Los árbitros andan por las canchas de la Copa del Mundo Alemania 2006 con las manos cerca del bolsillo de las tarjetas, listos para desenfundarlas cual sheriffs del Lejano Oeste norteamericano.
La campaña de la FIFA para frenar el juego violento y desleal ha provocado que los equipos estén tan cargados de amonestaciones que los entrenadores hacen malabarismos con las reservas para no perder a sus jugadores clave.
El rigor en la aplicación del reglamento ha impedido de hecho que algunos partidos se conviertan en verdaderas cacerías del hombre.
El colmo de lo visto fue el codazo rayano con lo criminológico que el italiano Daniele de Rossi le pegó al estadounidense Brian McBride, antes de ser expulsado en el partido que igualaron 1-1 por el Grupo E.
Los espectáculos han mejorado respecto de aquellos mundiales en que los colegiados se hacían de la vista gorda frente a los planes de aniquilamiento sistemático de los habilidosos o de cualquiera que llevara la pelota. Ahora están rigurosos con las tarjetas.