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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 25 DE FEBRERO DE 2006
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Pícaros, ladinos y vivianes

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El güeguense.

 

Julio Icaza Gallard*

Cada sociedad tiene su ideal, un paradigma humano que encarna todo un programa colectivo vital. La Roma imperial vio su desarrollo y esplendor mientras tuvo vigencia el ejemplar estoicismo de sus fundadores. La Edad Media nos trae el prototipo del “caballero”, tema de numerosas novelas de aventura. Con Don Quijote da inicio la edad moderna, caracterizada por el agotamiento de ese ideal medieval, genialmente ridiculizado por Cervantes en la figura del Caballero de la Mancha.

Con la decadencia del ideal medieval del “caballero” nace en nuestra literatura la figura del “pícaro”. La picaresca con su ingenio tragicómico, inunda las plazas de España y se embarca en los galeones que vienen a recoger el oro y la plata de América. Trasplantado a nuestras fértiles tierras, el “pícaro”, despojado de su gracia e ingeniosidad y de su espíritu rebelde y subversivo, degeneró en el “vivo”.

El “vivo” es el “ladino”, palabra que en nuestras latitudes adquiere matices peyorativos y que asociamos —como advierte José Coronel Urtecho en sus Reflexiones sobre la historia de Nicaragua— a la palabra “lado”: “Quien vive racialmente —y también moralmente— un poco al otro lado”; “individuo astuto y disimulado de quien nunca se sabe de qué lado está en nada”; “el que busca a cada lado lo que más le conviene, sin excluir por completo un lado u otro”; “ni aborda ni ataca de frente sino de lado, o fácilmente se ladea y no marcha derecho”; “simplemente un vividor, por lo tanto, inclinado a pasarse de vivo, un vivito, como se dice en Nicaragua, empeñado en vivir de los otros, tramando siempre con ingenio y duplicidad, trampas, enredos y engañifas”. “El ladino es el pícaro mestizo”, sentencia finalmente el poeta.

Durante la Colonia y con el advenimiento de la Independencia y las guerras civiles, la vagancia se constituyó en una institución y es en los suburbios de las ciudades, en los llamados barrios de léperos, donde nace y se desarrolla este espécimen que más tarde se constituirá en nuestro prototipo vital.

Ya en El güegüense abandona las afueras ociosas y salta a las plazas, aspira a alcanzar categoría artística, representando la doble actitud de defensa ante la dominación injusta y extraña, concentrada en la farsa, la crítica burlesca y la falsa adulación. Ironía y descreimiento, El güegüense es también símbolo de la hipocresía y doblez humana. Hace su símbolo de la higa o guatusa.

Rota la placidez despótica de la Colonia con la irrupción de la demagogia liberal revolucionaria, se engancha en cualquier bando, timbucos o calandracas, cubre su chaleco con las medallas y charreteras del caudillejo que en algún momento habrá de declararse dictador supremo, salvador de la patria. En este ambiente tumultuario y demagógico que inaugura la Independencia, la picardía empieza a desarrollarse en la esfera política.

Coronel Urtecho en sus ya citadas Reflexiones…, estima que fue Cleto Ordóñez el primer pícaro de la historia de Nicaragua. “Con él, sin duda, se abre la era en que el pícaro se instala fácilmente en el poder o cerca del poder”. A partir de entonces, la fauna de ladinos, vivianes y pícaros encuentra su mejor caldo de cultivo en la política, en cuyas tablas se representará el tragicómico sainete de nuestra historia. “¿Hasta dónde los fracasos sociales y políticos del nicaragüense son el resultado de pasarse de vivo? ¿Hasta cuándo las páginas de nuestra historia política seguirán siendo escritas por pícaros que llegaron al poder y al final no demostraron sino ser unos estúpidos solemnes?”, se pregunta el poeta vanguardista nicaragüense, Pablo Antonio Cuadra.

Más allá de su ingeniosidad efectista y superficial inteligencia, el pícaro comparte con el estúpido el final trágico que resume su trayectoria vital completa. La destrucción de sí mismo y de todo lo que le rodea es la apoteosis última que sella generalmente la vida de quien se deja guiar por la apariencia, el ventajismo, la inmediatez, la simulación y la trampa. La herencia de la picaresca política es casi siempre un legado de atraso, ruina, miseria, intolerancia, mediocridad y mezquindad en proporciones masivas.

Por eso la forma de combatir la “vivianada” no pasa por la educación, la persuasión, el convencimiento o la regeneración de los pícaros —como algunos de espíritu ilustrado podrían pensar equivocadamente— sino por aquel sencillo y radical método que Carlo Cipolla en sus Leyes fundamentales de la estupidez humana, recomienda para tratar con los estúpidos y que consiste simple y llanamente en no tratar con ellos. A quienes hay que educar sobre la forma de no tratar con estos peligrosísimos especímenes humanos es a los inteligentes, quienes tienden a subestimarlos, y a los incautos cada vez más numerosos en nuestras modernas e idiotizadas sociedades de masas.

De esta forma, el pícaro y, sobre todo, el pícaro político se verá aislado. Neutralizado su potencial destructivo, regresará, para tranquilidad de todos, a lo que fue originalmente, un fenómeno social residual, circunscrito a ciertos barrios de nuestras plácidas y tórridas ciudades, fauna propia de nuestra proverbial ociosidad tropical, visto siempre con recelo por sus convecinos. Lo taimado del indio, la guasa del africano y la retranca del español regresarán por los cauces de sus propias sangres y olvidarán la tentación de mezclarse y castigarnos con ese mortal apareamiento de estupidez y maldad, de que está hecho nuestro pícaro o vivián.

* Tomado del libro El estado de derecho y otros ensayos sobre el poder, recientemente publicado por el autor.  
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Pícaros, ladinos y vivianes