Desde el piso número 40, de un empinado edificio de lujosos apartamentos, en uno de los cuales vive José Ariel Contreras, se puede apreciar ese verdadero museo de arquitectura moderna que es Chicago. Y a un lado, de ese horizonte urbano único, reposa el lago, como para exaltar aún más la belleza de esta ciudad rica en variedad étnica y cultural.
Desde allá arriba todo se ve chiquito. Pero la habitación es lo único que se le ha subido a Contreras, quien permanece con los pies sobre la tierra.
“Viejo, yo no creo que el dinero cambie a nadie. El dinero saca lo que sos, lo que llevás dentro”, dice este hombre, que en los últimos cuatro años se ha visto involucrado en un par de transacciones por el rango de los 61 millones de dólares con los Yanquis y Medias Blancas de Chicago, a quienes llevó a ganar la Serie Mundial.
De no ser por una enorme cadena de oro, de la que se cuelga la réplica de un terreno de juego, sería difícil percibir diferencias a simple vista, entre este millonario y el espigado lanzador que ganaba 20 dólares mensuales en Cuba, por ser atleta de alto rendimiento. A Contreras no se le ha ido ni la fama ni el dinero a la cabeza.
Ah claro, tiene camionetas de lujo y su esposa, Miriam, se transporta en un Jaguar. A la ostentosa casa que compró en Tampa, Florida, le ha agregado una enorme propiedad que su familia llama la finca, donde tiene vacas, caballos, cerdos, patos y muchos animales más, que le hacen recordar a Las Martinas, el pueblito de Pinar del Río, donde nació.
“Si yo hubiera tenido una casa mía en Las Martinas no me vengo de Cuba”, afirma José, mientras su esposa y sus dos hijas escuchan atentamente el diálogo, iniciado temprano en el restaurante Gibsons y completado luego en su apartamento, donde una vez más abrió las puertas a LA PRENSA y se explayó sin reservas.
EL AFECTO PERSISTE
Esto es muy diferente que donde vivías antes, le digo en su apartamento.
Esto es increíble hermano. Y no lo digo en broma, pero si tal vez hubiese tenido mi casa en Cuba yo no me habría venido. Pero sabes una cosa, antes de todo, quiero que me des un saludo a todos los nicaragüenses. Siento un gran agradecimiento por ese pueblo que me acogió cuando más lo necesitaba y espero pronto estar de regreso, ojalá se pueda.
¿Qué pasa por tu mente cuando te ves ahora y recordás como estabas antes?
Me pregunto que por qué no salí antes de Cuba. Yo debí venir más joven a este beisbol, pero Dios sabe lo que hace. Fijate, en poco tiempo he conseguido establecerme, ganar la Serie Mundial, ser invitado al Juego de Estrellas y estar rodeado de mi familia, que por cierto se va a aumentar, debido a que Miriam está embarazada ahora mismo.
¿Ya te adaptaste a este nuevo ambiente, a la comodidad?
Eso no lleva mucho trabajo, viejo, (sonríe). Quizá porque he estado rodeado de gente que me ha aconsejado. La formación de mis padres fue importante por los valores que se me inculcaron y porque como he dicho siempre, no es el dinero ni las comodidades las que te cambian, sino lo que tú tienes dentro. Yo me siento tranquilo, pero no soy más que nadie.
¿Qué te ha parecido Chicago?
Me encanta. Creo que si no fuera por el frío me quedaría a vivir aquí, pero tú sabes, soy de un país tropical y por eso busco el calor de Florida. Pero Chicago es una ciudad linda, sus fanáticos me han acogido bien y con todo lo que me ha pasado aquí, me siento realizado. Quizá sólo me falte tener a mi mamá aquí para ser completamente feliz.
LA PREDICCIÓN DEL “DUQUE”
¿Qué te dijeron exactamente los Yanquis al momento de cambiarte?
Me llamaron a una oficina y me dijeron que en mi contrato tenía una cláusula por la cual no podía ser cambiado, así que yo podía escoger quedarme o aceptar el cambio, pero eso es como que yo vaya a visitar tu casa y tú me digas: “Mira te puedes quedar, pero no eres bienvenido”. Yo me sentiría mal. Así que sólo pregunté a dónde había que ir, y me fui.
¿Fue un golpe duro?
Claro hermano, porque yo firmé con los Yanquis, por mi papá era yanquista y porque se trata del equipo con más fanáticos en Cuba y en el mundo. Al momento de decirme que voy de viaje, pensé que nunca ganaría la Serie Mundial, que era mi sueño, pero como Dios sabe lo que hace, la vine a ganar a Chicago un año después de ser cambiado.
Al momento del cambio, ¿a quién llamaste primero para informarle?
Antes que yo pudiera llamar a alguien, Orlando “El Duque” Hernández, mi compañero de años en la selección cubana, se me acercó al casillero y con lágrimas en los ojos me dijo: “Hey, yo ya pasé por eso, esto es beisbol, pero también es un negocio. Vete para Chicago y haz tu trabajo. Es como si alguien no quisiera que nosotros estemos juntos”, se lamentó.
Una despedida dramática, ¿no?
Sí, pero antes que yo pudiera decir algo, “El Duque” siguió hablando y agregó: “Algún día nos vamos a volver a reunir y va a ser para hacer algo grande, como lo hacíamos en Cuba”. Tres meses después, él firmó como agente libre con Chicago y llevamos al equipo a la Serie Mundial y la ganamos. Ahí se cumplía su predicción. Dios sabe lo que hace.