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Noticias >> Economía
En asociaciación con las empresas, INBio busca alternativas comerciales. ()
Capital Natural
El costarricense INBio crea un innovador modelo sostenible para financiar el biocomercio en Costa Rica y la región
Andrea Tunarosa
San José

No sólo las empresas turísticas aprovechan la biodiversidad de Costa Rica. En marzo, la costarricense Laboratorios Lisan lanzó al mercado un tranquilizante natural bajo la marca Estilo. Desarrollado a partir de la planta de tilo, es el segundo medicamento que la empresa coloca en las farmacias. En 2004, inició la comercialización del Q-assia, aprovechando las bondades del “hombre grande”, nombre popular de la planta Quassia amara, usada para problemas digestivos. “Nos queda llevar al mercado productos de otras cuatro plantas”, dice Poett Ryan, directora de Lisanatura, la división de Lisan dedicada a estos productos.

Para conseguirlo, ha sido fundamental el acuerdo de la farmacéutica con el Instituto Nacional de Biodiversidad (INBio) de Costa Rica desde 2001. En 15 años, este centro de investigación privado ha firmado más de 40 convenios de bioprospección con instituciones académicas y empresas. El objetivo es buscar el potencial comercial de recursos naturales. “El interés de las compañías en la biodiversidad no es nuevo”, dice Lorena Guevara, gerente de bioprospección del INBio. “Lo nuevo es la forma de acceder a los recursos”.

Su modelo, que se ha replicado en países tan lejanos como Kenya, ha funcionado en gran parte por el énfasis en la negociación con la firma bioprospectora. Además de la compensación monetaria, que se da aun cuando el producto no llegue al mercado, se negocia capacitación, transferencia de tecnología y equipamiento. Aunque la bioprospección ha tenido éxito en industrias como la agrícola, biotecnológica y farmacéutica, lo incierto de los resultados espanta a los inversionistas. La estadounidense Merck, tras invertir US$ 4 millones en Costa Rica desde 1991, consiguió 27 patentes publicadas, pero ningún producto en el mercado. “Obtuvo publicidad por proteger la biodiversidad, pero eso ya pasó de moda”, dice Luis Diego Gómez, uno de los fundadores del INBio.

De hecho, las empresas costarricenses que trabajan con el INBio no son de alta tecnología. “Empezamos haciendo productos naturales estandarizados, a los que agregamos valor”, dice Ryan, de Lisanatura. Ante esto, INBio cambió su modelo para disminuir el riesgo. “Ahora nos enfocamos en alianzas con instituciones académicas, no sólo para aumentar el conocimiento, sino para ofrecer más valor agregado al negociar con una empresa”, dice Guevara.

Con el Tratado de Libre comercio a la vuelta de la esquina y la biodiversidad como prioridad en la agenda, el INBio se ha subido a la ola del biocomercio. “No podemos limitarnos a exportar más de lo mismo”; señala Guevara, “la biodiversidad es una fuente creciente de capital natural”. Más que un sello de garantía, el biocomercio busca promover alternativas productivas en países con riqueza natural. Para las pyme, es una forma de ampliar su cartera exportable. No obstante, puede ser muy competitivo: los países andinos están armando un programa que les permitirá negociar volúmenes mayores. Las posibilidades abarcan servicios, como el turismo rural comunitario, y productos, como los fitofármacos y especies ornamentales. “Será un ‘boom’ similar al del comercio orgánico”, dice Rivera.

Pero, como en todo, serán los costos el factor que determinará cuál industria florece. Para Gómez, más que en la medicina, donde desarrollar un producto cuesta en promedio US$700 millones, el futuro de la bioprospección está en la alimentación, específicamente en el desarrollo de suplementos naturales. “Sólo en EE.UU., el valor de este mercado es de US$25,000 millones”, dice Gómez. Para quedarse con la mayor parte de él, la estrategia es clara: “no artificial ingredients”.

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