Monumentos a la cultura de la muerte
Adolfo Bonilla
¿Se imaginan los lectores de este Diario que en la Alcaldía de Estocolmo se decidiera erigir una estatua al asesino del Primer Ministro, Olof Palme? ¿O que la de Washington le levante un monumento al asesino del presidente John F. Kennedy? ¿O que en el municipio de Managua se haga lo mismo para enaltecer la memoria de los asesinos de Carlos Guadamuz, de Arges Sequeira o de Enrique Bermúdez?
“¡Ah, esos son casos distintos!”, dirían algunos. Claro que son distintos, pero el hecho es el mismo, especialmente porque siempre habrá argumentos para perpetrar el homicidio.
En realidad, no se trata de la persona a quien se mate ni al motivo por qué se mate, ni de la ideología que sustente la apología del crimen, sino del hecho en sí, ya que así como existe un segmento de la sociedad que aplaude el magnicidio de Anastasio Somoza García (y el de Anastasio Somoza Debayle), ni dudarlo que también existe otro segmento que se solazaría aplaudiendo la ejecución de un Daniel Ortega o un Dionisio Marenco. Por consiguiente, al levantar la efigie de Rigoberto López Pérez políticamente se están estableciendo las bases para la extensión de una especie de patente de corso para que cada individuo, grupo, facción, partido, etcétera, vea no sólo como una cosa natural, sino como un deber el cometer un delito de esa naturaleza, bajo cualquier justificación. La falta de imaginación sólo puede provenir de un partido desfasado en la historia patria.
En otras palabras, al construir un monumento a este tipo de personaje se está enviando el mensaje subliminal de que actos de esa índole no sólo son correctos, sino que también deseables. En el fondo significa enaltecer el símbolo de que la solución de los problemas políticos es válida mediante el asesinato, pero ese tipo de solución con el tiempo también se puede aplicar a los problemas sociales, económicos y hasta familiares. Es decir que se estaría promoviendo el regreso a las raíces más negativas y nefastas del ser humano, que es la cobardía con que algunos grupúsculos han actuado en el pasado “ajusticiando” gente a su antojo, desde el torturador somocista Gonzalo Lacayo y los jueces de mesta de esa época, pasando por Jorge Salazar, hasta llegar a Arges Sequeira y tutti cuanti
Lo que pasa es que se corre el peligro de comenzar a recorrer el camino que conduce a la mentalidad demencial del terrorismo tipo Sendero Luminoso, que, por ejemplo, en 1993 envió a una brigada de cinco personas —incluyendo a una mujer— que le disparó una ráfaga a la indefensa María Elena Moyano (dirigente comunitaria de mucho arraigo popular) cerca de su casa en un barrio marginado de Lima, al final arrojándole una granada de fragmentación, para asegurarse de que no quedara duda de su muerte.
En fin, hay que romper el círculo vicioso anclado al pasado, de ahí que en vez de fomentar la cultura de la violencia y de la supresión del derecho a la vida, lo que hay que promover es el levantamiento del espíritu nacional, el sentimiento de tolerancia, contribuir con algo que principie a ponerle punto final a la barbarie. Esta es la oportunidad y el momento para glorificar lo positivo, lo constructivo, estimular todo aquello que logre generar optimismo, que haga renacer la esperanza de una mejor calidad de ciudadano para poder crear las condiciones necesarias para una coexistencia pacífica y aprender a resolver los problemas —de cualquier índole que sean— utilizando métodos civilizados. Se debe empezar a vislumbrar la aurora de un nuevo día con nuevas formas de convivencia humana, creando nuevos valores y principios que inspiren motivaciones edificantes y fructíferas en la juventud.
Puedo concluir afirmando que esta tarea es una responsabilidad —y un reto— de la actual generación, a fin de poderle legar al nicaragüense del futuro los cimientos que sirvan para forjar un ciudadano mejor, una Nicaragua mejor.
El autor fue dirigente sindical cristiano.

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