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El retorno de los sofistas
Alejandro Serrano Caldera

Aquel debate entre Sócrates y Protágoras que relata Platón en sus Diálogos, iba a tener consecuencias que traspasarían siglos y milenios y se instalarían en el corazón del conflicto ético de nuestros días, como si tal enfrentamiento filosófico hubiese ocurrido la tarde de ayer.

Platón cuenta que gracias a la insistencia del joven Hipócrates, Sócrates le presentó a Protágoras la figura más descollante del movimiento de los Sofistas. Debido a ese encuentro fue posible realizar el inmortal diálogo entre ambos filósofos en casa de Callias, hijo adoptivo de Pericles, con quien su madre había desposado en segundas nupcias, luego de la muerte en combate en Delión de su padre Hipponicos.

Protágoras y Sócrates dialogaron rodeados de ilustres contertulios como el anfitrión Callias, y, además, Paralos, Charmide, Xantipa, Phidirippide, Antimoiros de Mende, Hippias, Eryximaque, Pródicos, Pausanias, Agathon, Alcibíades y Critias, entre los más relevantes, según Platón.

El diálogo se inició con el tema de la virtud y siguió con el pudor y la justicia como fundamentos de la política, continuando el debate con la poesía, para regresar a la virtud, la justicia, la prudencia, la sabiduría y la piedad.

La afirmación de Protágoras, “el hombre es la medida de todas las cosas” que sigue repitiéndose hoy como aquel día del singular encuentro con Sócrates, fue para algunos la fundación del humanismo, la ubicación de la persona en el centro de la existencia y el punto de referencia en el que adquieren sentido e intención todas las cosas.

No obstante, para Sócrates y sus discípulos, de ayer y de hoy, tal enunciado destruye la verdad, los principios y la ética, pues instala el relativismo moral, en el que cada quien es dueño de su propia ética y estética, sin paradigmas ni referentes generales que establezcan reglas de comportamiento de validez universal y de obligado cumplimiento para todos.

Gorgias, también sofista y figura relevante en ese movimiento filosófico, afirma en una expresión de escepticismo radical, que es imposible conocer la realidad y que el propósito de su discurso es persuadir, “poder convertir en argumentos más sólidos y fuertes los más débiles”.

Sócrates, ante el relativismo filosófico de los sofistas, declaró la existencia de la verdad y la posibilidad de conocerla mediante la razón, universal y absoluta, llegando a través de ella al conocimiento de verdades eternas que se encuentran en la mente humana. De igual manera, afirmó la universalidad de la ética, la virtud y la justicia sobre cuya idea Platón escribió la República, proclamando que justo es dar a cada uno lo suyo.

El triunfo de Sócrates fue rotundo y sobre él se instaló el cuerpo de ideas que por más de dos milenios ha dominado el pensamiento universal, particularmente en occidente. Es interesante señalar que mientras por una parte se consolidó el absolutismo socrático, platónico y aristotélico, fundado en la razón, la lógica y la eternidad de las ideas, por la otra se elaboró una tradición de descrédito de los sofistas, y se produjo la mutación del sentido de las palabras y los conceptos.

Sofista, que significa sabio, maestro, artista, perdió su sentido originario. Los Sofistas dejaron de ser la escuela de los sabios, frente a cuya arrogancia Sócrates opuso con humildad la filosofía, amor por la sabiduría, término que según algunos fue utilizado por primera vez por Pitágoras. La palabra sofista, desde Sócrates hasta hoy, equivale a mentiroso, a demagogo elegante y refinado capaz de hacer pasar sus mentiras por elaboradas verdades. Sofisticado, que viene de sofista, es aquel “falto de naturalidad, afectadamente refinado”, dice el Diccionario de la Real Academia Española, y un sofisma es una mentira, pero no burda ni grotesca, sino una delicada mentira que parece verdad, “la razón o argumento aparente con que se quiere defender o persuadir lo que es falso”, dice de nuevo el Diccionario de la Real Academia Española.

Una doble y amarga ironía marcó el destino de aquel diálogo entre Sócrates y Protágoras, y diría que también marcó, en buena medida, el destino de la humanidad: por una parte, los aristócratas y arrogantes sofistas, maestros de élites sociales y políticas, que proclamaron la relatividad de las cosas y la inexistencia de la verdad, pasaron a la historia debido, más que a Sócrates, a los escritos de Platón y a sus propios excesos retóricos, como impostores, presumidos y mentirosos.

