A propósito de la película o de la novela El Código Da Vinci, da lástima cómo quieren tergiversar hasta las realidades históricas. Así como han venido muchos profetas y guías espirituales, tenía que venir un ser, hombre, que fuera sencillamente perfecto, para indicarnos o guiarnos cómo debe ser el camino de la vida. Debemos saber que el hombre, el linaje humano, tiene que pasar por un período humano imperfecto, bruto, e ir perfeccionándose, siendo más humano, más responsable, más honrado, buscando la verdad. Perfeccionándose también en su vida espiritual parece que todo se desarrolla entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas, entre la verdad y lo falso, entre la felicidad y la desgracia, entre la vida y la muerte, entre lo efímero y lo interno. Tenía que venir una persona perfecta, enviada por el que nos creó, nosotros le llamamos Dios a su hijo: Jesús. No puede comprender la gente que esa persona estaba ya exento de requiebros sexuales, y eso que nosotros los más viejos ya vemos que el sexo para fines de procreación y amor se confunden y no tiene nada de malo, sino que es bueno. Pero la realidad es que una vez que la persona ha vencido ese deseo y su vida espiritual se desarrolla. Lo que queda es una búsqueda de Dios y un crecimiento espiritual que no tiene límites y la parte sexual ya no existe. El mismo Jesús dijo algo de eso, cuando se refirió la vida de los ángeles donde ya no hay sexo.
Si esta pobre gente leyera la Biblia para instruirse solamente, verían por ejemplo en Sabiduría —por supuesto la sabiduría de Dios—, que esta todo lo penetra, pero no por su sapiencia, sino por su pureza. En esa forma fue escogida por Dios una mujer, soltera, doncella, virgen, es decir no había tenido sexo nunca, para ser la madre de un hijo también puro y sabio, que no necesitaba ir a la escuela, sólo los consejos de sus padres y la guía del Espíritu Santo. Bastaba y sobraba: Jesús lo dijo: “Mi reino no es de este mundo”, si eso no está claro, entonces busquemos más, profundicemos más. Dice el autor del libro o sus comentaristas, que sólo se habla de él en la Biblia, de su parte divina y no de su parte humana. Entonces creen que la parte humana es solamente sexo. “Que limitado criterio”. Recuerden que Él también era sabio y perdonador. Eso es humano, cuando encuentran a la mujer adúltera fornicando con otro que no era su marido, la llevan ante Él para apedrearla, como eran la costumbre y la ley mosaica.
Sin embargo, en un gesto compasivo y hermoso, le dice: “Mujer, ¿qué se hicieron los que te condenan?” “Se fueron, Señor”. Entonces Jesús le dice: Yo tampoco te condeno, vete y no peques más. Es una orden “vete y no peques más”. Como pueden ver, no le dijo: “Yo te perdono”, porque seguramente sabía que aún esa mujer no estaba arrepentida. Si no, la perdona, como cuando estaba clavado en la cruz, muriendo, y a la par uno de los ladrones le dijo: Nosotros somos pecadores, pero Tú eres un hombre limpio, acuérdate de mí cuando estés en el paraíso. Y Jesús lo perdonó ahí mismo y le ofreció el paraíso ese mismo día. Ese es un gesto hermoso y humano. A la misma Magdalena, cuando la vio por primera vez, medio desnuda para provocarlo, en la calle, según los historiadores, la quedó viendo Jesús y le dijo: “Sé limpia, yo lo quiero”. Esa mujer pasó 40 días y noches llorando, arrepentida, en una cueva, y producto de ese arrepentimiento y sacada de varios demonios, resultó después una mujer pura, arrepentida, puesta para el servicio de Dios.
Por gusto el Señor dejó morir a Lázaro y cuatro días después, cuando ya el cuerpo estaba corrupto, se aparece y va al cementerio y le dicen: ya esta hediondo. Pero el Señor lo vuelve a la vida, para que la gente supiera que Él era la resurrección, y así lo hace y cuando se le aparecen las santas mujeres y una de ella quiere tocarlo, Él le dice: “No me toques”. Él tenía todavía una misión más que cumplir y era sacar a las almas cautivas que estaban en espera de la redención.
Francamente dan lástima los que tienen tal miopía que no pueden comprender que hay seres espirituales que nos vienen a enseñar el camino de la perfección, de la vida, de la felicidad eterna.