El partido maravilla no pudo ser. Sin refugiarse en una cautela mata espectáculo, pero aplicando un preciso marcaje “amputador” de habilidades y reductor de espacios, el brillante equipo de Argentina y el siempre temible Holanda, empataron sin goles en Frankfort.
Fue sí, pese a lo que pueda discutirse, una interesante batalla, con ideas que no prosperaron, una movilidad sostenida, maniobras individuales que a ratos inyectaron suspenso, y fabricaron algunas posibilidades de gol.
Tan es así, que los arqueros Van Der Sar y Abondanzieri, estuvieron en permanente estado de alerta, y sus nervios se alteraron cuando olfateaban el peligro que infatigables y usualmente acertados defensores, se encargaron de neutralizar.
Claro que de frente a los octavos de final, y con los boletos en el bolsillo, había mucho que cuidar: piernas, desgaste y tarjetas amarillas, sin sacrificar el empeño por ganar, aún en medio de limitantes naturales, porque era preferible medirse con México, que con Portugal.
La figura cumbre de un juego sin goles, fue Carlos Tevez, el jugador del Corinthians de Sao Paulo, capaz de desajustar la maquinaria de un reloj suizo, siempre en movimiento con la pelota, ejerciendo presión, tratando de enloquecer, y consiguiendo posiciones de tiro, que lamentablemente quedaron sólo en intentos.
Volvimos a ver a Lionel Messi, el diamante del Barcelona, con su habilidad para manejar los espacios cortos, proteger la pelota y escapar de diferentes maneras, al acoso de los marcadores. Pero lo de estos chavalos de 19 y 22 años, no fue suficiente para quebrar el cero.
¡Cuánta falta le hizo Arjen Robben a Holanda! Su velocidad, facilidad para el desborde y presión, hubieran creado mayores complicaciones, pero entrar en esa consideración es bueno sólo para especular.