El ilustre y uno de los más grandes filósofos de la clásica griega, el señor conocido popularmente como Platón, dejó por escrito las cualidades o virtudes que deben estar presentes en un Estado democrático. Según él, el Estado ideal debe tener las cuatro virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. La fortaleza o valor está radicada en el orden de los guardianes (o policía), es decir, es su virtud característica. El valor no es más que la disposición del alma a sobrellevar toda clase de dificultades en la defensa y cumplimiento del deber. La prudencia es conocimiento, rectitud de juicio, serenidad de ánimo. Reside en el orden de los magistrados (diputados y ministros), a quienes corresponde la dirección política del Estado.
Los magistrados deben ser hombres prudentes, es decir, sabios, con todo el significado socrático y platónico del concepto de sabiduría: desinterés por lo material y sensible, y amor por lo eterno. La templanza es una especie de armonía entre la parte que obedece y la parte que manda. La templanza como virtud del Estado, no corresponde de una manera particular a un orden determinado, sino que está difundida por todos los órdenes, estableciendo la paz y armonía entre ellos. La justicia, la virtud que produce y sostiene las demás virtudes, manda que cada uno se ocupe de sus negocios, sin mezclarse para nada en los de los otros. La justicia impone el orden, los límites de cada ciudadano.
Ahora bien, se imagina usted que en Nicaragua (y en todos los países) tuviéramos diputados y ministros con estas características que Platón les atribuye (prudencia, conocimiento, rectitud de juicio, serenidad de ánimo, sabios, con todo el significado socrático y platónico del concepto de sabiduría: desinterés por lo material y sensible, y amor por lo eterno, en un sola palabra “prudencia”) qué maravilla de país seríamos, porque quiérase o no, lograr un país democrático no depende solamente de los que estamos abajo y aunque tengamos ciudadanos honrados, amantes de la paz, procuradores del bien común; esto a veces se queda en el vacío por las actitudes y sentimientos contrarios de los que gobiernan. Debe haber entonces una armonía entre ambas fuerzas.
Mire usted cuántas organizaciones civiles y personas de buen corazón a veces miran truncados sus proyectos sociales y comunales por las políticas de nuestro país o lo que es más triste por la falta de voluntad política. Pero ahora, en este año, nosotros tenemos la oportunidad de hacer un cambio (aunque no sea tan radical como quisiéramos) y es participando cívicamente en las próximas elecciones. Sólo así podremos iniciar y llevar a cabo poco a poco ese cambio. Tal vez no logremos los magistrados que soñó un día Platón, tal vez estemos lejos de ese ideal (el mundo de las ideas), pero al menos perfilamos el horizonte y sabemos qué es lo que deseamos, porque estoy seguro de que el mensaje de este artículo, comparte el deseo de todos nicaragüenses: tener políticos prudentes (en término platónico) que trabajen por el bienestar y prosperidad de entre los pobres, los más pobres.