A inicios de diciembre de 1909, el presidente José Santos Zelaya estaba a pocos días de entregar la Presidencia como consecuencia fundamental de la famosa Nota Knox. Se debatía en esos momentos la sucesión presidencial y en varias reuniones de Consejo o Gabinete de Ministros, se barajaban nombres a fin de escoger a la persona idónea que fuera capaz de conservar los principios de la Revolución Liberal de 1893 y perpetuar al partido en el poder, con renovadoras ideas, misión y estrategias.
Los análisis de quien debería suceder al general Zelaya se repetían en diferentes ocasiones, muchas veces con nombres de los más estrechos colaboradores del Presidente; sin embargo conscientes de la necesidad del cambio, y con valentía política, se coincidió unánimemente en una decisión impregnada de esencia y mística, que el sucesor sería el doctor José Madrid, apóstol liberal, quien en un inicio de la gestión pública del general Zelaya fue uno de sus mejores colaboradores, pero luego en la etapa final de su administración fue crítico y disidente a su gobierno.
Aquella escogencia obedecía a que lejos de asuntos personales, o protagonismo de cualquier índole, el general Zelaya y la legión de sus más íntimos consejeros y funcionarios analizaban la importancia de una renovación liberal, vinculada a la gestión gubernamental, que para ese momento ya era necesario acorde a los tiempos y a las circunstancias.
Recibió el doctor Madriz la Presidencia la mañana del 21 de diciembre de 1909 ante la Asamblea Nacional, en presencia del general Zelaya. La historia nos enseña que por antagonismos y ambiciones personales de otros liberales, el doctor Madriz no pudo emprender su gestión transformadora y a escasos meses entregó la primera magistratura, cayendo el liberalismo poco después.
El liberalismo siempre emprendedor y ansioso del cambio, y el progreso, siguió manteniéndose firme en sus ideales y programas, y a raíz de la Guerra Constitucionalista emprendida por el general José María Moncada y el doctor Juan Bautista Sacasa, a fin de hacer cumplir la Constitución Política después que el 25 de octubre de 1925 se diera el golpe de Estado al presidente conservador doctor Carlos Solórzano, de quien el doctor Juan Bautista Sacasa era vicepresidente liberal y legítimo sucesor, se culmina nuevamente con el ascenso al poder público del partido liberal, por triunfo electoral de noviembre 1928 del general Moncada para continuar así con el ideario y transformación que los tiempos de mejor y más industrialización, auge del grano de oro, el café, el incremento de la ganadería y el comercio interno y externo más fluido, así lo exigían.
Pero en esta etapa en que el partido liberal se mantiene por medio siglo en el ejercicio de la función pública provocaría, con el transcurso del tiempo la no alternabilidad en la Presidencia, rompiéndose el orden constitucional en varias ocasiones y dando pie a que en busca de la renovación naciera en el año 1944, el Partido Liberal Independiente (PLI) con la participación activa del doctor Enoc Aguado y ya a finales de los años sesenta se funda el Movimiento Liberal Constitucionalista, por insignes y notables liberales como Ramiro Sacasa Guerrero, Alejandro Abaunza Espinoza, Pedro J. Quintanilla, Leopoldo Navarro, Jaime Cuadra Somarriba, Guillermo Rothschuh Tablada, Orlando Trejos Somarriba, Enrique Delgado y muchos otros que sembraban con sus ideas la semilla que luego germinaría en lo que sería el Partido Liberal Constitucionalista (PLC).
La renovación del liberalismo en su conducción de las grandes mayorías es manantial de cambios profundos en la estructuración de programas de paz y progreso generalizado, relevo generacional, oportunidades a los jóvenes y mujeres, es decir grandes transformaciones sociales, políticas y económicas.
En la actualidad, estamos precisamente a las puertas de un período más de renovación. El desgaste nacional e internacional del PLC, que entre otras muchas razones se debe a lo estático de su configuración política, obliga a dar paso oportuno a otras corrientes de conducción, con nuevas actitudes y criterios, siendo ésta la brillante oportunidad, que ojalá esté a tiempo de realizarse, de unificar el liberalismo nicaragüense, con figuras de nuevo arraigo, que presentan nuevos conceptos de programas de trabajo.
Pese a esa poca visión partidista, la conformación de la Alianza Liberal Nicaragüense aparece como la opción del cambio verdadero y futuro alentador para las nuevas generaciones; el PLC debió y aún puede, engrosar su debilitadas fuerzas en esta dirección.
Como un sincero homenaje a la gesta revolucionaria de 1893, pensemos, reflexionemos en el inicio del camino a una nueva etapa de renovación liberal.