En su artículo idiomático del domingo 11 de junio, aparecido en LA PRENSA, don Jorge Eduardo Arellano disertó sobre la grafía de la más extraordinaria obra folclórica del teatro colonial de Hispanoamérica: El Güegüense. Nuestro amigo y colega desarrolla tres criterios para optar por la grafía con “ese”: el etimológico (en el manuscrito de 1874, parlamento 130, la /tz/ del náhuatl se transforma en /s/), el fonético (la ausencia en el español nicaragüense del ceceo, ya que los nicas pronunciamos la /c/ como /s/) y el uso histórico. De los treinta y tantos autores que cita, la mayoría (especialmente en las últimas décadas) ha preferido la “ese”; de manera que ya constituye un hecho consumado. Y resume: “ambas grafías son válidas, pero la segunda (con ese) se ha impuesto por su uso y es la más recomendable por su fidelidad y afinidad fonética con nuestra habla”.
Yo comparto con don Jorge Eduardo esos criterios, pero sólo opto por la grafía con “ese”. Sin embargo, en su lista de autoridades sobre la materia se olvidó del suscrito: el primero en publicar la versión del doctor Francisco Pérez Estrada dentro de la obra Folklore nicaragüense (Managua, Editorial Unión, 1968, pp. 329-347) con observaciones de orden léxico-gramatical. En ninguna de ellas discutí si el título y el nombre del protagonista se escribía con “ce” o con “ese”. Desde 1948, esta grafía ya era corriente. Años más tarde, nuestro actual director de la Academia Nicaragüense de la Lengua rescató en el Instituto Iberoamericano de Berlín la versión copiada por el doctor Walter Lehmann en el Hotel Ascárate de Masaya —entre el 13 y el 18 de diciembre de 1908— del manuscrito propiedad del señor Ramón Zúñiga, de Masatepe, datado del 19 de junio de 1867. Ambos registraban “Güegüense” con “ese”.
A estos documentos, muy anteriores al de Carl Berendt de 1874 —también copiado en Masaya al fusionar otros dos manuscritos, pertenecientes al gramático Juan Eligio de la Rocha— habría que sumar uno más antiguo: “ese” “para alegrar la procesión de la Santísima Patrona de Masaya /Nuestra Señora, siempre Virgen María /de la Asunción /el XV de agosto de 1810 /sacado por su mayordomo don Bruno Berroterán y su Cofradía”. El colega académico y director del Instituto Nicaragüense de Cultura, don Julio Valle-Castillo, lo ha transcrito. Lo copió José Antonio Bonilla, Cura de la Parroquia de Masaya, el año indicado, y era propiedad —como lo indica el mismo manuscrito— “de don Tomé de Santelices, natural del Reino de Galicia”.
Significati “maneca” (alteración de “maneta”, derivada de la forma imperativa de nextia: mostrar), toda la obra está redactada en español áureo (del siglo de oro) y airoso, con énfasis barrocos y lleno de americanismos, indigenismos o nahuatlismos castellanizados y de fácil comprensión (caite, guayaba, guajaqueño, güipil, mantudo, petaca, petate, tafiste, etc.). Esto quiere decir, muy claramente, que el español había arrinconado al sustrato indígena en el proceso evolutivo del habla de nuestra población, al menos en la Manquesa: región o cuna del Güegüense donde se representaba nuestra pieza popular y mestiza.
A la misma conclusión ha llegado don Jorge Eduardo Arellano en su estudio sobre los tres manuscritos conocidos antes del localizado por don Julio Valle-Castillo, a saber: el aún inédito de Álvarez Lejarza, descubierto en la parroquia de Catarina (1939), único del siglo XVIII, de acuerdo con Ernesto Mejía Sánchez; y los de Berendt y Lehmann, transcritos en 1874 y 1908 respectivamente. Por tanto, dudar de la autenticidad colonial de “la obra prima del teatro nacional”, como reiteradamente lo ha asegurado don Fernando Silva —otro connotado güegüensista—, es descalificarla, reducirla a creación apócrifa. En efecto, el también colega académico ha sostenido que la composición del Güegüense (“como obra teatral, bailete, ya arreglado, aumentado, corregido, revisado y creado en alguna de sus partes”) se le debe al doctor Juan Eligio de la Rocha. Aceptar esta “cabeceña”, o afirmación antojadiza, equivale a desconocer los valores de nuestra “singular obra, la primera expresión literaria del genio nicaragüense”, según don Alejandro Dávila Bolaños: otro reconocido güegüensista.
