Releyendo a José Coronel Urtecho
 |
|
 | A través de su Rápido tránsito, el autor nos hace vivir y querer regresar a sus dorados años juveniles |
|
José Coronel Urtecho en uno de sus paseos por su río preferido, el San Juan. |
| |
Rosario Aguilar*
Motivada por el centenario del nacimiento de José Coronel Urtecho, releo su libro Rápido tránsito, un libro alegre, agradable, liviano. Está escrito en lenguaje que deleita y no deja nada que desear a su poesía. Se puede abrir en cualquier capítulo, su prosa fluye como fluía la conversación de don José, de la que parecía gozar cada frase, saborear cada palabra como si la amara, igual que amó a las muchachas que nos describe en el libro y que admiró por el simple hecho de ser muchachas.
El capítulo más lindo es para mí el capítulo 2 que titula, A mis gay twenties y comienza: “Un poco a fines de los alegres veinte —the gay twenties— cuando yo mismo andaba en los veinte años...”
Nos narra del siglo pasado, encapsulado en el tiempo para nosotros sus lectores, los alegres años veinte dejándonos el testimonio de esa época en unas cuantas páginas. Una época que es obvio, para él fue alegre. Y al ritmo alegre de sus veinte años y la maestría de su prosa nos lleva en un paseo sin propósito determinado por la ciudad de San Francisco, que va describiendo a medida que transita por sus colinas y calles empinadas, su ruidoso tranvía, sus robustas y rubias muchachas. Nos explica: “Sólo conservo algún recuerdo individual.”
Es muy suya esta individualidad, esa curiosidad que él tuvo por la vida, por las personas, las cosas. Llevados por ella entramos a los salones de baile a los que él entró y nos hace sentir nostalgia el habernos perdido de estar allí, de no haber oído el ritmo del jazz que se toca en los salones y que él con sus palabras transformadas en instrumentos musicales, logra hacernos sentir como integrantes de las bandas de jazz que tocan sin parar, sin cesar, toda la noche, una pieza tras otra.
Después de todo, él sólo tiene veinte años y nos hace querer tener veinte años de nuevo y revivir la época de los alegres “twenties”. Junto a él nos convertimos en asistentes, en participantes, en estos salones donde muchachos y muchachas bailan sin cansarse nunca al compás del jazz. ¡Ah! Haber estado también allí y también haber bailado “...trenzando pasos y gestos angulosos como intrincadas revoluciones de brazos, bielas, ruedas, caderas, émbolos y martillos, saltando, brincando, retrocediendo, zigzagueando, golpeando el piso, el aire, el cuerpo, con las cabezas, las rodillas, los hombros, las manos, los codos y los pies, en una pura, abstracta geometría...”
Él lo ve todo y en su prosa quedan plasmadas como en un óleo impresionista, las muchachas adorables que va conociendo. Sobre todas destaca a Luisita Donahue de la que se enamoró: “Todo en Luisita Donahue me atraía.” Narra como sin proponérselo las costumbres de esa época, las calles, la gente, intercalando de manera deliciosa palabras o frases en inglés. “Casi puedo decir que aprendí inglés leyendo a Poe y a Whitman.”
No fue en el colegio donde lo enviaba su madre, donde aprendió inglés sino leyendo a Poe y a Whitman y así comienza el capítulo 3: Nueva poesía norteamericana. Deslumbrado por Whitman, también lee a Carl Sandburg, Vachel Lindsay, Robert Frost... “Pensaba que Vachel Lindsay y Carl Sandburg eran los más vitales, nuevos, originales, fuertes y libres, los más americanos entre los poetas de la nueva poesía... Pero creo que Carl Sandburg era mi predilecto.”