Por otra parte, la humildad de Sócrates y los filósofos que a duras penas se atrevían a llamarse amigos de la sabiduría, se transformó en la verdad absoluta y autoritaria, en la razón universal y en el pensamiento total. Todo lo demás no ha sido otra cosa que reflexión, debate, confrontación o negación alrededor de las grandes ideas que ellos nos heredaron.

A pesar de todo, pareciera que, al menos, desde el siglo XIX, las ideas de los sofistas han regresado y se han reinstalado progresivamente en estructuras relevantes del pensamiento de los últimos dos siglos. El nihilismo del siglo XIX y la filosofía de Nietzsche, cuya muerte en 1900 inauguró el siglo XX, son quizás las expresiones más significativas del regreso de la Grecia de los Sofistas, y también, y ahondando aún más en el pasado helénico, de la Grecia de lo dionisíaco y del mito.

La llamada post modernidad, que en parte sigue a Heidegger, pero sobre todo a Nietzsche, es quizás la expresión existencial y filosófica que evidencia más la hipótesis del retorno de los sofistas. Las teorías de la debilidad del ser, del pensamiento tenue y, en consecuencia, no autoritario, la idea de la deconstrucción mediante la cual se desmontan todas las categorías que desde Sócrates han constituido la historia de occidente: razón universal, yo, ser, ente, historia, sujeto, relato, metarrelato, metafísica, ética, son expresiones extremas que coinciden con el relativismo radical de los sofistas. No hay valores ni normas generales que regulen la conducta individual y colectiva.

Por supuesto que esa demolición de principios es destructora y entraña los más graves peligros para el ser humano y para la sociedad. La postmodernidad tratando de salvarse del autoritarismo de la razón absoluta, de los sistemas, de las ideologías totalitarias y de los fundamentalismos religiosos nos sumerge en el vacío y en los abismos de la nada. Pienso que contra esa monumental disolución fue la reacción del Papa Benedicto XVI, cuando condenó la dictadura del relativismo moral.

Sin embargo, creo que es evidente que junto al peligro de la dictadura del relativismo, la tragedia de la humanidad se ha debido a la dictadura del absolutismo, de toda suerte de absolutismos: políticos, religiosos, filosóficos, culturales, morales, a la existencia de fundamentalismos de diferente signo, para los que la verdad es su verdad y la verdad del otro es la mentira que hay que destruir junto con quienes la sustentan. “El infierno es el otro”, dijo Sartre.

Por ello, sin caer en el relativismo extremo de los sofistas, creo que hay que preservar ideas básicas que son las únicas que pueden permitirnos cierta forma de convivencia y defendernos contra los totalitarismos de la racionalidad instrumental, el comunismo soviético fue uno de ellos, y contra la irrupción del irracionalismo cuya expresión más brutal en el siglo XX fue el nacional socialismo, fascista y antisemita. Por eso hay que mantener ideas fundamentales de la racionalidad filosófica, del derecho natural y de los derechos humanos y aceptar junto a principios universales como el respeto a la vida, la dignidad, la integridad y la justicia, otros de carácter histórico y sociológico en el que la tolerancia y la relatividad juegan un papel importante. Entre ellos: el respeto a la diferencia, el reconocimiento del otro y la interculturalidad, entendida no sólo como el reconocimiento de culturas plurales y diferentes, sino como la posibilidad que ellas interactúen y se enriquezcan recíprocamente.

Los sofistas han regresado y creo que hay que reconocer ese hecho sin aceptar necesariamente sus conclusiones, pero tampoco sin refugiarse en ningún tipo de absolutismo: el Estado, el partido, el mercado, el fundamentalismo religioso, pues no hay que olvidar que paradójicamente los dos males simultáneos de nuestro tiempo son, por un lado las tendencias que llevan a la pulverización de la ética, los principios y los valores que deben regir la vida del ser individual y de la sociedad, y por el otro, los fundamentalismos de diferentes denominaciones que pretenden imponer una visión unilineal, excluyente y monolítica del pensamiento y de la vida.

En este mismo sentido cabe recordar que las doctrinas contemporáneas de la ética, la de la interpretación, la del discurso, la de la liberación, y la de la acción comunicativa, se basan en la intersubjetividad, en la sociabilidad, en el reconocimiento del tercero excluido y en la relación necesaria entre los seres humanos y la sociedad que es fuente constructora de valores, y que la raíz de la democracia, es el contrato social que se construye con el diálogo y el consenso de los componentes de la comunidad.

El autor es filósofo nicaragüense

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