Adiós a Naohito
Orient Bolívar Juárez
Recientemente me he enterado de la partida del señor Naohito Watanabe, tras haber concluido sus funciones diplomáticas en la Embajada de Japón en Nicaragua.
Para quienes conocemos a Naohito Watanabe en el medio literario, lo estimamos y sabemos de su magnífica obra de traducción de Darío, ésta no es una noticia fácil, para tomarla con indiferencia. Él tiene un lugar muy especial en nuestro medio literario, entre los darianos y en el alma de las letras nicaragüenses, como lo constatan los homenajes que con mucho merecimiento le han tributado recientemente importantes instituciones nacionales y su incorporación a la Academia Nicaragüense de la Lengua.
De modo que sentimos que se marcha hacia otros rumbos un hermano entrañable que ha vivido entre nosotros realizando sus deberes diplomáticos, impulsando la cooperación y compartiendo a la vez el don de la palabra, en este ambiente de incesante inquietud tropical, con sus horas de pájaros y de flores, de gorjeos y pregones, de niños alegres, de almas soñadoras y de crepúsculos fascinantes hacia el poniente, donde las aguas espléndidas del Pacífico nos traen en sus ondulaciones, rumores y pétalos del Lejano Oriente.
Naohito Watanabe no sólo ha vivido entre nosotros en dos ocasiones, sino que también aquí ha dedicado parte de su vida a desentrañar las esencias y el ritmo de los versos y la prosa del inmortal Rubén Darío, para luego hacer lo que jamás pluma alguna había hecho en todo el orbe dariano: traducir al japonés dos de sus libros notables: El Viaje a Nicaragua e Intermezzo Tropical, en 1994 y Azul, en 2005.
De modo que su partida hacia otras latitudes, si bien nos deja su impronta de amistad en sus obras, conferencias y en sus proyectos realizados, tan visibles como el Parque Japón-Nicaragua, nos deja también un vacío, que aunque temporal, se sentirá y se notará, ya que el amigo Nahoito Watanabe con su acostumbrada caballerosidad y presencia ya no podrá estar más, como solía ocurrir, en nuestras tertulias, en las presentaciones de libros, exposiciones de pintura, en los festejos acostumbrados que aquí en Nicaragua convida con sorprendente frecuencia, el arte y la literatura.
Ante esta circunstancia de la vida, no me queda más que decir adiós y hasta pronto al diplomático, al poeta y al amigo, con gratitud y aprecio; digo hasta pronto, porque no dudo que su admiración por esta tierra de inspiración y de encantos mágicos y su vocación admirable por Darío lo harán volver de nuevo algún día no lejano, como ocurrió la última vez. Ojalá así sea.
El autor es historiador nicaragüense.

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