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Anticultura política
Emilio R. Cornejo Arévalo
El autor es administrador de empresas.

Arrecian los aires del vendaval político, los espacios se tiñen de colores partidarios, de siglas, de nombres y de rostros; en tanto que el anónimo ciudadano común, entre expectante, desconfiado y perplejo, quisiera tener motivos para creer contra toda incredulidad, que a lo mejor ahora el amanecer dejará de ser una tentación. ¡Vaya estigma!, que habrán de resolver los actores que agitan las cenizas de la esperanza; los magos de la ilusión, que invocan las mieles del quimérico sueño social, que burlado duerme bajo el horizonte sombrío donde se derraman las copas de la frustración y el olvido.

Una vez más se agitan los tiempos, los coloquios festivos de promesantes y romerías electorales; mezclas aleatorias de confusión y cálculo utilitario, de ideales y patriotismo, de intereses individuales en conflicto con las necesidades sociales. Manifestación del ego grupal ideológico, donde en la intimidad se juntan los más iguales para trazar los caminos por donde habrán de llegar los menos iguales. Caravanas en carnaval que exteriorizan con pitoretas y gritos su nerviosismo triunfal; cortejo de caporales, marchantes y espectadores que agitan los espejismos donde cohabitan relaciones pérfidas e ingenuas de Caínes y Abeles. Saludos y abrazos de embriaguez emotiva; y la endeble solidaridad que no obliga, ante la irascible ocasión que provoca la engañosa valoración del “tanto tenés, tanto valés”.

Precaria identidad con el poblador de la calle que se suma a la aventura partidaria, que ante la mano extendida del otro, ofrenda su lealtad y concurso para posibilitar el “apocalíptico final” del estado de injusticia, de la pobreza que como peste carcome el cuerpo social, que postrado espera el final de la indolencia, de la dualidad que encarnan los tiempos del “antes” y el “después”, donde se ocultan los sectarios y mercaderes del festín presupuestario.

¡Cuanta similitud de actitudes en los períodos eleccionarios!, en la experiencia que se desborda en los mítines y plazas donde se engargolan los gestos y la oratoria que va hilvanando en retazos, los eslogans y promesas de los discursos de antaño. ¡Cómo se repite la historia! en el desvarío que asume ¡basta ya! como consigna que enerva la identidad ante el despojo de muchos, y atiza el rechazo ante la iniquidad de los pocos. Sin embargo, frente a los negativos saldos del histórico decir con relación al inédito hacer, se agigantan las consecuencias de sucumbir al encanto de la “dulce vita” del ser servido; del enfermo regocijo que danza ladinamente, ante la sensación de poder que alimenta la comisión del prebendario usufructo; de la dosificada exigencia, que limita el cumplimiento de la palabra empeñada en los diálogos y discursos de las rutas electorales.

Medias verdades salpicando la esperanza y la conciencia de los valores luminosos, ficción que se engendra como receta que dogmatiza la solución de las gentes. La producción será abundante y alcanzará para todos, los empleos se multiplicarán como maná en el desierto, las inversiones se engolosinan bajo el gobierno que viene, la democracia se extiende como regalo del cielo, los salarios se dignifican para vivir “entre iguales”, se acabarán los bandidos de las otras salvatruchas, y la educación, la salud y el comer serán un derecho a voluntad de la gente.

Esta práctica, propia de nuestra anticultura política, provoca el deterioro de autoridad, ilegitimidad y vacío de representatividad de la clase dirigente, expresando en las manifestaciones que van estructurando el estado de opinión pública con relación a “lo que es posible y lo que conviene” (Aristóteles)

¡Vaya usted a saber! si lo expresado constituye, entre otras, causa de debilitamiento en la dinámica moralizadora del pueblo, incapacidad para resolver los ejes problemáticos de la población en sus cambiantes manifestaciones sociales, económicas, políticas, etc.; esclerotismo en las estructuras estatales, que dificultan la creatividad y ejecución de un Plan General de Dirección y coordinación de las actividades del pueblo, sustentado en la aplicación integral de la normatividad constitucional que garantiza el respeto a los derechos naturales y universales del hombre, aprobados por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948.

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