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El Güegüense
Magdalena de Rodríguez
La autora fue directora del Instituto Nicaragüense de Cultura

Es alentador para la cultura nicaragüense y para quienes se interesan por la cultura el hecho de que la Unesco haya erogado cien mil dólares para la preservación y promoción de El Güegüense, declarado por la misma Unesco como Patrimonio Oral Intangible de la Humanidad en noviembre de 2005.

Era doloroso el que inmediatamente después de la declaración, en Diriamba, considerada cuna de la obra y continuadora tradicional de su presentación escénica durante la celebración de las fiestas patronales dedicadas a San Sebastián de esa ciudad caraceña, las vestimentas y máscaras de los actores de nuestra máxima obra teatral, se cayeran a pedazos y que su director ad-honorem declarase que por tales motivos la representación popular se suspendería. Sentimos imperioso confesar que debió ser el Estado quien saliera al rescate de la tradición y el honor cultural de Nicaragua.

Esa indiferencia gubernamental por la cultura es tanto vergonzosa como inexplicable. Se está promoviendo a todo gas el turismo, y es excelente y oportuno porque la industria sin chimeneas produce riqueza, pero un turismo que se promociona sin el apoyo de la cultura es incompleto, me arriesgo a decir que resulta vacío. No es sólo soleadas playas y hoteles confortables lo que el turista nacional o extranjero espera encontrar en sus rutas de placer. La historia europea reciente después de la Segunda Guerra Mundial lo demuestra. El turismo cultural fue en las décadas de los cincuenta y sesenta, la principal fuente de divisas en Francia, Italia y otros países no pertenecientes a la URSS.

La cultura produce riqueza cuando se invierte en ella. Las industrias culturales, llamadas modernamente así porque son concebidas tomando en cuenta factores de factibilidad, exportación y rentabilidad, constituyen realidades tangibles en países en desarrollo como Brasil, Colombia, Argentina, República Dominicana y otras, para no agotar la lista. Los bienes culturales intangibles le llevan al turismo la ventaja de ser exportables.

El turista puede llevarse en su maleta un disco, un libro, la buena reproducción de una pintura. Recuerdos baratos fáciles de portar. El hotel, la playa, ríos y montañas, todos nuestros bienes turísticos, amados y apreciados, serán para el visitante recuerdos que otros viajes disipen, pero esa presea que se lleva y se coloca en un sitio del hogar, de la biblioteca, del casillero de los discos estarán allí por mucho tiempo y podrán ser disfrutados por parientes y amigos.

Los bienes turísticos son un potencial muy estimable, los bienes culturales, sobre todo los intangibles, son el acto perenne, imperecedero.

Por eso El Güegüense tiene que preservarse. Tiene que estudiarse. Al ser promovida su representación escénica es urgente que se depure el vestuario. A nuestro modesto criterio El Güegüense mejor realizado con una interpretación más ajustada a su idea original es el de Niquinohomo, elevado a su expresión tradicional y artística culmen por Alberto Icaza y que fue llevado a México y Venezuela con excelente suceso.

Celebraciones que la UAM está iniciando un estudio serio sobre la obra y su interpretación y montaje, si fuere posible y lo es, a juicio nuestro, pues que ese fondo por la Unesco puede sustentar el esfuerzo que la universidad Americana ha emprendido.

Sugerimos que las universidades nacionales creen una cátedra sobre El Güegüense. Que las ediciones de la obra se multipliquen. Es una obra bravísima, que sólo cobre volumen con las glosas de los escritores y críticos conocidos como Carlos Mántica, Pablo Antonio Cuadra y otros distinguidos comentaristas que hacen accesible la comprensión de tanta velada intención como la obra encierra.

Que los artesanos de Masaya, Diriamba y San Juan de Oriente elaboren las efigies de los personajes a precios accesibles y que el Instituto de Cultura provea del libro a los centros de artesanías para que el turista adquiera la figura, el libro y la música de nuestra obra teatral más significativa y definitoria de nuestra historia colonial y de nuestra propia personalidad humana nacional, afirmación que asumo pese a que algunos intelectuales nicaragüenses reniegan por parecerles que peyorativa nuestra idiosincrasia colectiva.

Sin embargo, güegüense es un término que algunos nahualistas definen como venerable viejo, aunque en los parlamentos de la pieza se le diga al protagonista, güegüense mentiroso y embustero.

En cierto modo en el drama, comedia-bailete o como quiera que se le defina, el autor anónimo plasmó un carácter muy agudo y claro. No es el desvalido de la picaresca española, es un personaje que se hace respetar, que no inspira lástima, ni risa el mismo; uno ríe del otro, del que El Güegüense se burla. Ese mestizo genial que concibió al güegüense tuvo que ser un profundo conocedor del alma de sus contemporáneos, alma que se vislumbra en el ser cotidiano nuestro, lo admitamos o rechacemos.

Personalmente yo descubro en mí y en los míos el güegüense con variedad frecuencia.

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