Managua
07:50 am
18.06.06
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Noticias >> Nuestra Gente
La boda del doctor Carlos Marín Arcia con la joven Gloria Argentina Ortega Pérez ante los oficios religiosos del padre Argüello. Detrás figuran el señor Emilio Espinosa Carnevallini y el doctor Orlando Lacayo Palma. (15 de mayo de 1947). (LA PRENSA/ CORTESÍA.)
La Chispa, una boda y el baile de Somoza
¿Recuerdan la Bajada de La Chispa? El anzuelo ha sido lanzado con buena carnada por Sergio Espinoza. Los parroquianos de La Peña del Viejo Solitario están como los peces “ñundos” de la Laguna de Masaya, prestos a devorar recuerdos en esta espléndida noche del 11 de junio. La Luna Llena abre más su enorme pupila de oro y aguza sus orejas sin aretes para escuchar lo que se dice y confirma en esta amable controversia de recordadores irredentos
Mario Fulvio Espinosa
departamentos@laprensa.com.ni
Boda de románticos

Un visitante distinguido, el doctor Carlos Marín Arcia, trajo a La Peña el recuerdo de su romántico noviazgo con la bella señorita Gloria Argentina Ortega Pérez.

Era la “jalencia” una época en que los jóvenes de aquellos tiempos nos trasladábamos a vivir entre nubes, allí venerábamos e idealizábamos a nuestra novia y soñábamos llevarla al altar como culminación a tanta adoración,

Las películas románticas en su mayoría explotaban el tema de la fidelidad a más no poder, así como ahora se sumerge al espectador en un mundo de vidrios rotos, explosiones, choques, bombardeos, tiroteos, lucha cuerpo a cuerpo y en general se muestra como ideal el mundo de la competencia cruel donde, por supuesto, siempre triunfa el más fuerte.

“Mi boda se realizó el 15 de mayo de 1947 —explica el doctor Marín—, en la Santa Iglesia Catedral de Managua, fueron nuestros padrinos el doctor Mariano Bermúdez Arcia y doña Pastora Ortega de Bermúdez, el sacerdote oficiante fue monseñor Manuel Argüello, más conocido como el padre Argüello.

Todos quieren hablar y por eso, en aras del orden y la prontitud, dispensamos el protocolo de las presentaciones y el placer sensual, romántico de describir la belleza siempre nueva de Danae, nuestra diosa y musa. Nos sumergimos, pues, en esa urgencia que aumenta nuestra inspiración y el numen de románticos recuerdos. ¡Qué delicia es compartir el pan de la fantasía y la chispa divina que da el vino del buen humor!

Como respirando aromas del recuerdo el ingeniero Oltio Cajina dice: “La séptima avenida noreste de Managua comenzaba en la Puerta del Sol, en la Calle 15 de Septiembre, bajaba hacia el Lago pasando frente al atrio de la iglesia de Santo Domingo, seguía rumbo al norte llegando a las esquinas de la Casa del Catecismo y de la inquieta Nadine (la muchacha más popular y chiquita del barrio), caminando un poco más, no podíamos pasar sin mirar de soslayo lo que ocurría en la Pensión Monimbó de Galifardo, para al fin, cruzando la Calle Momotombo, llegar al Parque de Candelaria. Frente a la esquina nororiental del parque, sobre un terraplén, estaba el taller de don Amadeo Rodríguez, uno de los mejores ebanistas de la ciudad.

“La séptima avenida terminaba al hacer topo con el cerco de cemento y madera de la Estación del Ferrocarril, pero unos noventa metros antes comenzaba una cuesta muy pronunciada —por cierto muy pequeña—, Bajada de La Chispa y que para nosotros era una pista mejor que la de Le Mans, para bajarla a todo ‘full’ con nuestras patinetas”.

RECORDANDO A PANCHITO HERRADORA

Pero… ¿Qué era La Chispa? La Chispa era una cantina situada a la izquierda de la calle sobre el recodo de un paredón. Era muy frecuentada por los mozos de carga y resto de trabajadores de la cercana estación del Ferrocarril. El más devoto de sus parroquianos era el director del periódico Y qué pues, el corpulentísimo Panchito Herradora y Plazaola, que ya conmovido y vacilante por los humos del alcohol se acostaba en la acera para evitar que los guardias se lo llevaran preso por ebriedad.

Para nosotros, cipotes vagos y callejeros, la Bajada de La Chispa era un sitio muy importante porque allí, sobre la pavimentada, realizábamos competencias de deslizamiento y velocidad. Yo me vanagloriaba de haber inventado la patineta “delta” porque la tabla tenía forma de triángulo, eso le permitía al amiguito que me empujaba por la espalda subirse al artefacto cuando éste agarraba gran velocidad.

¡Qué sabroso era aquello! El aire fresco nos daba en la cara y nosotros tejíamos la ilusión infantil de ir rompiendo la barrera del sonido… Y no nos daba pereza volver a subir la cuesta para iniciar una y cien carreras más.