En este capítulo transferido con su manera de leer y comprender, con su vanguardismo poético, nos hace disfrutar a estos poetas. Los comprendemos como él los entendía y nos deja clara su interpretación. Posteriormente, en el capítulo 6: Un poeta en nuestro tiempo, nos habla de la poesía norteamericana moderna y lógicamente habla de Ezra Pound que compara con Darío: “Rubén Darío y Ezra Pound, muy diferentes en casi todo y en mucho opuestos, ocupan posiciones semejantes en la literatura moderna.” Yo creo que José Coronel Urtecho (J. C. U.) escribió este libro para su goce personal y no con la intención de señalar o enseñar ninguna cosa determinada. Algo que a su manera siempre hizo cuando conversaba de una cosa u otra manera erudita, pero amena. Quisiera o no, se propusiera o no, su conversación era una lección continua. A su paso, sigo al ritmo de Rápido tránsito leyendo el libro lleno de su buen humor con el que se reía —o sonreía— de los convencionalismos. Con esta jovialidad y goce de escribir y hablar, su prosa corre —“ligth”— con la misma serenidad de las aguas del río que tanto amó.
En Rápido tránsito se transita rápidamente, hay toques de ingenio, pizcas de picardía o ironía, juegos de palabras, trabalenguas, que a veces tienen significado y a veces no. Igual que las aguas del río, la prosa salta de repente como si brincara raudales que él intercala tan sólo para interrumpir la seriedad del navegante o del lector.
En los otros capítulos nos pasea por varias ciudades. Llegó a Nueva Orleáns buscando ese otro gigantesco río, el Mississippi, a Mark Twain —que a su vez transitó por el San Juan— y a Hunckleberry Finn que según J. C. U. “es el más bello retrato del Mississippi ... y el más bello retrato de niño que se conoce en la literatura... No es solamente, como suele pensarse, una novela para niños sino la gran novela de la infancia americana y de la infancia de la misma América... Su estilo, el que Mark Twain pone en su boca, libre, sencillo, oral, con la cadencia y la estructura de las frases habladas —casi imposible de trasladar en otra lengua— pero maravillosamente vivo y expresivo, es lo que hace decir a Hemingway que toda la literatura moderna americana viene de un libro de Mark Twain llamado Hunckleberry Finn”.
La silueta del “sky line” de Nueva York le impresionó. Nos lleva por sus calles como si llevara una cámara de vídeo “girando vertiginosamente en mi cerebro con hileras de casas sobre casas y pisos sobre pisos y vehículos tras vehículos y letreros sobre letreros tras de letreros sobre letreros... millones de ventanas horadando todas las caras, planos, fachadas, rumbos, niveles, cimas y precipicios de la fantástica colmena humana, bailándome en los ojos, espantándome el sueño, haciéndome sentir apabullado por lo enorme, desintegrado por lo múltiple, atomizado, anónimo...”
Nueva York lo lleva al paroxismo, su prosa se acelera hasta que escribe: “Tengo que detenerme. A semejante velocidad la prosa se hace insoportable y la vida imposible.” Y a pesar de esto, entre el gentío que bulle, busca y ve a las rubias o pelirrojas muchachas de la época de los alegres veinte, acaso buscando a su pelirroja María Kautz.
De todos los capítulos, tan sólo en el primero habla sobre el San Juan, su amado río, de él y de María. Para cerrar su Rápido tránsito titula el último capítulo: Peregrinación relámpago. Así pasaba por León de Nicaragua de paso para el Ingenio San Antonio en los años sesenta y setenta del siglo pasado, allí trabajaban y vivían dos de sus hijos con sus familias; de ida, de vuelta. Cuando pasaba por León visitaba a mi padre y ponían a prueba su ingenio, su visión cosmopolita. Fue en esos años que le conocí en persona y pude conversar con él. También durante rápidos tránsitos le visité varias veces en Las Brisas, su finca a orillas del Medio Queso, afluente del San Juan. De ida y vuelta del San Juan, del Medio Queso, del Tepenaguasapa.
* Isla de Corinto, febrero de 2006. 
|