En varias oportunidades, una de ellas el artículo de LA PRENSA del 10 de febrero de 1976, el suscrito ha clarificado que el “náhua” nicaragüense en su aspecto fonológico se suavizó, mejor dicho, se “desasperizó”. Así vemos que la raíz tepec (cerro) en México se conserva aguda, casi áspera: Chapultepec, Tehuantepec, etc. Pero en Nicaragua se da el fenómeno de la elusión de la /c/, tornándose tepe como desidencia grave: Coyotepe, Jinotepe, Masatepe, Motastepe. De igual modo, huehuenche o güegüenche (empleada en México para designar al indio viejo que dirige las danzas religiosas) se suavizó güegüense, entre nosotros. En todo nica —señaló el presidente Bolaños— “hay algo del Güegüense”; elemento que las encuestas deben sumar a sus márgenes de error para ser completamente fiables, como fue comentado por el periodista de Univisión, Jorge Ramos Ávalos, en su artículo El Güegüense (reproducido en LA PRENSA el 8 de noviembre de 2001).
Ahora bien: estamos en presencia de un caso de españolización. De una palabra que, procedente del náhuatl, nunca existió como tal en ese idioma. Hay que tomar en cuenta, pues, las normas de la lexicogenesia del idioma español, y no otra. Dentro de los sufijos españoles figura preponderantemente la forma -ense que significa acción de actividad (por ejemplo, castr-ense, for-ense) y lugar de origen (valor gentilicio): londin-ense, boaner-ense, nicaragü-ense, etc. Por eso, al tratarse de una dicción españolizada formada en nuestros lares, la grafía correcta es güegüense (con “ese”).
Que el editor en inglés de la obra (Brinton) y su primer transcriptor (Berendt) lo hayan escrito con /c/ en nada altera la corrección léxico-gramatical que debe imperar y no contradice las argumentaciones anteriormente expuestas por don Jorge Eduardo Arellano. Además, le precede la grafía con “ese” del manuscrito de 1810 (de Bonilla) y los refuerza el de 1908 (de Lehmann). No hay que desdeñar por otra parte el tradicional uso de la misma por decenas de autores. Basta referir los 15, entre nacionales y extranjeros, que colaboraron en el volumen Coloquio Nacional sobre El Güegüense (Managua, Comisión Nacional del Quinto Centenario, Instituto Nicaragüense de Cultura, 1992). El imperio del uso —nunca hay que olvidarlo— es vital para un idioma.
La lengua, don Fernando, no es inmutable: está en permanente evolución. Tampoco la ortografía se mantiene rígida y estática en el tiempo. Sus normas reguladoras varían con el uso y los criterios. La Ortographía de 1741, en su segunda edición de 11 años después, se titulaba Ortografía, proclamando desde la misma cubierta su opción por el criterio fonético sobre el etimológico. El Prontuario de ortografía de la lengua castellana de 1844 ya era otra cosa: fruto de un proceso de adaptación y simplificación de los variados y variables usos antiguos. Y la vigente de 1999 ha continuado ese proceso.
Así se explica que en 1605, cuando apareció la editio princeps de Don Quixote de la Macha (1605), la letra /x/ representaba el mismo sonido de /j/. Pero en 1805 la Real Academia Española decidió dar prelación a la /j/ y el título de la magistral novela de Cervantes comenzó a escribir con “jota”. Algo similar ha experimentado la “ce” de Güegüense, que no sólo corresponde al nombre del principal personaje y de la obra de teatro representativa de la Nicaragua colonial, sino al de una isla hondureña del Golfo de Fonseca. Véase el libro Nombres geográficos de la República de Honduras (1901) de don Alberto Membreño. En la cartografía del hermano país se escribe con “ese”.