Querido Padre Alberto:
Le confieso que soy una persona que sabe muy poco sobre la muerte y sobre todo de lo que sucede después que las personas se van de este mundo.
Joven aún y tengo la dicha de tener a casi todos mis seres queridos con vida.
Recientemente falleció una tía muy querida, ella tenía cáncer y sufrió por mucho tiempo. Mi madre y yo la cuidamos con mucho amor.
La verdad, Padre, es que ella sufrió mucho; aunque era una mujer de fe, luchaba por vivir. Hasta casi el final, albergaba la esperanza de que pudiera ser sanada.
Yo estuve a su lado hasta el último suspiro, le rezaba y le cantaba. Murió al finalizar la oración del Espíritu Santo.
No hemos podido aceptar su ausencia, sobre todo mi madre. Yo sueño a veces con ella y me parece que está viva; los otros días soñé que me tocaba y me desperté.
¿Cree usted que ella trate de comunicarse con nosotros?
También vamos a su tumba y le hablamos. Quisiera saber si nos puede escuchar, cuando hablamos con ella.
Por favor, acláreme estas dudas.
Raquel, sin aceptar la muerte de mi tía
Estimada Raquel:
La muerte es una experiencia difícil de enfrentar y procesar. El dolor que causa la ausencia de un ser querido es inmenso y el vacío que sentimos, irremplazable. Cada persona toma un lugar especial en nuestra vida y en nuestro corazón.
Es común soñar con nuestros seres queridos que han muerto. En el sueño casi siempre expresamos lo que más añoramos y necesitamos. Por eso es tan natural que los viudos sueñen con sus cónyuges fallecidos y los hijos con sus padres, etc. El sueño que tienes con tu tía expresa tu propia necesidad —no la de ella— de estar en contacto con ella y de poder verla con vida. Es una reacción totalmente normal. Pero no tiene nada que ver con una necesidad de ella —de estar en contacto con ustedes—.
La fe nos da una perspectiva muy sana de la vida y de la muerte. El hecho es que nadie elige el día en que nace —tampoco se elige el día en que partimos a la casa del Padre—. Cada momento es un regalo que debemos aprovechar y nunca debemos desperdiciar la vida en cosas que no le añadan valor a nuestra existencia.
Decía San Agustín: “Una lágrima se evapora, una flor/ sobre mi tumba se marchita, más/ una oración por mi alma la recoge/ Dios. No Iloren, amados míos. Voy a/ unirme con Dios y los espero en el/ cielo. Yo muero, pero mi amor no/ muere, yo los amaré en el cielo como/ los he amado en la Tierra. A todos/ los que me han querido les pido/ que rueguen por mí, que es la mayor/ prueba de cariño”'.
Al igual que tu tía nunca perdió la esperanza de sanarse y de estar bien, tampoco tú debes perder la esperanza, de que un día la volverás a ver en la eternidad. Pide por ella y por su alma —ese es el mejor regalo—.
Un abrazo,
Padre Alberto
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Rev. Padre Alberto Cutié
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