“Demen un balcón y les daré la Presidencia”. Cinco veces salió la frase de su “verbum mental” y con las cinco le pusieron la banda. No fue a base de “golpes de estado” fue valiéndose de los rayos de la palabra iluminada por la unidad real de la lógica, la razón y la capacidad de persuadir. Todavía debe oírse en aquellos miradores ecuatorianos el eco de la asombrosa ontología del presidente José María Velasco Ibarra.
Los últimos acontecimientos electorales en América del Sur están mostrando que tiene a un sucesor, distante de ser su homólogo perfecto, pero cercano de llegar a esa ilustre y referencial baranda cada vez que se habla de conquistar votos con el discurso.
Alan García tiene todas las posibilidades de ser su relevo vivo. Acaba de ganar la Presidencia del Perú apoyado por el capital de su oratoria política, sacando estrellas orales de la lengua para convencer a quienes antes estaban entendidos de la felonía de haber arruinado la economía peruana con las imprudencias propias del joven de 36 años que llegó en la posición felina de morder todo lo que estaba hecho —de transformar lo establecido para deslumbrar— y conseguir sólo la oscuridad. Tanteos fatales de muchacho que lo llevaron al ostracismo. Éste parecía irremediable al comienzo. Sin embargo, la capacidad de ver al horizonte fácilmente cazado por su perseverancia, por no ser blanco de la timidez, acompañado por la magia de su palabra, volvió al terruño resentido no con los propósitos de sumergirse en el anonimato feliz de quien con el logro de los billetes lo conquistó todo, Alan García llegó para quedarse por cinco años cronometrados constitucionalmente en la primera silla de Perú, dejando burladas las amenazas y los insultos de alguien que en reflexión política y oratoria, es totalmente su revés.
Hugo Chávez acaba de sufrirlo con la contundencia de un disparo, hecho del lenguaje y no del plomo, un disparo que acertó en el centro de su corazón, envanecido por las glorias materiales del petróleo, hinchadas por sus altos precios y por su rotunda, innegable utilidad. Su triunfo le ha dicho “chó” a quien ocupando otro estilo de balaustrada donde escasea la eufonía y por el contrario, bulle la ordinariez, siguió empeñado por su irregularidad mental en ser la resurrección corporal y mental de Simón Bolívar desde cuya alba pretende erigirse como el dominador de algo absolutamente distinto a los tiempos y las coyunturas del conquistador. No contó con una realidad: el pueblo peruano mantuvo bien abiertos sus ojos y si éstos estaban al borde de cerrarse, las mismas posiciones de Chávez contribuyeron a que se hiciese un alto en el camino de experimentar con alguien demasiado parecido a los mandones armados, militantes de la fanfarria de una izquierda evidentemente utilizada con propósitos estratégicos cuando los gobiernos llamados democráticos se han empecinado en dar los peores ejemplos.
La incapacidad de intimidar de Chávez puesta en lo más alto de la altanería le ha dado un campanazo a Daniel Ortega, a quien le correspondería callar las ofertas electorales que el derrotado de Venezuela ha puesto en sus manos con el único interés de sumarlo a la caravana.
Resulta difícil evadir la mención del candidato sandinista en momentos en que un homólogo suyo en cuanto a estar protegido por el aspirante a ser el Bolívar del siglo 21, fue derrotado en el Perú, no otro que el Humala, quien al otro lado del estilo sin usar las palabras de Ortega “mandar desde abajo” ha dicho “mañana comienza la transformación del Perú”, una transformación que el dolor conoce y sabe en qué consiste. García no le ganó a Chávez. Perú fue el vencedor.