuviese dentro del código sísmico y su estructura brindara seguridad a los que la visitan.
Hace poco tiempo vi a Aarón quien me dijo con afecto: “Siempre busco y leo tus artículos, los disfruto y recuerdo cuando íbamos a los matinés del Alameda y después a los del Teatro Salazar”. Estuvimos hablando de todos los amigos y vecinos de la zona: del Club Juvenil del padre Pallais, donde nos reuníamos los chavalos de Managua y hacíamos fiestas y de la Silvia Sequeira, de las Bermúdez, de los Dorn en la esquina, de Ernesto, Alejandro y Alfredo Salazar, de Sierito, de las Patiño, los Delgadillo y los Ferrari, de aquel señor Pérez Diez que trabajaba en el Banco Nacional, padre de la esposa de Moyo Najman, de los Ampié y de los Zeledón, de Enrique Najlis, de las Hurtado que vivían hacia el lago —una de ellas víctima de mi declaración amorosa bajo un vendaval y quien sólo me alcanzó a decir: “Cuando escampe te resuelvo”—. Luego, haciendo memoria recuerdo que en la misma avenida vivían los Argüello Barra, las Stadthagen y don Vicente Zamora Blanco. Cercano también residía un agente de Seguros llamado Domingo Paiz, quien según las lenguas de la época, haciendo pipí en un terreno baldío de esa zona, había encontrado un saco lleno de billetes: la herencia de Remotti, un italiano quien se hizo rico en Nicaragua y al fallecer sus sirvientes recogieron en un saco las joyas y billetes de su propiedad y los tiraron por la ventana hacia un terreno vacío —precisamente donde Domingo tuvo la suerte de hallarlos y volverse millonario—. Verdad o mentira, eso comentaban los vecinos y don Domingo, de traje de lino blanco y sonriente, ni negaba ni aceptaba. Hacia el sur de la Cristal, Managua creció y se construyeron residencias de personas adineradas y familias conocidas.
Sobre la Calle Colón en la esquina, se situó el Almendárez, un restaurante y cantina, propiedad de unos señores cubanos que sacaban las mesas a la acera dando un toque especial a la calle, otros negocios vinieron y se situaron cerca, si no fue precisamente la zona rosa, desde la esquina de la gasolinera del gobierno en la Avenida Roosevelt, hasta adelante sobre la Colón brotaron los negocios, casi todos de comida, donde también había música de tríos y los noctámbulos de aquella época la vivieron hasta el terremoto de 1972.
Dicen que no hay muerto malo, en Nicaragua, todavía hay personas que no necesitan morir para ser buenas.