En cada extremo ideológico hay quienes piensan que sus modelos económico-políticos son el remedio total. Los extremistas parecen olvidar que cualquier modelo es, en esencia, una abstracción con prescripciones cuyos frutos dependerán en gran parte de las cualidades (educación, valores, capacidad) de la sociedad que intenta moldear. De allí la urgencia de evitar toda receta universal y rígida. Si bien los modelos no lo son todo, son importantísimos. Unos estimulan la prosperidad y la libertad. Otros las obstruyen. En todo caso, cuando de extremos ideológicos se trata, la izquierda radical es el mayor ejemplo de dogmatismo con sus modelos a menudo confusos, particularmente los dirigidos a “redimir” al Tercer Mundo.
Las propuestas estatistas, los planteamientos populistas, los proyectos dictatoriales disfrazados de “democracias populares” o de “democracias participativas”, tienen un pésimo récord histórico. Nótese, en el caso del socialismo marx-leninista, que éste no triunfó jamás en un solo país desarrollado. Por un tiempo fue impuesto con tanques en un país puntero como Alemania (una causa mecánica y nada “dialéctica”) y fracasó. Hoy la que fue Alemania Occidental sigue rehabilitando a la ex Alemania Oriental: son realidades que niegan al gran esquema “científico del proletariado”. Pero hay más, algo que toca en carne viva a las naciones del Tercer Mundo: No existe un solo país tercermundista que haya saltado hacia el Primer Mundo siguiendo los lineamientos de las izquierdas radicales.
Los países subdesarrollados que han vencido al subdesarrollo son pocos, y todos y cada uno de ellos ha triunfado con economías de mercado. Asia es el continente con los éxitos más numerosos y dramáticos. El resto ha tenido avances mucho menores, aunque en general la humanidad (a pesar del galopante crecimiento demográfico de los países más pobres) ha mejorado a lo largo de los últimos 50 ó 60 años en términos de longevidad, consumo de alimentos y uso de medicinas, hechos posibilitados decisivamente por el demonizado proceso de globalización.
La China comunista, la economía de mayor crecimiento mundial, para lograr esta hazaña tuvo que apartar los dogmas maoístas. Un extraño híbrido, en China continental coexisten las estructuras opresoras del partido comunista con una vigorosa inserción en la globalización y en el sistema capitalista. Su producto interno bruto (PIB) anual per cápita ha subido hasta los 9,000 dólares, aunque es todavía muy inferior al de la pequeña Taiwán ($23,400) o al de Japón ($28,000) o Singapur ($23,770). Las tres últimas son economías desarrolladas en el sistema de libre mercado, incorporadas al mercado global desde mucho antes que la China roja, y libres del lastre de la dictadura partidaria. Las dos Corea presentan quizás el ejemplo más dramático en términos de cuánto puede coadyuvar o destruir un modelo económico: Compárese la desarrollada Corea del Sur (con un PIB per cápita de $17,700) con la paupérrima, muy marxista y “revolucionaria” Corea del Norte (PIB per cápita, $900). Ello a pesar de que Corea del Norte es más grande territorialmente y tiene una población mucho menor (23 millones, versus la carga demográfica de Corea del Sur, 48.5 millones).
Aunque el PIB per cápita no es un indicador que revela todas las interioridades, desigualdades o equidad de un sistema, sí es un índice muy útil para visualizar la productividad y la prosperidad de un país y de su sistema.
Los contrastes ya señalados también ocurren en Iberoamérica. La Nicaragua sandinista retrocedió unos 45 años bajo un régimen leninista, cuasi-totalitario y corrupto y fue convertida en el segundo país más pobre de Iberoamérica y el Caribe. Con un PIB de unos $5,300 millones, la Nicaragua que lucha por recobrar el terreno perdido está en clara desventaja frente a un país democrático y siempre abierto a los mercados externos como Costa Rica, mucho más pequeña, pero con un PIB de unos $35,000 millones. La diferencia entre el desarrollo chileno y el de una isla como Cuba, sujeta desde 1959 a una degradante tiranía caudillesca, es igualmente reveladora, como es revelador el crecimiento y desarrollo del Perú bajo la política económica de Alejandro Toledo, en contraste con la miseria y el caos que dejara en su momento el entonces joven izquierdista y hábil demagogo Alan García, hoy arrepentido (dice él) de sus errores.
Todos esto mueve a la reflexión. Ningún modelo económico de por sí obra milagros, y ninguno debe aplicarse dogmáticamente. Pero hay modelos que causan desastres. La realidad dictamina contra las propuestas demagógicas de los radicales criollos. En Nicaragua han producido miseria, promovido confrontaciones internas e internacionales, cometido genocidio, usurpado bienes para beneficio particular o partidario (que hasta hoy continúa pagando toda Nicaragua) y han creado “revolucionarios” ricos. Pese a todo esto ¿optará la nación en noviembre por autodestruirse, esta vez irreparablemente?