El talón de Aquiles de la democracia
La crisis política e institucional que sufre Nicaragua no se debe a que el sistema democrático presidencialista sea malo, como quieren hacer creer Daniel Ortega y la cúpula del FSLN. Nicaragua podría tener un sistema parlamentarista y seguir en la misma crisis. El problema no es el sistema. Son los mismos líderes políticos quienes se han encargado de desprestigiar a la democracia presidencialista.
La euforia de haber derrotado al sandinismo en 1990 causó en los dirigentes de las fuerzas democráticas del país, un tipo de ebriedad política que los llevó al abuso, a la corrupción, a la sobreconfianza, a la falta de compromiso con los pobres y con las clases trabajadoras, a la ineficiencia administrativa. Por eso la unidad de la mayoría del pueblo en contra del sistema sandinista duró poco.
Los intereses personales de los distintos líderes afloraron más temprano que tarde y pudieron más que el patriotismo. El fraccionamiento fue inevitable. Las luchas internas por el control del poder comenzaron desde antes de que doña Violeta Barrios de Chamorro recibiera la banda presidencial. La avaricia y la sed de poder frustraron un futuro brillante y lleno de posibilidades ilimitadas. ¿Dónde estaría Nicaragua si los líderes democráticos hubieran sacrificado sus intereses personales ante el altar de la Patria? Tal vez esto le suene cursi a los políticos “pragmáticos” de hoy. Pero el sueño no se hizo realidad. Todo lo contrario, la ciudadanía ha sido testigo y víctima del saqueo del dinero de sus impuestos, del nepotismo, despilfarro, pobreza, corrupción a todos los niveles, de un sistema de educación y de salud mediocre e ineficiente, de repartición de cuotas de poder, informes gubernamentales triunfalistas, chantaje de parte del sandinismo y, finalmente, el golpe de gracia: de la nefasta alianza del arnoldismo con el sandinismo.
Es cierto que los sandinistas tenían fuerza antes de coludirse con Arnoldo Alemán. De lo contrario el pacto no hubiera sido posible. Pero no controlaban tres de los cuatro poderes del Estado. Esto se los facilitó el ex presidente Alemán, quien pasará a la historia como el hombre que devolvió a los sandinistas el poder que perdieron en las urnas. Ahora para Ortega alcanzar el Poder Ejecutivo desde el Poder Electoral respaldado por el Poder Judicial, es sólo cuestión de tiempo. Estos dos poderes combinados son como una reina y dos alfiles contra un peón en una partida de ajedrez en su etapa final.
El reciente adefesio jurídico de los magistrados de la Sala Constitucional, al autorizar al presidente del Poder Electoral para formar quórum con magistrados suplentes del mismo partido sandinista, es una muestra de la metodología sandinista. El orteguismo se ha envalentonado y no se detendrá ante nada de aquí en adelante. Lo único que el Poder Electoral necesita hacer para que Daniel Ortega gane las elecciones del 5 de noviembre próximo es dificultar el ejercicio del voto y crear un poco de confusión en las Juntas Receptoras de Votos. El orteguismo parte del criterio de que la ciudadanía está tan decepcionada y tan deprimida, que con sólo dificultar un poco el ejercicio del voto sería suficiente para hacerla desistir de su derecho. Y que sobre esta premisa, el voto duro sandinista sería suficiente para arrebatar el Poder Ejecutivo.
El talón de Aquiles de la democracia es la naturaleza viciosa de quienes la ejercen. La exclusión de los virtuosos en el ejercicio del poder político es la peor desgracia de las naciones y mientras esto no cambie, Nicaragua no será la República que Pedro Joaquín Chamorro y otros muchos nicaragüenses distinguidos soñaron y sueñan todavía. A pesar de todo, la posibilidad de salvar la democracia y la libertad todavía existe, porque hay muchas personas valientes y honestas que pueden gobernar como se debe.
Para eso es necesario sobreponerse a la decepción, levantar las manos caídas y actuar por Nicaragua para desmontar el enorme aparato de corrupción creado por el pacto libero-sandinista. Hay que denunciar los abusos y pedir la presencia de organismos internacionales y de todo tipo de controles para que los malos hijos de Nicaragua no se salgan con la suya el 5 de noviembre. Más importante todavía, hay que sacudirse la modorra y el cansancio emocional causado por los corruptos para hacernos desistir del ejercicio de nuestro derecho sagrado.

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