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El conflicto árabe-israelita y su impacto en Nicaragua
Miguel Ernesto Vijil Ycaza
El autor es ingeniero

Una vez más los medios noticiosos nos traen las escenas de otro episodio del inacabable conflicto entre árabes e israelitas en la Tierra Santa y sus alrededores. Siempre ha sido el mismo guión: unos árabes cometen actos violentos contra los israelitas y a vuelta de correo viene la masiva respuesta que mata y mutila a miles del lado árabe, destruyendo de paso viviendas, carreteras, hospitales y otras infraestructuras.

Los árabes tienen la culpa, dicen los israelitas, y su voz recibe el poderoso eco de los Estados Unidos. Y así es también esta vez. “Los árabes empezaron y ahora les toca aguantar una lluvia de fuego hasta que se porten bien”, dice el señor Bush.

Lo que queda olvidado por el momento es la raíz de esta tragedia funesta que no sólo hace sufrir a sus actores y vecinos si no que también a todos nosotros, los ciudadanos de los demás países del mundo.

¿Y nosotros qué tenemos que ver en todo esto?

Pues tenemos mucho que ver. Para comenzar se nos debería encoger el corazón, si es que tenemos una pizca de solidaridad humana, al ver a esas pobres víctimas de la sangrienta carnicería y a esas muchedumbres de desplazados que buscan en vano dónde refugiarse.

También subirá aún más el precio del petróleo y con él el de todas las cosas que compramos, aún en las más modestas pulperías. Todos vamos a sentir esa guerra en nuestros bolsillos.

Para el bien de árabes e israelitas, como para el de todo el mundo, se debe resolver este problema de raíz. Y la raíz del problema sigue siendo la partición de la Tierra Santa hasta ahora injustamente impuesta por Israel, hasta con un muro de concreto.

La solución sólo puede venir de las Naciones Unidas, que fue la que causó el problema al crear en ese territorio el Estado de Israel sin haber buscado primero un elemental consenso con los árabes y que hasta ahora ha sido incapaz de oponerse a los israelitas que aprovechan cada infortunio árabe para apoderarse de más y más tierras y recursos.

La sensatez reclama que un organismo imparcial —la Corte Internacional de Justicia, por ejemplo— asuma el caso y adjudique arbitralmente lo que de verdad corresponde a árabes e israelitas sin esperar a un imposible acuerdo entre ambos. Y que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas imponga con toda la potencia a su alcance la solución acordada. Para lograr eso, o algo parecido, se necesita que el Gobierno norteamericano trate a los árabes con equidad y deje de apoyar incondicionalmente a Israel. Y eso está muy difícil habida cuenta de los intereses creados y del poder de lobby judío en Washington.

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