El patrono de los políticos

El 31 de octubre del año 2000, el Papa Juan Pablo II proclamó a Santo Tomás Moro —cuya festividad se celebra hoy, 22 de junio— como patrono de los gobernantes y los políticos.

Con ese motivo y seguramente porque el país está enfrascado en un proceso electoral de gran trascendencia histórica, el Arzobispo de Managua, monseñor Leopoldo Brenes Solórzano convocó a la celebración de un oficio religioso especial que tendrá lugar hoy, a las 12:00 del mediodía en la Catedral Metropolitana. Se trata, sin duda, de una celebración muy oportuna y necesaria debido a la grave degradación moral que sufre ahora más que nunca, la práctica política en Nicaragua.

Santo Tomás Moro nació en Londres, Inglaterra, el 7 de febrero de 1478, y murió decapitado en esa misma ciudad el 6 de julio de 1535, o sea cuando tenía 57 años de edad. Tomás Moro se graduó de abogado en la Universidad de Oxford; fue excelente escritor (su obra más famosa y ampliamente leída hasta nuestros días es Utopía, en la que describe una imaginaria sociedad que se gobierna y vive de manera perfecta); escribió numerosos ensayos, cartas, poemas y un par de dramas redactados en la prisión; juez intachable; parlamentario destacado; hábil diplomático y finalmente Canciller de la Corona Británica, cargo supremo al que renunció voluntariamente cuando desafió al rey Enrique VIII, quien se proponía someter hasta a la Iglesia y la religión a su poder autoritario.

Tomás Moro se definió a sí mismo como “un buen servidor del rey, pero primero Dios” (palabras que pronunció en el patíbulo, instantes antes de ser decapitado, ante la multitud que concurrió a presenciar su ejecución). Por eso se negó, aun al coste de su propia vida, a aceptar la usurpación de autoridad del rey sobre la Iglesia, la sociedad y la libertad individual.

“Precisamente por el testimonio, ofrecido hasta el derramamiento de su sangre, de la primacía de la verdad sobre el poder, Santo Tomás Moro es venerado como ejemplo imperecedero de coherencia moral”, señaló el Papa Juan Pablo II en su Carta del 31 de octubre del año 2000, en la cual proclamó a Moro como el Santo patrono de los gobernantes y los políticos. Y agregó el Sumo Pontífice católico que: “También fuera de la Iglesia, especialmente entre los que están llamados a dirigir los destinos de los pueblos, su figura es reconocida como fuente de inspiración para una política que tenga como fin supremo el servicio a la persona humana”.

En Nicaragua, como es bien sabido, la credibilidad de la política y de los políticos se encuentra ahora en el nivel más bajo de toda la historia nacional. Y sin dudas que es por culpa de los mismos políticos, pues a lo largo de los últimos años la mayoría de los que han tomado el poder no lo han hecho para procurar el bien común y servir a los ciudadanos, especialmente a los más infortunados y necesitados, sino para lograr su propio beneficio y enriquecimiento particular.

Para la mayoría de los políticos nicaragüenses el modelo no ha sido Santo Tomás Moro, con su ejemplo virtuoso de servicio a la sociedad, al pueblo, a la persona y a Dios, y no a la riqueza que produce el poder a quien lo ejerce de manera codiciosa. El modelo de los políticos nicaragüenses ha sido —aún sin que ellos mismos tengan conciencia de eso— Nicolás Maquiavelo, quien erigió en política de principios la perversa regla de que el fin justifica los medios y reconocía sin empacho que: “Amo más a mi ciudad —es decir, al poder, al príncipe, al poderoso— que a mi propia alma”.

Por eso es que “nuestros” políticos se pelean ferozmente por los altos puestos gubernamentales y muchos de ellos cambian de partido a menudo, no para buscar una mejor opción de servicio al pueblo sino para colocarse en la mejor posibilidad de obtener los altos cargos que les permitan enriquecerse al amparo del poder.

De manera que es muy oportuna la convocatoria del Arzobispo de Managua, a una celebración especial en honor a Santo Tomás Moro, y ojalá que tuviera el efecto benéfico de influir en la endurecida conciencia de los políticos nicaragüenses.

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