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La mano de Dios
Eduardo Translateur
El autor es ingeniero agrónomo

La pobreza endémica que padecen los pueblos latinoamericanos se debe en gran parte a su desconocimiento de la economía. A causa de ello, se realizan políticas contrarias al libre mercado que nos hunden en la miseria, a pesar de que la intención es comúnmente la de proteger a los más pobres, asegurar la equidad y evitar las injusticias que ocurren, supuestamente, cuando el mercado no está estrictamente regulado por el Gobierno.

Craso error. El Gobierno no es ni nunca fue la solución a las dificultades económicas. Más bien es la causa del problema. Cuanto más interviene el Gobierno en el mercado, mayor es la pobreza, desigualdad y escasez que origina. Y cuanto menos interviene y más libres son las personas de producir y comercializar, mayor es la justicia y la prosperidad que alcanzan.

En una sociedad civilizada las personas producen bienes en los que se especializan, y lo transan con los productos de otros. Esta división del trabajo requiere de un extenso orden de cooperación social que surge naturalmente en un mercado en el que la gente intercambia sus productos y servicios de acuerdo con la conveniencia de cada uno, en forma voluntaria y pacífica.

Este orden social es milagroso. Sin la dirección de nadie, las personas, tratando de mejorar su propia condición, favorecen a sus semejantes brindándoles los bienes y servicios que necesitan. Cada uno para beneficiarse debe beneficiar al resto. Todos, sin buscar más que el provecho propio, terminan contribuyendo con la sociedad, como guiados por la “Mano de Dios”, o lo que los economistas llaman la “mano invisible”.

Los estatistas, sin embargo, piensan que el Gobierno puede lograr un orden social más justo. Basta con planificar lo que más conviene a la sociedad y obligar a todos a seguir sus políticas. No es pacífica, ni voluntaria, ni respeta la libertad individual. En lugar de dejar a la mano de Dios promover la "justicia social”, se quita a unos por la fuerza para dar a otros, violentando los derechos de propiedad.

En el mercado libre, las personas no intercambian bienes sino derechos de propiedad. Por eso, su capacidad de producir y ahorrar depende sobremanera del respeto de estos derechos. Si la propiedad es segura y si las leyes son respetadas, predecibles y estables, las inversiones crecen, aumenta la producción, se crean empleos, mejoran los ingresos y los pueblos prosperan.

En cambio, si los gobiernos intervienen en la economía buscando estimular el crecimiento, el empleo y la justicia social, por honestos y capaces que sean los gobernantes, el resultado es la caída de la inversión, producción y comercio, y el atraso. Pese a las mejores intenciones, el efecto es el opuesto al esperado. Se rompe un orden prodigioso.

Las leyes laborales buscan así proteger a los trabajadores y lo que consiguen es perjudicar a los que necesitan trabajar. Los impuestos y trabas buscan proteger a las industrias de la competencia extranjera y lo que consiguen es crear “mercados cautivos” y privilegios, a costa de la gente. Las empresas protegidas nunca logran competir en mercados abiertos.

Para favorecer a los más pobres limitan el precio del agua, la luz eléctrica, combustibles, pasaje y algunos alimentos, y lo que consiguen es crear más escasez y corrupción. Expropian y persiguen con pesados impuestos al capital, y lo que logran es que las inversiones extranjeras vayan a países más seguros, destruyendo los empleos que la gente necesita.

No obstante, a medida que la gente se de cuenta de los errores del estatismo, rechazarán las regulaciones y atropellos a la propiedad. Una vez que entiendan que nada es mejor para la prosperidad y la armonía social que mantener el prodigioso orden del mercado libre, facilitando el intercambio entre personas que buscan satisfacer pacíficamente sus necesidades, se opondrán a las nefastas barreras del gobierno a la libertad económica.

El estatismo ha oprimido y empobrecido a los pueblos latinoamericanos durante cinco siglos mediante la subordinación de la libertad de las personas en el mercado a la voluntad de los gobernantes de turno. Los que aman la libertad deben pues mostrar a la gente que la mano de Dios en el mercado libre es y será siempre mejor que la fuerza bruta del gobierno.

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