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La sanidad como requisito de idoneidad

La Constitución Política de la República no incluye entre los requisitos para ser candidato presidencial, que el aspirante a la primera magistratura de la nación deba tener buena salud física y mental, es decir, que no sufra ningún tipo de insania que podría afectar el desempeño de sus funciones y causarle perjuicios al país, a la sociedad y a los ciudadanos.

El artículo 147 de la Constitución determina los requisitos necesarios para ser Presidente y Vicepresidente de la República —y por lo tanto para ser candidatos a ejercer tales cargos—, incluyendo el de que “deben estar en pleno goce de sus derechos civiles y políticos”. Pero en ningún caso dice que la persona tiene que demostrar, antes de ser elegida y de asumir el cargo, que goza de buena salud física y mental .

Hay un un vacío constitucional. En realidad, se debería establecer legalmente el requisito de sanidad, sobre todo de plena salud mental, porque no es cualquier cosa la que la ciudadanía le confía al Presidente: Él es Jefe del Estado, del Gobierno y de las Fuerzas Armadas; responde por la vida, la libertad y la seguridad de todos los nicaragüenses; administra los bienes del Estado; en sus manos está el destino de toda la nación.

Es bien conocido que prácticamente todos los tiranos que han habido a lo largo de la historia, sufrían alguna enfermedad psíquica. En la historia más reciente, gobernantes como Adolfo Hitler y José Stalin, Benito Mussolini y Nicolai Ceacescu, Idi Amín y Slobodan Milosevic, Pol Pot y Sadam Hussein, para sólo mencionar a algunos, era notorio que sufrían perturbaciones mentales de distinto tipo y grado. Sólo así se explica que practicaran con sus propias manos y que ordenaran tantas masacres, torturas, atropellos a los derechos humanos. Semejantes actos criminales sólo han podido ser producto de mentes insanas.

La megalomanía característica de todos los gobernantes criminales antes mencionados y de muchos otros que no lo parecen, no sólo significa delirio de grandeza y frenesí por el lujo y la ostentación. La megalomanía es también una obsesión desmedida y malsana por el poder, al precio que sea. Y por lo tanto es una enfermedad mental.

Ahora bien, cuando el individuo y partido suben al poder por medio de la fuerza, ya sea de la revolución, la asonada o el simple golpe de Estado, es imposible impedir que se encaramen individuos megalómanos o enfermos de cualquier otro tipo de perturbaciones mentales. Pero cuando se tiene derecho y posibilidad de elegir a los gobernantes, no hay razón para que individuos enfermos de la mente o que padecen alguna enfermedad física que pudiera impedirles desempeñar satisfactoriamente sus funciones, asuman el poder y pongan en grave peligro al país y a toda la sociedad.

En la película Downfall (La Caída), recientemente exhibida en las salas de cine de Nicaragua, se muestra dramáticamente la situación que había en el búnker de Adolfo Hitler, en Berlín, durante las dos últimas semanas antes de su muerte. En una de las escenas, ante los requerimientos desesperados de Hitler que pedía más combatientes, incluso niños, para detener el avance de los rusos y los aliados, alguien dijo que no se podía seguir sacrificando a la población para tratar de salvar un régimen que ya estaba derrotado. Entonces el demencial gobernante del III Reich replicó que los mismos alemanes habían escogido su destino, refiriéndose, Hitler, que él había llegado al poder de manera democrática, gracias a los votos de la mayoría de la población y que ésta sabía lo que él y el partido nazi harían estando en el gobierno.

La lección que debe sacarse de esto es que cuando y donde existe la posibilidad y el derecho de elegir a los gobernantes, hay que establecer claramente el principio de idoneidad integral: profesional y ética pero también de sanidad física y sobre todo mental, al que deben someterse los que aspiren a gobernar el país. Y esto no excluye sino que presupone, que los ciudadanos tienen la obligación de actuar con sentido de responsabilidad, o sea que no deben darle el voto ni el poder a un candidato que claramente demuestra tener desequilibrios mentales y que llevaría al país —otra vez— a una situación de desastre nacional.

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