Cuenta la leyenda que en tierras costeras de Carazo, en una aldea salpicada de ranchitos pajizos cobijados por palmeras, guanacastes y tamarindos frondosos, vivía el cacique Casares, indígena sabio que, como San Francisco, hablaba con todas las criaturas del Cielo y de la Tierra
Cuentan también, que una tarde llevó a su tribu a la costa del mar y allí les dijo: “Del otro lado del océano han llegado hombres perversos que intentarán destruir a nuestros dioses, debemos aprender a navegar para salvarnos y salvar nuestras creencias”.
Todos se dedicaron a construir una piragua gigante en la que depositaron sus códices, ídolos sagrados y gran cantidad de alimento.
Cuando los españoles llegaron, todavía pudieron divisar desde la costa, la piragua en la que los indígenas navegaban mar adentro, cantando al compás de un atabal heredado de sus antepasados.
Nunca se supo qué fue de Casares ni de su pueblo. Dicen que en las noches de plenilunio, la silueta de la piragua se recorta contra el globo grande de la Luna. A la medianoche las sombras de los miembros de la tribu desembarcan en la playa, y entonan, al compás del tam- tam del grave atabal del cacique, una prolongada y triste canción de amor.
EL DOCTOR EDMUNDO MENDIETA
¿Entonces, que más se sabe de Casares?
La pregunta va dirigida al doctor Edmundo Mendieta Gutiérrez, ese venerable amigo, que como Campoamor, tiene el cabello de armiño, junto al candor de un niño, con la experiencia de anciano. “Dicen —afirma—, que la gente de Casares vivía en la costa, cerca de lo que es hoy La Boquita, pero no hay fuentes históricas donde confirmar ni la existencia de Casares ni la de su tribu. Esto parece conjugarse con la leyenda de su éxodo náutico. Los indígenas se llevaron todo, no dejaron ni el menor rastro de su ancestral existencia”.
Entonces, ¿cuál es la historia del pueblito pesquero de Casares?
Donde ahora está Casares era una costa desierta, pero la fundación se remonta a un suceso con facetas románticas que ocurrió a principios del siglo pasado. Eso lo escuché cuando era un niño, de boca de don Crisanto Briceño, quien era dueño de muchas tierras en la zona costera de Carazo.
TRAS LA LINDA JUANITA ECHAVERRI
Vivían en Diriamba dos jóvenes, que desde muy niños cultivaron una hermosa amistad, uno de ellos era el propio don Crisanto y el otro don Enrique Granja, que era el “play boy” del pueblo; rico y visitado, con una corte de amigos con los cuales parrandeaba, jugaba gallos y correteaba a las mujeres.
Ambos eran enamorados platónicos de una linda jovencita, Juanita Echaverri, damita muy culta, preciosa flor del jardín diriambino. Pues ocurrió que durante una Semana Santa, la Juanita se fue a veranear con su familia a La Boquita.
Ambos muchachos supieron que ella estaba en el mar y decidieron ir a visitarla. Enrique se fue acompañado de toda su corte de amigos, cabalgando en buenos caballos, pero por eso mismo, iba haciendo estaciones en cada río, porque en ese tiempo había varias quebradas que corrían bajo árboles frondosos.
Don Crisanto alquiló una yegüita, porque en ese tiempo, a pesar de que era rico, sus posesiones las administraba un albacea hasta que cumpliera la mayoría de edad. Como no hizo estaciones llegó primero a donde estaba la Juanita, secándose el pelo sentada en una carreta. Se le declaró con todas las de ley y le propuso matrimonio, lo que ella aceptó.
PUDO MÁS LA HERMOSA AMISTAD
Mas tarde entró a La Boquita, Enrique Granja con sus compañeros, volando tiros al aire y derrochando alegría, pues eran jóvenes alegres y parranderos.
Cuando encontró a Crisanto, éste le dijo: “Enrique, tengo que darle una buena noticia, le propuse matrimonio a la Juanita y ella aceptó, de tal manera que de ahora en adelante es mi prometida oficial”. Enrique quedó abatido, pero se recuperó y con mucha hidalguía le contestó: “Excelente noticia amigo mío, lo felicito y le invito a brindar por su felicidad”.
