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La muerte de al-Zarqaui

La muerte del jefe de las fuerzas terroristas de Al Qaeda en Irak, el jordano Abu Musab al-Zarqaui (cuyo verdadero nombre era Ahmed Fadhel Jalayleh), es sin duda un acontecimiento de gran importancia y repercusión internacional.

Por cierto que este hecho representa uno de los pocos triunfos resonantes que las fuerzas estadounidenses han podido conseguir en Irak. De manera que es razonable que sea celebrado por Estados Unidos , en compensación de tantos reveses que ha sufrido ese país desde que comenzó la guerra del terrorismo islámico.

En realidad, con la muerte de al-Zarqaui apenas son una media docena los éxitos relevantes de Estados Unidos en esta guerra contra el terrorismo. Y vale la pena mencionarlos específicamente: el derrocamiento de Saddam Hussein, su localización y captura, la celebración de elecciones libres y el establecimiento de un gobierno autónomo iraquí, y ahora la liquidación del jefe máximo de Al Qaeda en Irak. Aparte de eso, casi todo ha sido sombrío para Estados Unidos, la mayoría de sus aliados lo han dejado casi solo y la prensa internacional, por diversas razones, por lo general repudia o critica acervamente esta guerra contra el terrorismo islámico, al que ni siquiera llama como tal sino que lo suaviza con el eufemismo de “insurgencia”.

Nadie ha negado que al-Zarqaui era un criminal súper malvado y despiadado, culpable de espantosos crímenes no sólo contra personas representantes de Estados Unidos y otros países occidentales, sino contra la misma población iraquí, para atizar odios sectarios y provocar una guerra civil entre creyentes musulmanes sunnitas y chiítas.

Sin embargo en alguna medida se ha tratado de restarle significación a la muerte de Zarqaui y hasta se ha dicho que mejor hubiera sido que EE.UU. no lo matara, pues ahora será peor la situación por la reacción de sus enojados seguidores. Por ejemplo, en un enfoque ampliamente difundido internacionalmente, el analista británico James Denselow, quien pertenece a un centro londinense de investigaciones llamado Chathan House, asegura que la muerte de al-Zarqaui “no representa un giro decisivo” en la guerra de Irak. “La mayoría de los grupos insurgentes —aseguró— son nacionalistas sunnitas. La insurgencia está compuesta por iraquíes que no están satisfechos con la ocupación y la muerte de Zarqaui” (LA PRENSA, viernes 9 de junio, 2006).

Denselow pretende desconocer que muchos si no la mayoría de los terroristas que operan en Irak son extranjeros, que el mismo al-Zarqaui no era iraquí, sino jordano, y que su más probable sucesor, Abu al-Masri, tampoco es iraquí sino egipcio.

Prácticamente lo mismo, aunque con diferentes palabras, es lo que dice el analista norteamericano Bruce Hoffman, quien es un experto en terrorismo que trabaja para la institución norteamericana Rand Corp., establecida en Washington D.C. Hoffman subrayó al respecto que “quizás al-Zarqaui se haya ido, pero el incendio que él provocó sigue ardiendo. El ya puso en marcha poderosas fuerzas que no necesariamente se detendrán porque él esté muerto”.

Por supuesto que la guerra de los terroristas y contra el terrorismo tiene que continuar después y a pesar de la muerte de al-Zarqaui. Y quién sabe por cuánto tiempo. Pero su muerte como consecuencia de un bombardeo especialmente dirigido de la aviación estadounidense ha demostrado que no es cierto que los terroristas están ganando la guerra, ni que Estados Unidos se mantiene sólo a la defensiva. Además, siempre que cae el jefe principal de cualquier fuerza que se encuentra en guerra, inclusive la terrorista, su caída representa un golpe muy severo, sensible y muchas veces irreparable para sus seguidores.

Cabe recordar al respecto que cuando apareció por primera vez con la cara descubierta en un vídeo transmitido por Internet, en abril de 2006, al-Zarqaui juró por Alá que Estados Unidos sería “vencido, expulsado y humillado en Irak”. Pero apenas un año y dos meses después el vencido y muerto ha sido el mismo al-Zarqaui. Y con toda seguridad que Estados Unidos vencerá finalmente al terrorismo, aunque esa victoria se mire, por ahora, lejana. Por supuesto que para mejorar las condiciones en que libra su lucha contra el terrorismo, Estados Unidos debe atender las críticas y consejos de sus amigos, y rectificar graves errores como la violación de derechos humanos de terroristas presos y el mantenimiento de cárceles al margen de la ley internacional.

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