La directora del albergue Jesús el Buen Pastor, Olga Sánchez Martínez, anunció que una vez que culminen con la construcción total del local ubicado en Tapachula, México, promoverán talleres de oficios para capacitar a los inmigrantes centroamericanos mutilados por las ruedas del tren Chiapas-Mayab.
Sánchez explicó que en breve culminarán con la primera etapa de construcción del albergue y posteriormente será equipado para impartir cursos de computación, electrónica, costura, carpintería, con el objetivo de reintegrar a los migrantes a la vida productiva.
“Me siento dichosa, como la Virgen María, de que se haya realizado esa gran obra de Dios. Todavía no sabemos cómo se logró, sólo sé que es la mano de Dios. Por ello voy a seguir dándole la mano a todos los migrantes, a mis hermanos necesitados, ahora más que nunca que contamos con un bonito albergue, limpio y amplio”, dijo.
Según la directora del albergue, ella desea que los migrantes se lleven algo positivo de México, donde sufrieron el accidente. “Que aprendan a defenderse en la vida, a valerse por sí mismo, para que regresen con el sueño que traían”, expresa.
Añade: “Tienen que aprender a ver la realidad de otra manera. Que no porque están amputados van a perder su sueño, ahora es cuando tienen que luchar por ese sueño”.
Según Sánchez, en este lugar ya se han atendido por lo menos unos cien nicaragüenses. “Nicaragüenses son muy pocos, han llegado algo así como cien, entre mutilados y baleados. Actualmente tenemos uno, que fue herido de bala en los patios de maniobras del ferrocarril de la empresa Chiapas-Mayab. La Cruz roja lo recogió sobre las vías del ferrocarril, no está muy grave, ya se repone”, señala.
De acuerdo con las estadísticas del albergue, por lo menos diez mil personas han recibido atención médica, alimentación o refugio en forma temporal, lo que ha conmovido a decenas de agencias y organizaciones humanitarias tanto de México como de otras partes del mundo a contribuir con esta labor.
Sánchez desde hace diez años trabaja por los migrantes en agradecimiento a Dios por salvarla de un cáncer.
Su labor empezó en el hospital de Tapachula donde conoció al primer centroamericano mutilado que no tenía a dónde ir, no sabía qué hacer, no podía regresar a su país de origen y las autoridades del Instituto Nacional de Migración (INM) querían deportarlo.
Ella decidió llevárselo a su pequeña casa en la ciudad de Tapachula. A los dos días supo de otro caso y sin pensarlo también lo llevó a su casa para su recuperación. “Así empecé a ayudar a los mutilados de Centroamérica”, recuerda.