Claro que en estas pruebas “de alto riesgo” no faltaban los accidentes, como el que tuve cuando una “Semilla de Jocote” brequeó una rueda de la patineta y salí volando de trompa contra el pavimento, por varios días anduve con la bemba inflamada. O cuando al girar la cuesta a mucha velocidad nos dábamos vuelta y salíamos con las patas al aire, a lo mejor golpeados pero muertos de risa.

SOMOZA EN EL CLUB TERRAZA

Calla el ingeniero Cajina, y Danae propone un brindis con chocolate por los heroicos “Corredores de La Chispa”. Hay unos segundos de silencio que aprovecha nuestro invitado de honor, el licenciado José María Talavera, para recordar la noche en que nuestros queridos miembros de La Peña, don Benjamín Pérez Fonseca y Eduardo Pérez Valle contaron algunas historias sobre el Club Terraza de Managua.

Yo también tengo mucho que decir sobre ese club porque en 1955 entré a trabajar a la OCAL (Oficina de César Augusto Lacayo), como encargado de esa oficina. Recuerdo que en ese tiempo eran empleados de esa oficina los señores Orlando Poessy Ortega, Marcos Lacayo, Ronald Arana, Guillermo Sánchez, Humberto Benard, Payo Solórzano, doña Élida Martínez y otros que no recuerdo.

Mucha confianza depositaron en mí don César Augusto y el licenciado Carlos Reynaldo Lacayo, a tal punto que me encomendaban a sus hijos para que los llevara al matiné del Cine González a ver las películas de William Boyd, Roy Rogers, Tom Mix y otros, cuando la entrada costaba tres córdobas a palco alto.

Pero hay otro suceso que nunca olvidé. Fue durante las fiestas agostinas de 1956, cuando llegó a Managua la célebre orquesta cubana La Sonora Matancera para presentarse en los mejores lugares de Managua y en algunos departamentos.

El día sábado 8 de agosto de ese año, llegué como de costumbre a la OCAL y me sale doña Élida y me dice: “Chemita, lleve por favor esas dos cajas de cerveza Budweiser (don César era el distribuidor), al Club Terraza, aquí está la factura pero si no pagan no entregue el producto”. “Y si no me pagan”, aduje. “Entonces llevátelas a tu casa”, me respondió la señora.

AHÍ ESTABA LA MATANCERA

Fui de mala gana, el Club Terraza estaba situado en los altos del Edificio Pellas en la Avenida Roosevelt y las oficinas de OCAL media cuadra abajo, frente al Banco Hipotecario.

Tuve que subir por el ascensor del taller de mecánica porque en la entrada de la Casa Pellas estaban unos guardias impidiendo el paso al ascensor. Entro y cuál es mi susto que veo a unos militares de alto rango de la GN (Guardia Nacional) vestidos de gala y a otros civiles en la misma guisa. ¿Qué pasa aquí? pregunté a un empleado amigo. “Mira —me dice—, lo mejor es que no te dejés ver porque si no te sacan, viene el general Somoza a la tertulia con La Sonora Matancera”.

Me puse a buen recaudo. Llegó el general Anastasio Somoza García vestido de frac, acompañado de su hija, los demás hijos y su guardia personal, era la primera vez en mi vida que miraba a Somoza García de cerca.

Entró de inmediato La Sonora Matancera acompañando a Celia Cruz. Estaba con ella Celio González, Nelson Pineda. Raúl Planas y los grandes músicos elegantemente vestidos de traje oscuro y lazo negro; Celia vestía una alegre falda de rumbera. Estaban ahí por supuesto el gran maraquero Carlos Manuel Díaz Alonso “Caito” y Rogelio Martínez, director del conjunto, con su inseparable guitarra.

Comenzaron a sonar los cobres y el primero que se presentó fue Celio González que cantó La Historia de un Amor del compositor panameño Carlos Almarán, cuyo apellido no era Almarán sino Eleta. Esa canción la grabó la Sonora con la voz del argentino Leo Marini.

SOMOZA SE FUE “A SEGUIRLA”

Aquellas formidables y acopladas trompetas, el piano con sus oportunos registros, las rítmicas tumbas pronto llenaron de ritmo musical el ambiente. Todos los invitados comenzaron a bailar y Somoza fue el primero, de su calidad como bailarín me reservo la opinión, pero puedo asegurar que no perdía pieza, estaba a las puertas de otra postulación como candidato a Presidente de la República, cargo que venía ocupando desde 1934 cuando sucedió a Moncada,

Dominar la danza era pues, parte del ejercicio de su campaña proselitista que concluyó al mes siguiente cuando Rigoberto López Pérez interrumpió a tiros su baile en los salones del Club de Obreros de León.

Hasta hace poco mi amigo, el ingeniero Francisco Gutiérrez Barreto, en su libro ¿Qué le pasa a Lupita?, confirma la actuación de la Sonora en el Club Terraza. Solicité después más información al “matancerólogo” don Leonardo Torres y así me contestó: “Ve Chemita, yo estuve esa tarde en el Club Terraza porque era el chofer del Chato Lang, de ahí Somoza se llevó a la Sonora a la Loma de Tiscapa y después al Casino Militar. La muerte no avisa y estoy seguro que Somoza se hubiera carcajeado si alguien le hubiera dicho que sus días estaban contados”.

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