Don Crisanto se casó con la Juanita, y ya como matrimonio continuaron llegando a La Boquita, pero a los dos o tres años ya no le gustó el lugar porque dicen que La Boquita siempre tuvo un aire carnavalesco y de alegría, nunca fue un balneario austero ni nada de eso. Con su esposa, don Crisanto recorrió la costa buscando un paraje donde establecer su casa veraniega; querían paz y tranquilidad, que encontraron en lo que hoy es Casares, donde hay una hermosa playa, un hermoso río y agua potable, profusión que ya no existe casi más que uno. Ahí construyó la casa y enramadas para la gente que comenzó a llegar con la intención de establecerse. Ya para los años posteriores al terremoto de 1931, existían allí hoteles como El Pachalpa, El Casino y El Cantón Colorado (quién sabe de dónde sacaron ese nombre). Había un buen camino para los automóviles, y don Crisanto se ocupó de instalar el primer teléfono.
EL TERREMOTO DE 1931
¿Como se sintió el terremoto del 31 de marzo de 1931 en Diriamba?
Yo tenía 10 años, porque nací en 1921. Estaba jugando trompo bajo un cobertizo de mi casa, con otro vecinito. Cuando empezó el gran temblor todos nos salimos al patio, pasó el temblor y nos quedamos como que nada. Pero a eso de la una de la tarde se presentó una vecina a decirnos, estas fueron sus palabras textuales: “Se perdió Managua”.
¿Pero se sintió el temblor en Diriamba?
Claro que sí, y con gran alarma. El temblor fue fuertísimo. La casa de mis padres estaba a una cuadra de la iglesia parroquial, en el centro. Alguien llamó por teléfono a Managua, porque de Managua para Diriamba no había comunicación. Esto causaba gran aflicción a los que tenían parientes en la capital, que eran muchos.
¿Pero ya había automóviles en Diriamba?
Sí, claro, inclusive muchos. Diriamba, en ese tiempo no tenía las calles pavimentadas que tiene ahora. Pero cuando entraba cualquier coche o vehículo, la gente los detenía y preguntaba: ¿Qué se sabe de Managua? Todas las casas en el suelo, miles de muertos y un voraz incendio, respondían los viajeros.
DESCRIPCIÓN DEL ÉXODO
¿Quiénes fueron los primeros personajes que llegaron a Diriamba procedentes de Managua?
No sé si el mismo día o al día siguiente llegó el doctor Jerónimo Ramírez Brown a donde su hermana Estelvina, que era casada con don Enrique Baltodano. Llegaron unos parientes de doña Titina Leal, que cuando murió, LA PRENSA reflejó lo siguiente en el titular: “Era una llama ardiente y el viento la apagó”, porque la Titina fue fuerte en sus intervenciones políticas.
A don Ignacio Leal le agarró el terremoto en Managua y llegó como a las tres de la tarde a Diriamba; venía todo empolvado, con una herida en la cabeza. Llegó contando que el terremoto lo agarró cuando se estaba rasurando en la barbería de Cástulo Hernández, y que le cayeron sobre la cabeza algunos pedazos del cielo raso. Don Roberto Rappaccioli llegó también todo empolvado y con unos raspones en la cara; después llegó doña Ofelia Bendaña Martínez, una hermana de mi suegra. Llevaba una rajadura en la cabeza.
¿Había muchos diriambinos viviendo en Managua?
No muchos. El diriambino es muy localista, y como todo mundo tenía finca y casa, no salían de aquí. Con los años ya ocurrió un éxodo fuerte de diriambinos a Managua.
¿Vinieron muchos managuas a Diriamba después del 31?
Sí, por ejemplo don Pablo Leal y su familia regresaron, no sé en qué tiempo. Me acuerdo que para mi hermano Rodolfo, que ya tenía 21 años, y para otros jóvenes de entonces, aquello fue un acontecimiento feliz, pues se dedicaron a quitarle el sufrimiento a las muchachas de Managua, invitándolas a paseos y bailes, porque todavía creo que no había cines en Diriamba.