En estos días las salas de cine presentan una película alemana que nos adentra durante dos horas y media en los últimos días de vida de Adolfo Hitler en el búnker de la Cancillería en Berlín, entre abril y mayo de 1945.
Es una obra parte de miles de producciones para recordar los 60 años del fin de la Segunda Guerra Mundial pero también, de la pesadilla que significó el III Reich, que según los más optimistas duraría mil años, pero que afortunadamente sólo sobrevivió 12 años.
Bajo el poder de Hitler se vivieron horrores no tanto para los alemanes sino para los seis millones de judíos que sufrieron crueles castigos y los 50 millones de personas que murieron en el conflicto, pero más allá de las cifras, lo que sorprende es la valentía de escarbar en el putrefacto pasado que significó esta etapa en ese país.
La historia está basada en las memorias de Traudl Jonge, la secretaria personal de los últimos años de Hitler y quien fue testigo de la locura desatada en el búnker luego del asedio de las tropas aliadas para terminar con el nazismo.
Sin decoraciones ni grandes fanfarrias se muestra al Hitler capaz de mostrar el más sincero amor por su perro, pero a la vez el rabioso, intolerante, energúmeno y egocentrista dictador en que se convirtió y de cómo todos a su alrededor lo trataban como si fuera un ser de otro planeta y no lo que en verdad fue, un demente con poder.
Aquí hay que aplaudir la actuación del suizo Bruno Ganz en el papel de Hitler, porque uno queda más que asombrado de la similitud física como de la forma en que transpira durante toda la película el mal que llevaba dentro este oscuro personaje de la historia humana. Aunque en algunas escenas es exagerado el desbordante temblor de su mano, vale la pena levantarse y aplaudirle.
Y les advierto que al final, se termina muy asombrado y con las manos en la boca por los extremos insoportables a los que llegaron los más cercanos al círculo de Hitler en una carrera suicida que exigía matarse antes de caer ante los aliados.