En el lapso de un año —entre 2005 y 2006— se han celebrado elecciones presidenciales en el 85 por ciento de países de Hispanoamérica, en medio de una bonanza económica, gracias al incremento de los precios de materias primas que tienen un gran peso en las exportaciones de la región.
Gracias al petróleo, por ejemplo, Venezuela ha sido el país más beneficiado con un incremento en sus términos de intercambio del 45 por ciento en los últimos tres años. Esto explica porqué este país ha estado a la cabeza del crecimiento en la región (9 por ciento por año).
La conjunción de bonanza económica con el ciclo electoral explica la oleada populista que ha sacudido a Latinoamérica. El regreso del populismo autoritario se sostiene en la mejora de los términos de intercambio. Es lo que permite al gobernante establecer una relación directa con las masas, cimentada en el reparto del maná. Es la fiesta fácil sin pensar en el mañana, es el sueño de todo líder mesiánico e irresponsable.
Este populismo —representado por Chávez, Kirchner y Morales— erróneamente se confunde con izquierdismo. Un análisis más detallado permite reconocer en la región a otro tipo de izquierda, una que ha sobrepasado sus orígenes marxistas y hoy es pragmática y abierta. Esta izquierda gobierna en países en donde la bonanza ha sido escasa o inexistente. Su principal representante es Lula, quien ha seguido una política macroeconómica conservadora para una economía que no ha experimentado mejora en los términos de intercambio.
En México, el resultado de los comicios celebrados el pasado 2 de julio es importante por muchas razones. En primer lugar, de haber sido elegido Andrés Manuel López Obrador —más conocido por sus iniciales de AMLO—, la oleada populista se habría asentado en la segunda economía más grande de Hispanoamérica, pues representaba una vuelta a una izquierda populista.
En sus discursos proliferaban referencias a la lucha de clases e insistentes ataques a los empresarios y a la inversión privada, principalmente la extranjera. Admirador del modo en que Kirchner “solucionó” el problema de la deuda externa en Argentina (repudiándola), AMLO había dicho también que revisaría el Tratado de Libre Comercio entre EE.UU. y Canadá.
Su apoyo se encuentra sobre todo en la zona sur y centro, la más pobre de México. El proyecto social de AMLO hablaba de 50 medidas para “devolverle la dignidad a los mexicanos”. Entre ellas incluía subvencionar los productos de primera necesidad, pensión alimenticia para todos los adultos mayores de 70 añoshttp://www.lopezobrador.org.mx/50compromisos/1.php, precios mínimos en el sector agrícola, crear 30 nuevas universidades estatales en el sexenio o construir un tren de alta velocidad entre el distrito federal y la frontera con EE.UU., entre otras.
El problema de este proyecto no está en su idea de luchar contra la pobreza sino en que nunca ha explicado seriamente de dónde podría obtener los recursos para llevarlo a cabo. Sólo había dado a entender que esto se podía lograr mediante una vuelta de los años setenta de Echeverría y López Portillo, es decir, con un presidente “a la antigua”, investido de todos los poderes con dominio en el Congreso, el Poder Judicial, el Banco Central, los recursos naturales, etc.
En segundo lugar, el resultado de las elecciones en México es importante porque ha significado un duro golpe al eje constituido por Manuel Chávez, Fidel Castro, Néstor Kirchner y Evo Morales. La victoria de Felipe Calderón, tecnócrata educado en Harvard, refleja más el temor de los mexicanos a las malas compañías de AMLO que el atractivo de sus propuestas.
Hace tan sólo seis meses, Calderón no tenía posibilidades de victoria debido principalmente a la intromisión de Chávez en las elecciones. Y lo mismo ocurrió en Perú con Alan García. Así, el resultado de estas elecciones es un golpe definitivo a la influencia de Chávez en la región.
Todo indica que el actual Presidente de Venezuela será reelegido en los comicios de diciembre próximo. Los venezolanos seguirán votando por él mientras dure el boom del precio del petróleo, el verdadero gran soporte de la “Revolución Bolivariana”. En Venezuela los ingresos provenientes del petróleo representan algo más del 80 por ciento de los ingresos del sector público. Este boom permite a Chávez ser líder del maná, consecuentemente, en lo que va de año, los gastos públicos se han incrementado cerca de un 40 por ciento. A pesar de los recursos energéticos, los resultados de la elección indican que la influencia de Chávez no se extenderá más allá de Bolivia.
El caso de Bolivia es lamentable, y no me refiero al impacto negativo sobre los intereses españoles en ese país, sino sobre los nueve millones de bolivianos. Lo que ocurre en Bolivia desafortunadamente terminará mal. Es algo que sucede cada 25 años, pues es la tercera vez que se nacionalizan las energías en los últimos 70 años. Como consecuencia, la inversión va a desaparecer y ni el alza de los precios energéticos, ni los regalos de Chávez la podrán compensar.
Hay un solo hombre que puede alimentar la influencia de Chávez en Hispanoamérica, y esa persona se llama George W. Bush. Sólo en la medida en que Chávez pueda levantar la bandera de la lucha contra “el imperialismo yankee”, su popularidad tendrá un nuevo impulso. Por ello, Chávez acrecienta día a día la retórica antiamericanista, su principal emblema aglutinador de las masas. Él sabe bien que esta estrategia funciona. Ya la utilizó con éxito en el fallido golpe de Estado del 11 de abril del 2002, al transformarlo en un nuevo “bahía cochinos”.
En tercer lugar, el resultado de la elección mexicana es importante como garantía para los inversores extranjeros (especialmente españoles) ante la incertidumbre despertada por los gobiernos populistas de la región. Algo similar ocurrió con la reelección de Álvaro Uribe en Colombia, y esperamos que finalice de buena manera con las elecciones en Brasil en octubre de este año.
Es posible que Lula gane las elecciones presidenciales en Brasil, por el momento su popularidad no parece muy afectada por los escándalos de corrupción de su partido. Sin embargo, independientemente de quién sea el próximo presidente, Brasil seguirá con su manejo conservador macroeconómico guiado para contener la deuda pública. Y esto no le permite mucho más. De hecho, Brasil es un país asfixiado por los impuestos, que ya está en 39 por ciento del PIB, cifra récord en el continente. Por tanto, todas las previsiones son de estabilidad y de crecimiento moderado.
México y Brasil representan dos tercios de Hispanoamérica y son el principal destino de la inversión española en la región. Si consideramos Brasil, México, Colombia y Chile, éstos acumulan algo más del 60 por ciento de la inversión bruta española (más de 112,000 millones de euros). La presencia de una izquierda pragmática en Brasil y Chile, y de una derecha con claro componente social en México y Colombia, disminuye el riesgo de las inversiones acumuladas por España. Esto se ha visto reflejado en el repunte de las acciones de las empresas con fuerte presencia en México, nada más de conocerse los resultados provisionales de las elecciones.
El Presidente electo de México, Felipe Calderón, ha declarado que hará un esfuerzo por modernizar la economía mexicana, pero debido a que no tendrá mayoría en el Congreso, sufrirá problemas similares a los que se enfrentó Vicente Fox para poner en marcha algunas de las medidas esenciales. Por otra parte, la idea de Calderón de constituir un gobierno de coalición con miembros del PRI y el PRD, parece irreal.
No hay, pues, salidas fáciles, pero esto no invalida que la victoria de Calderón el pasado 2 de julio es un importante primer paso.